El Niño Sin Amor al Son de El Tri
La noche en el bar de Polanco estaba cargada de ese humo dulce de cigarros caros y el olor a tequila reposado que flotaba como una promesa. El Niño Sin Amor, la rola clásica de El Tri, retumbaba en los parlantes, con la voz rasposa de Alex Lora clavándose en mi pecho como un puñal viejo. Yo, sentado en la barra con un cuba libre sudando en la mano, sentía cada palabra como si me hablaran a mí. "El niño sin amor", decía la letra, y joder, qué pinche verdad. A mis veintiocho años, seguía siendo ese wey que no había probado el calor de un cuerpo que realmente lo quisiera, no solo un revolcón rápido y olvidadizo.
El ritmo de la guitarra me hacía mover la cabeza sin querer, y el sudor del hielo se escurría por mis dedos, fresco contra mi piel caliente. Miré alrededor: parejas pegadas bailando, risas que olían a perfume caro y deseo. Y entonces la vi. Alta, con curvas que la blusa negra ajustada marcaba como un pecado, el cabello negro suelto cayendo en ondas hasta la cintura. Sus labios rojos brillaban bajo las luces neón, y cuando se giró, sus ojos cafés me atraparon. Se acercó a la barra, pidiendo un margarita con sal, su voz suave pero con ese acento chilango que me erizó la piel.
—Órale, wey, ¿te late El Tri? —me dijo, sonriendo con dientes perfectos, mientras el bartender le servía la bebida.
Mi corazón dio un brinco, como si la rola me hubiera predicho. —Simón, nena. El Niño Sin Amor es mi himno personal. Me siento como ese pendejo de la canción a veces.
Ella rio, un sonido que vibró en mi pecho más fuerte que la batería. Se llamaba Valeria, treintona, con esa seguridad de quien sabe lo que quiere. Hablamos de rolas, de conciertos en el Palacio de los Deportes, de cómo Lora siempre canta verdades que duelen. Su perfume, algo floral y picante, me envolvía, y cada vez que se inclinaba, veía el valle entre sus pechos, suave y tentador. El deseo empezó como un cosquilleo en mi estómago, bajando lento hasta mi entrepierna.
¿Y si esta noche no soy el niño sin amor? ¿Y si ella me ve de verdad?pensé, mientras pedía otra ronda. Nuestras rodillas se rozaron bajo la barra, un toque eléctrico que me hizo apretar el vaso.
La noche avanzó con más tequilas y bailes pegados. Su cuerpo contra el mío en la pista era puro fuego: sus caderas ondulando al ritmo de otra rola de El Tri, "Triste Canción de Amor", sus manos en mi nuca, mi nariz en su cabello oliendo a vainilla y sudor fresco. Sentía su aliento cálido en mi oreja, sus pechos presionando mi torso, duros pezones bajo la tela fina. Mi verga ya estaba dura, latiendo contra mis jeans, y ella lo notó, rozándome adrede con su muslo.
—Vamos a mi depa, carnal —susurró, mordiéndose el labio—. Quiero que me cantes El Niño Sin Amor de otra forma.
No lo pensé dos veces. En su coche, un vocho tuneado con calcomanías de rock, su mano en mi muslo subía y bajaba, dedos juguetones rozando mi bulto. El tráfico de la Reforma era un borrón de luces, pero yo solo sentía su calor, el sonido de su risa mezclándose con mi respiración agitada.
En su departamento en la Roma, todo era luz tenue de velas y el eco de jazz suave en el fondo, pero yo solo quería poner El Tri. Encontré su playlist, y El Niño Sin Amor llenó el aire mientras ella me jalaba al sofá. Sus labios en los míos eran suaves al principio, sabiendo a margarita y sal, luego fieros, lenguas enredándose con hambre. La desvestí lento, besando su cuello que olía a sudor dulce, lamiendo la sal de su piel. Sus gemidos eran música, bajos y roncos, vibrando contra mi boca.
Esto es lo que necesitaba, pensé, mientras mis manos exploraban sus tetas firmes, pezones oscuros endureciéndose bajo mis pulgares. Ella jadeaba, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros con un dolor placentero. La llevé a la cama, quitándome la camisa con prisa, mi piel erizada por el aire fresco y su mirada hambrienta.
Valeria se arrodilló, desabrochándome el cinturón con dientes, su aliento caliente sobre mi piel expuesta. Cuando liberó mi verga, dura y palpitante, la miró con ojos brillantes. —Qué chingón, wey —dijo, antes de lamer la punta, saboreando la gota salada que ya brotaba. Su boca era calor húmedo, succionando lento, lengua girando alrededor del glande mientras sus manos masajeaban mis huevos. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas empujando instintivo. El olor de su excitación subía desde entre sus piernas, almizclado y dulce, volviéndome loco.
La tumbé boca arriba, besando su vientre suave, bajando hasta su coño depilado, labios hinchados y húmedos. Lamí despacio, saboreando su jugo ácido y dulce, su clítoris endureciéndose bajo mi lengua. —¡Sí, ahí, pendejo! —gritó, piernas temblando, manos en mi pelo jalándome más cerca. Sus muslos me apretaban la cara, piel suave y sudorosa, mientras la penetraba con dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. Su orgasmo llegó rápido, cuerpo convulsionando, chorro caliente mojando mi barbilla.
Pero no paramos. Me subí encima, ella guiándome dentro con una sonrisa traviesa. Entré de un jalón, su coño apretado y resbaloso envolviéndome como terciopelo caliente. —Fóllame duro, mi niño sin amor —jadeó, y empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada vena rozando sus paredes, sus tetas botando con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel, sus gemidos mezclados con la rola de El Tri aún sonando bajito, el sudor goteando de mi frente a su pecho. Aceleré, sus uñas arañándome la espalda, mi boca en su cuello mordiendo suave.
Ya no soy ese niño, carajo. Esto es amor, o al menos fuego puro.
Cambié de posición, ella encima, cabalgándome como diosa, caderas girando, coño apretándome la verga hasta el límite. Sus pechos en mi cara, chupé un pezón, mordisqueándolo, mientras ella rebotaba más rápido, su clítoris rozando mi pubis. El olor de sexo llenaba la habitación, espeso y embriagador. Sentí el orgasmo construyéndose, bolas tensas, y ella lo notó.
—Córrete conmigo, wey —ordenó, y explotamos juntos. Mi leche caliente llenándola, pulsos y pulsos, mientras ella gritaba, coño contrayéndose ordeñándome. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón galopante.
Después, en la calma, con las sábanas revueltas oliendo a nosotros, puso otra rola de El Tri. —Ya no eres el niño sin amor —murmuró, besándome la frente.
Yo sonreí, acariciando su espalda suave. —Gracias a ti, nena. Esta noche encontré mi tri, mi todo.
Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, el mundo afuera olvidado. Por primera vez, las letras de la canción eran pasado, no profecía.