Probando el Gerundio
Estás en tu departamento en Polanco, con las luces tenues del atardecer colándose por las cortinas de lino. El aire huele a jazmín del jardín de abajo y a la cena que prepararon juntos: tacos de arrachera con cilantro fresco y limón que aún deja un regusto ácido en tu lengua. Alex, tu novio gringo que se mudó a la CDMX por trabajo hace un año, te mira con esos ojos verdes que siempre te derriten. Es alto, con el cuerpo atlético de quien corre por el Bosque de Chapultepec todas las mañanas, y su sonrisa pícara promete aventuras.
—Oye, mamacita —te dice con ese acento texano mezclado con mexicano que has aprendido a amar—. Hoy vamos a try gerundio. Lo escuché en un podcast erótico, es como una técnica para alargar el placer, puro movimiento continuo, sin parar.
Sientes un cosquilleo en el estómago. ¿Try gerundio? Suena rarísimo, pero la forma en que lo dice, recostado en el sofá de piel blanca, con la camisa desabotonada dejando ver el vello rubio en su pecho, te enciende. Neta, este wey siempre trae ideas locas, pero todas han valido la pena. Te acercas, rozando tu muslo contra el suyo, y el calor de su piel a través del pantalón de mezclilla te hace mordirte el labio.
—¿Qué es eso del gerundio, pendejo? —le preguntas riendo, subiéndote a horcajadas sobre él. Tus manos recorren su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo tus dedos. Huele a su colonia cítrica, esa que compraste en el Mercado de San Ángel, mezclada con el leve sudor del día caluroso.
—Es como grinding eterno, baby. Rozando, girando, sin penetrar del todo. Construyendo la tensión hasta que explotes —explica, sus manos grandes subiendo por tus caderas, apretando la carne suave bajo tu vestido ligero de algodón.
El deseo inicial se enciende como una chispa. Lo besas, probando el sabor de la cerveza Corona que compartieron, fresco y amargo. Sus labios son firmes, la lengua juguetona explorando tu boca con lentitud, mientras sus dedos se clavan en tus nalgas, masajeando. Sientes tu panocha humedeciéndose, el calor creciendo entre tus piernas.
Se levantan del sofá, caminando hacia la recámara al ritmo de una cumbia suave que sale del altavoz Bluetooth. La cama king size con sábanas de hilo egipcio los espera, iluminada por la lámpara de sal rosa del Himalaya que trajiste de Taxco. Alex te quita el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que descubre: el hueco de tu clavícula, el valle entre tus chichis firmes y redondos. El aire fresco de la habitación eriza tu piel, contrastando con el calor de su aliento en tu ombligo.
¿Y si no funciona? ¿Y si me frustra más?
Pensamiento fugaz, pero lo apartas. Confías en él. Tú lo desvestís, bajando el zipper de su pantalón, liberando su verga dura y palpitante. La tocas, sintiendo la suavidad de la piel sobre la rigidez, el calor que irradia. Él gime bajito, un sonido gutural que vibra en tu pecho.
—Desnúdate despacio —te pide, sentándose en la cama. Obedeces, girando para que vea tus nalgas redondas, arqueando la espalda. El espejo del clóset refleja la escena: tú, morena de curvas generosas, él devorándote con la mirada. Te acuestas boca arriba, abriendo las piernas, invitándolo.
Empieza el gerundio. Se coloca entre tus muslos, su verga rozando tu entrada húmeda sin entrar. Solo girando las caderas, presionando el glande contra tu clítoris hinchado. Rozando, girando, presionando. El tacto es eléctrico, un fuego lento que se expande desde tu centro hacia las puntas de los dedos. Sientes cada vena de su miembro deslizándose contra tus labios mayores, lubricados por tus jugos y el precum que chorrea de él.
—Así, justo así —susurra, su voz ronca, el sudor perlándole la frente. El olor a sexo empieza a llenar la habitación: almizcle salado, dulce como miel de maguey. Tus pezones duros rozan su pecho peludo, enviando chispas de placer. Intentas moverte para que entre, pero él te detiene con una mano en la cadera.
—No, baby, puro gerundio. Try gerundio conmigo.
La tensión sube como la marea en Acapulco. Tus uñas se clavan en su espalda, dejando marcas rojas que él adora. Gimes, el sonido rebotando en las paredes insonorizadas. ¿Cuánto más aguantarás? Piensas, mientras tu cuerpo tiembla, el orgasmo acechando pero negándose a venir. Él acelera un poco el grinding, círculos perfectos, su glande golpeando rítmicamente tu punto sensible. Pruebas el sudor de su cuello, salado y adictivo, lamiendo como gata en celo.
Cambian posición: tú encima ahora, cabalgando sin penetrar, solo frotando tu panocha empapada contra su longitud. Tus jugos lo cubren, brillando a la luz ámbar. Sientes su verga latiendo bajo ti, dura como piedra pulida. El roce constante en tu clítoris es tortura deliciosa; tus caderas ondulan solas, moliendo, deslizándose, presionando. Él agarra tus chichis, pellizcando los pezones, enviando descargas directas a tu núcleo.
No mames, esto es otro nivel. Nunca había sentido tanto sin cogerme del todo.
El clímax se acerca en oleadas. Tus muslos tiemblan, el corazón retumbando en tus oídos como tambores de mariachi. Él gruñe, —Estás tan mojada, nena, tan chingona—, sus manos guiando tus movimientos. La fricción perfecta, continua, te lleva al borde una y otra vez, edging puro que multiplica el placer.
Finalmente, no aguanta más. —Ahora sí, métela —suplicas, y él obedece, embistiéndote de un golpe profundo. El estiramiento te llena, su verga golpeando tu cervix con precisión. Pero el gerundio no para: sigue girando dentro de ti, cogiendo en círculos amplios mientras bombea. El orgasmo explota como pirotecnia en el Zócalo. Gritas, tu panocha contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, jugos chorreando por sus bolas. Él se corre segundos después, llenándote con chorros calientes que sientes palpitar, su semen mezclándose con el tuyo, goteando tibio por tus muslos.
Colapsan juntos, jadeando. Su peso sobre ti es reconfortante, el pecho subiendo y bajando contra el tuyo. El olor a sexo intenso impregna el aire, mezclado con el jazmín que entra por la ventana entreabierta. Besas su hombro, probando el salado final del sudor.
—¿Ves? Try gerundio rules —murmura riendo, aún dentro de ti, semi-duro.
—Simón, wey. Mañana repetimos —respondes, sonriendo en la penumbra.
Se quedan así, enredados, escuchando el tráfico lejano de Reforma y sus corazones calmándose. Sientes una paz profunda, el cuerpo saciado pero ya anhelando más. Este gringo y su gerundio han cambiado el juego; la conexión es más fuerte, el amor más ardiente. Mañana, quién sabe qué probarán, pero por ahora, el afterglow es perfecto, envolviéndolos como una cobija de lana oaxaqueña.