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Pasión Desbocada con El Tri Rafael Salgado

6772 palabras

Pasión Desbocada con El Tri Rafael Salgado

El Vive Latino estaba a reventar esa noche en el DF. El aire cargado de sudor, cerveza y ese olor a hierba que siempre flota en los conciertos rockeros. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que se la pasa soñando con músicos chidos, había sacado boleto VIP solo para ver a El Tri. Pero no cualquier pinche show: Rafael Salgado, el bajista, el flaco con esa mirada de diablo y dedos que hacen vibrar las cuerdas como si fueran venas latiendo. Neta, desde que lo vi en videos de YouTube, me traía loca. Esa noche, con mi falda corta negra y blusa escotada, me juré que si se armaba algo, no lo iba a dejar ir.

El sonido retumbaba en mis tripas. Abuso autoritario, pendejo... cantaban, y yo brincaba como poseída, sintiendo el grave del bajo de Rafael subiendo por mis piernas hasta el pecho. Lo veía allá arriba, sudado, con la camisa pegada al torso delgado pero marcado, el pelo revuelto cayéndole en la cara. Sus manos, ay wey, esas manos largas deslizándose por el mástil del bajo, rápidas, precisas, como si me estuvieran tocando a mí. Mi piel se erizaba, el corazón me latía desbocado, y entre las piernas sentía ese calor húmedo que no se aguanta.

¿Y si después del show me lo topo? ¿Y si me invita una chela?
pensaba, mordiéndome el labio mientras el público coreaba.

El concierto terminó con Piedras contra el vidrio, y el VIP nos dejó pasar al backstage. Orale, qué chido. Ahí estaba él, Rafael Salgado, secándose el sudor con una toalla, riendo con los cuates de la banda. Me acerqué con una cerveza en la mano, fingiendo calma aunque por dentro temblaba como hoja. "¡Qué chingón toque, carnal! Ese solo de bajo en Triste canción me mató", le dije, mirándolo fijo a los ojos cafés intensos. Él sonrió, esa sonrisa pícara que te deshace. "Gracias, morra. ¿Cómo te llamas? Ven, toma una fría". Su voz grave, ronca del grito en el escenario, me recorrió el espinazo como una caricia.

Charlamos un rato, rodeados de ruido y gente. Él era todo un galán, contando anécdotas de giras, de Alex Lora y las locuras de El Tri. Yo reía, tocándole el brazo "sin querer", sintiendo su piel caliente, salada. Olía a hombre: sudor limpio, colonia barata y tabaco. "Neta, Rafael, siempre he soñado con verte de cerca. Ese bajo tuyo... vibra hasta los huesos", le solté coqueta, bajando la voz. Él arqueó la ceja, se acercó más. "Ah sí? ¿Quieres sentirlo de verdad?". Mi pulso se aceleró, el estómago se me hizo nudo. ¡No mames, se está armando!

La banda empezó a desbandarse, y él me jaló de la mano. "Vamos a un antro cerca, ¿te late?". Claro que sí. Salimos en su camioneta vieja, rock sonando bajito, su muslo rozando el mío. En el bar oscuro, luces neón parpadeando, pedimos tequilas. Sus dedos jugaban con el borde de mi vaso, rozando los míos. Hablamos de todo: de la vida nómada de los músicos, de mis sueños de ser fotógrafa en conciertos. Pero la tensión crecía, eléctrica. Cada mirada era una promesa, cada roce accidental un fuego. "Sabes, Ana, desde que te vi en el VIP, me gustaste. Tienes esa vibra rockera que prende", murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Yo me mojé más, sintiendo mis chones empapados.

Esto va en serio. Quiero sus manos en mí, como en el bajo. Quiero que me haga gemir como las cuerdas.
Lo besé primero, no pude más. Sus labios gruesos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y deseo. Nos comimos a besos en la barra, sus manos en mi cintura bajando a mis nalgas, apretando firme. "Vámonos a mi hotel, wey. No aguanto más", gruñó él, con la voz entrecortada. Asentí, ardiente, el cuerpo pidiendo a gritos.

En el cuarto del hotel, un lugar sencillo pero limpio en la Roma, la puerta apenas cerró y nos arrancamos la ropa. Su camisa voló, revelando pecho lampiño pero fuerte, tatuajes borrosos de giras pasadas. Yo me quité la falda, quedando en tanga negra. Él me miró hambriento. "Qué rica estás, morra". Me empujó a la cama, su boca en mi cuello, lamiendo el sudor de mi clavícula. Gemí bajito, sus manos expertas amasando mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Olía su excitación, ese aroma almizclado que te vuelve loca.

Se hincó entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. Su aliento caliente en mi panocha me hizo arquear la espalda. "Estás chingada de mojada, Ana", dijo riendo ronco, antes de meter la lengua. ¡Ay, Dios! Lamía despacio, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dedos que curvaba justo ahí, en el punto G. Mis caderas se movían solas, jadeando "¡Sí, Rafael, así, cabrón!". El cuarto se llenó de mis gemidos y el sonido húmedo de su boca devorándome. Sudábamos, el aire denso con olor a sexo.

Lo jalé del pelo, lo subí. Quería su verga. Se la bajó los jeans, gruesa, venosa, palpitando. "Chúpamela, preciosa". Obedecí ansiosa, saboreando su piel salada, el pre-semen amargo en mi lengua. Lo mamaba profundo, sintiendo cómo se ponía más dura, sus manos en mi cabeza guiando suave. "¡Qué chida boca tienes!", gruñía él, las caderas empujando leve.

Ya no más juegos. "Cógeme, Rafael. Hazme tuya". Me puso boca arriba, piernas abiertas, y entró despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. "¡Qué apretada, wey!", jadeó, empezando a bombear. Ritmo de rockero: fuerte, constante, acelerando. Mis uñas en su espalda, dejando marcas, el colchón crujiendo, piel contra piel chapoteando. Olía nuestro sudor mezclado, escuchaba su respiración agitada en mi oído, "Te voy a hacer venir como nunca".

La tensión subía, mis músculos apretándolo, el placer acumulándose en espiral. Él cambiaba ángulos, golpeando profundo, su mano en mi clítoris frotando.

¡Ya, ya viene! El bajo de El Tri dentro de mí...
Grité su nombre, el orgasmo me explotó, olas y olas, piernas temblando, empapándolo todo. Él no paró, siguió hasta que gruñó "¡Me vengo!", llenándome caliente, colapsando sobre mí.

Nos quedamos así, jadeando, cuerpos pegajosos. Su peso cómodo, besos suaves en mi frente. "Neta, Ana, fuiste increíble. Como un solo de bajo perfecto". Reí bajito, acariciando su pelo húmedo. Hablamos en la penumbra, de futuros conciertos, de vernos de nuevo. El Tri seguía sonando en mi cabeza, pero ahora con su voz grave tarareando. Me dormí con su brazo alrededor, satisfecha, el cuerpo zumbando aún.

Al amanecer, café en la cama, promesas de mensajes. Salí del hotel con piernas flojas, sonrisa boba. El Tri Rafael Salgado no era solo un músico: era el hombre que me había hecho mujer en llamas. Y ojalá, solo ojalá, esa no fuera la última rola juntos.

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