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El Video del Trío con Mi Esposa

6380 palabras

El Video del Trío con Mi Esposa

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se mete hasta los huesos, y el ventilador del depa apenas movía el aire cargado de humedad. Yo, Juan, estaba tirado en el sillón con una chela fría en la mano, viendo cómo mi esposa, Luisa, se paseaba por la sala en shortcito y blusita ajustada. Llevábamos diez años casados, y aunque la seguíamos llevando chido, la rutina nos estaba comiendo vivos. Ella, con su culazo redondo y esas tetas que se marcaban sin bra, me volteaba a ver con ojos pícaros.

Órale, carnal, ¿qué no quieres algo nuevo? me dijo una vez, mientras se sentaba en mis piernas y me mordía el lóbulo de la oreja. Su aliento olía a menta y tequila, y su piel sudaba un poquito, pegajosa contra la mía. Ahí nomás se me paró la verga como estaca. Hablamos de fantasías, de esas que uno guarda pa'l cajón. Y salió lo del trío. Ella quería probar, neta, con otro wey, pero consensuado, chingón, alguien de confianza. Yo, pendejo emocionado, propuse a Marco, mi compa de la uni, soltero y bien puesto.

La tensión creció esa semana. Luisa se compró lingerie roja, de encaje que dejaba ver sus pezones oscuros. Yo instalé la cámara en el trípode, lista pa'l video que íbamos a grabar.

¿Y si nos arrepentimos después? ¿Y si se pone celoso el güey?
pensaba yo mientras probaba el enfoque. Pero su mirada, llena de fuego, me decía que no, que esto era pa' nosotros, pa' encender la chispa.

La noche del trío llegó con lluvia torrencial golpeando las ventanas del depa en Polanco. Marco tocó la puerta con una botella de Don Julio en la mano, sonriendo como diablo. ¡Qué pedo, Juan! ¿Listos pa'la acción? Luisa salió del baño oliendo a vainilla y jazmín, con un babydoll negro que apenas tapaba sus muslos carnosos. El aire se cargó de electricidad; se oía el zumbido del refri y nuestros respiraciones aceleradas.

Empezamos despacio, con copas y plática coqueta. Luisa se sentó entre nosotros en la cama king size, sus piernas rozando las nuestras. Yo le besé el cuello, saboreando el salado de su sudor mezclado con perfume. Marco, con permiso, le acarició el brazo, y ella gimió bajito, un sonido ronco que me puso la piel chinita. Esto es chingón, pensé, mientras mi verga palpitaba contra el pantalón.

La escalada fue gradual, como el calor que sube en un atole. Luisa se hincó frente a nosotros, desabrochándonos los belts con manos temblorosas de emoción. Sacó mi verga primero, dura y venosa, y la lamió desde la base hasta la punta, su lengua caliente y húmeda dejando un rastro brillante. Olía a su saliva mezclada con mi aroma masculino. Luego volteó a Marco, mamándosela con la misma hambre, chupando las bolas mientras yo le metía los dedos por el babydoll, sintiendo su concha ya empapada, resbalosa como miel.

¡Ay, wey, qué rico! jadeó ella, con la boca llena. El cuarto apestaba a sexo incipiente: ese olor almizclado de excitación, sudor fresco y lubricante que saqué del cajón. La puse de rodillas en la cama, yo atrás, embistiéndola despacio al principio. Su culo rebotaba contra mi pelvis con cada empujón, un plaf plaf rítmico que se mezclaba con sus gemidos. Marco se la metió por delante, en su boca ansiosa, y ella se ahogaba de placer, lágrimas de esfuerzo en los ojos pero sonrisa de puta empoderada.

La cámara lo captaba todo: el brillo de la piel bajo la luz tenue, los hilos de saliva cayendo de su barbilla, el rojo de sus labios hinchados. Cambiamos posiciones; Luisa encima de mí, cabalgándome con furia, sus tetas saltando, pezones duros como piedras rozando mi pecho. Marco se paró detrás, untándole lubricante en el culo. ¿Quieres los dos, amor? ¿El trío completo? le pregunté, y ella asintió, sí, chínguenme ya.

Entró despacio en su ano, y ella gritó, un alarido de dolor-placer que retumbó en las paredes. Sentí su concha apretarse alrededor de mi verga, vibrando con cada centímetro que Marco avanzaba. El doble llenado era intenso: calor abrasador, fricción resbaladiza, sus paredes internas pulsando. Olía a sexo puro, a crema y fluidos corporales. Sudábamos como marranos, pieles pegajosas chocando, zas zas zas en stereo. Luisa se retorcía entre nosotros, uñas clavadas en mi pecho, gritando ¡más, cabrones, no paren!

La tensión subía como volcán. Yo la pellizcaba las nalgas, Marco le jalaba el pelo suave. Sus orgasmos venían en olas: primero uno chiquito, temblando, mojadito; luego el grande, convulsionando, chorros calientes empapando las sábanas.

Esto es mío, nuestro, lo que siempre quise
, pensaba ella en voz alta, empoderada, dueña de su placer. Nosotros explotamos casi juntos: yo adentro de su concha, chorros espesos y calientes; Marco en su culo, gruñendo como animal.

Caímos exhaustos, un enredo de cuerpos jadeantes. El olor a semen fresco impregnaba todo, mezclado con su esencia femenina. Besos suaves, risas cansadas. Gracias, amores, murmuró Luisa, lamiéndose los labios hinchados.

Al día siguiente, solos en la cama, encendí la laptop. El video del trío con mi esposa estaba ahí, crudo y perfecto. Lo vimos abrazados, su cabeza en mi hombro, mi mano en su muslo aún sensible. Las imágenes revivieron todo: el primer roce, los gemidos, el clímax múltiple. Su mano bajó a mi verga, ya dura otra vez, y me la pajeó lento mientras mirábamos cómo Marco la penetraba.

Mira qué puta rica eres, mi amor, le dije, y ella rio, tu puta, güey, pa'ti y pa' quien tú digas. El video nos prendió de nuevo; la puse boca abajo y la cogí viéndonos en la pantalla, sincronizados con el pasado. Su concha aún olía a la noche anterior, cremosa y acogedora. Eyaculé rápido, ella también, un orgasmo compartido que selló el pacto.

Ahora, cada que nos da el bajón, sacamos el video trio esposa, ese archivo prohibido que guarda nuestra locura. Nos ha unido más, hecho más calientes, más libres. Luisa camina con la cabeza en alto, sabiendo su poder; yo, orgulloso de mi reina. Y quién sabe, tal vez invite a Marco de nuevo. La vida es pa'vivirla chida, ¿no?

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