El Epilady Trio Desnuda Pasiones
Nuestra depa en la Condesa estaba iluminada por las luces tenues de las veladoras de vainilla que Bea había encendido. El aroma dulce flotaba en el aire, mezclándose con el olor fresco de las cremas depilatorias que ya habíamos untado. Éramos nosotras tres, el Epilady Trio, como nos llamábamos desde aquella vez que compramos las máquinas depiladoras en oferta en el WTC. Ana, Bea y yo, Carla. Mejores amigas desde la uni, ahora compartiendo rentas y secretos en esta ciudad que nunca duerme.
Yo, Ana, me recargué en el sofá de piel sintética, sintiendo el roce suave contra mis muslos desnudos. Llevábamos solo bras y tangas, porque ¿pa' qué más en una noche de chicas? Mi corazón latía un poco más rápido de lo normal. Neta, no sé cuándo empezó esto de mirarnos diferente. Bea, con su piel morena y curvas que matan, enchufó su Epilady primero. El zumbido mecánico llenó la sala, como un ronroneo erótico que me erizó la piel.
¿Por qué carajos me moja tanto este ruido? Es solo una depiladora, wey. Pero ver cómo se pasa el cabezal por sus piernas largas... ay, no manches.
—Órale, chavas, ¿quién sigue? —dijo Bea con esa voz ronca que siempre me hace cosquillas en el estómago. Sus ojos cafés brillaban con picardía mientras deslizaba la máquina por su pantorrilla. Cada tirón era un pequeño jadeo, y el aire se cargaba con el leve olor a piel recién limpia, suave como terciopelo.
Carla, la güera del grupo con tetas que parecen de revista, se acercó gateando por la alfombra. —Yo, pero ayúdenme con la espalda, ¿va? —Su tanga roja se hundía entre sus nalgas redondas, y yo tragué saliva. El deseo era como una corriente eléctrica bajo mi piel, punzando mis pezones contra el encaje del bra.
Empecé con su espalda baja. El Epilady mío vibraba en mi mano, caliente por el uso. Presioné contra su piel, y Carla gimió bajito. —Mmm, qué chido, Ana. Sigue, no pares. —El sonido del motor se mezclaba con su respiración agitada, y sentí mi concha palpitar. Olía a su loción de coco, dulce y tropical, como un trópico prohibido.
La cosa escaló cuando terminamos la primera ronda. Nos miramos las tres, piernas relucientes, pieles suaves como bebé recién nacido. Bea se paró y giró, modelando. —Miren esto, chínguenle, ¿no está de lujo? —Sus manos recorrieron sus muslos, subiendo hasta rozar su monte de Venus depilado. Yo no pude evitarlo: mi mano se posó en su cadera, sintiendo la calidez irradiando.
¿Esto está pasando? Neta, las quiero desde hace meses. Sus cuerpos perfectos, sus risas... y ahora, tan cerca, tan suaves.
Carla rompió el hielo. Se acercó a mí y me besó el cuello, suave como pluma. —Ana, tu piel huele a jazmín. ¿Me dejas probar? —Sus labios eran calientes, húmedos, saboreando mi sal. El beso bajó a mi clavícula, y yo arqueé la espalda, gimiendo. Bea se unió, sus dedos trazando mi bra, desabrochándolo con un chasquido. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras.
Nos tumbamos en la alfombra gruesa, un mar de cuerpos entrelazados. El Epilady Trio ahora era algo más que depiladoras; era nuestra excusa para tocarnos. Bea tomó la mía y la pasó por mi pubis, el zumbido directo en mi clítoris hinchado. —¡Ay, cabrona! —grité, pero no paré su mano. La vibración era intensa, tirando vellos invisibles y enviando ondas de placer directo a mi cerebro.
Carla lamía mis pezones, succionando con hambre, su lengua áspera y caliente. Sabía a tequila de la chela que habíamos tomado antes, picante y adictivo. Mis manos exploraban: metí dedos en la concha de Bea, empapada, resbalosa como miel. Ella jadeaba contra mi oído: —Más adentro, wey, chíngame con los dedos. —El sonido húmedo de mi mano entrando y saliendo era obsceno, sincronizado con el zumbido del Epilady que Carla ahora usaba en sus propias ingles.
El calor subía, sudor perlando nuestras pieles suaves. Olía a sexo puro: almizcle femenino, vainilla quemada, cremas mezcladas. Nuestros gemidos llenaban el depa, ecos rebotando en las paredes. Me posicioné entre las piernas de Bea, mi lengua probando su sabor salado-dulce. Ella se retorcía, uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso.
Esto es el paraíso. Sus cuerpos contra el mío, tan suaves gracias al Epilady Trio. No quiero que acabe nunca.
Cambié posiciones: ahora yo de rodillas, Carla detrás lamiendo mi ano mientras Bea me comía la panocha. Sus lenguas eran fuego líquido, chupando, mordisqueando. Metí dos dedos en Carla, sintiendo sus paredes contraerse, y ella gritó: —¡Ya casi, pinche rica! —El clímax la sacudió, jugos chorreando por mi mano, temblando contra mi espalda.
La tensión crecía como tormenta. Nos alineamos en un triángulo perfecto: yo lamiendo a Carla, ella a Bea, Bea a mí. Lenguas danzando, dedos hurgando, Epilady olvidados pero su legado en nuestra piel impecable. El aire era espeso, cargado de jadeos y slap-slap de carne húmeda. Mi vientre se contraía, el orgasmo acechando como lobo.
Bea metió tres dedos en mí, curvándolos justo ahí, el punto G que me volvía loca. —Vente, Ana, vente con nosotras. Carla pellizcaba mis tetas, su aliento caliente en mi oreja. El mundo se redujo a sensaciones: el roce satinado de piernas depiladas enredándose, el sabor ácido de conchas en mi lengua, el zumbido fantasma de placer acumulado.
Exploté primero. Un grito gutural salió de mi garganta, mi cuerpo convulsionando, chorros calientes empapando la alfombra. Bea y Carla siguieron, cadenas de orgasmos: Bea arqueándose como gata, Carla temblando con sollozos placenteros. Nos corrimos en olas, una tras otra, hasta que el cansancio nos venció.
Nos quedamos tiradas, un enredo sudoroso y satisfecho. El aroma a sexo persistía, mezclado con vainilla apagada. Bea me besó la frente. —El Epilady Trio nivel experto, susurró riendo bajito. Carla acurrucada en mi pecho, su corazón latiendo al ritmo del mío.
Neta, esto cambia todo. Pero qué chingón cambio. Somos más que amigas ahora. Somos nosotras.
La noche se cerró con caricias perezosas, pieles suaves rozándose en la penumbra. Mañana volveríamos al jale, a la rutina, pero llevaríamos este secreto ardiente. El Epilady Trio había desnudado no solo vellos, sino pasiones dormidas. Y qué padre despertarlas juntas.