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Fuego en El Tri Caseta de Cobro

6453 palabras

Fuego en El Tri Caseta de Cobro

El sol del mediodía caía a plomo sobre la carretera federal, ese tramo interminable hacia la costa que siempre me ponía de malas. Manejar mi viejo Tsuru con el aire acondicionado hecho mierda era un suplicio, pero neta que valía la pena por el mar que me esperaba al final. Sudorosa, con la blusa pegada a los pechos y el short jean marcándome las nalgas, me acerqué a El Tri Caseta de Cobro. Ese lugar siempre tenía un rollo raro, como si el tiempo se detuviera entre los carriles y las garitas.

Detuve el coche en la línea, bajé el vidrio y saqué un billetito arrugado. Ahí estaba él, el chango de la caseta, moreno, con playera polo ajustada que dejaba ver unos brazos tatuados y fuertes, y una sonrisa pícara que me hizo tragar saliva. ¿Qué pedo con este wey? Neta que está bien bueno, pensé mientras mis ojos bajaban a su entrepierna, donde el pantalón de trabajo marcaba un bulto prometedor.

—Órale, preciosa, ¿vas pa'l mar? —dijo con voz grave, ronca como el motor de un trailero, mientras tomaba el billete y me devolvía el cambio. Sus dedos rozaron los míos, un toque eléctrico que me erizó la piel. Olía a hombre, a sudor limpio mezclado con el aroma metálico de las monedas y un toque de colonia barata pero sexy.

—Sí, wey, a relajarme un rato —respondí, mordiéndome el labio sin querer. Mi corazón latía fuerte, y sentí un calor bajito en el vientre que nada tenía que ver con el sol.

Él se inclinó más, apoyando los codos en mi ventana. —Si quieres relajarte de verdad, pasa por el carril de camiones. Hay un lugarcito atrás de las oficinas donde nadie molesta. Te invito un cafecito... o lo que se te antoje.

¿Qué? ¿Me está coqueteando este pendejo? ¡Y yo aquí, mojada ya nomás de verlo! Asentí, riendo nerviosa, y aceleré cuando la luz cambió. Mi pulso era un tambor, las manos sudadas en el volante. Estacioné detrás de las oficinas, un rincón sombreado por unas palmeras raquíticas, con el zumbido de los coches de fondo y el olor a asfalto caliente subiendo del suelo.

Acto uno: la chispa. Salí del coche estirándome, dejando que mi blusa se subiera un poco para mostrar el ombligo. Él llegó minutos después, con dos refrescos fríos en la mano. —Soy Marco, el rey de esta caseta —se presentó, entregándome uno. Sus ojos me devoraban, bajando por mis tetas, mi cintura, hasta las piernas bronceadas.

—Yo soy Ana, y neta que me diste curiosidad —contesté, rozando su brazo al tomar el refresco. El hielo chorreaba, fresco contra mi piel ardiente. Charla tonta al principio: el tráfico infernal, el calor que no perdona, cómo él lleva años aquí viendo culos y tetas pasar. Pero la tensión crecía, como el aire antes de la lluvia. Cada mirada era un roce invisible, cada risa un jadeo contenido.

De repente, su mano en mi cintura. —Estás cañón, Ana. Me traes loco desde que te vi. —Su aliento caliente en mi oreja, olor a menta y deseo puro.

Lo miré a los ojos, verdes como el mar que iba a ver. —Pues haz algo, wey, que no muerdo... mucho. —Y lo besé, salvaje, tongues enredándose con sabor a refresco y hambre acumulada.

Nos metimos a su cuartito detrás de la caseta, un espacio chiquito con una mesa, una silla y un colchón viejo que gritaba aventuras pasadas. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Sus manos everywhere: bajando mi blusa, liberando mis tetas grandes y firmes, pezones duros como piedras. ¡Ay, cabrón, qué chulo eres! gemí cuando chupó uno, lengua experta girando, dientes suaves mordiendo. Olía a su piel salada, a axilas masculinas que me volvían loca.

Acto dos: la escalada. Lo empujé contra la mesa, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando ya de anticipación.

—Mírala, Ana, toda pa' ti. ¿La quieres?
—gruñó, voz ronca de puro tesón.

—Neta que sí, papi —respondí, arrodillándome. La tomé en la boca, saboreando el precum salado, venas pulsando contra mi lengua. Él jadeaba, manos en mi pelo, empujando suave. El sonido de succión húmeda llenaba el cuarto, mezclado con el tráfico lejano. Mi chucha chorreaba, short empapado. Me masturbé mientras lo mamaba, dedos resbalando en mi clítoris hinchado.

Me levantó como pluma, quitándome todo. Desnuda, piel contra piel, su pecho peludo rozando mis tetas sensibles. Me sentó en la mesa, abrió mis piernas. Su aliento en mi coño, caliente, prometiendo éxtasis. Lamida lenta primero, lengua plana lamiendo labios mayores, luego rápida en el clítoris. Grité, uñas en su nuca, olor a mi propia excitación almizclada invadiendo todo.

—¡Marco, no pares, cabrón! —supliqué, caderas moviéndose solas. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos en mi G, bombeando mientras chupaba. El orgasmo me pegó como ola, cuerpo convulsionando, jugos corriéndole por la barba. Grité su nombre, el mundo blanco por segundos.

Pero no paró. Me volteó, nalgas al aire, y entró de un empujón. Su verga llenándome, estirándome delicioso. Golpes profundos, piel chocando con palmadas húmedas. Sudor goteando, mezclándose. —¡Estás bien rica, Ana! ¡Tu chucha me aprieta como guante! —gruñía, una mano en mi clítoris, otra jalándome el pelo.

Yo empujaba hacia atrás, puta en celo. Esto es lo que necesitaba, un polvo brutal en El Tri Caseta de Cobro. Tensión subiendo otra vez, coño palpitando alrededor de su polla. Él aceleró, bolas golpeando mi culo, gemidos animales.

Acto tres: la liberación. —¡Me vengo, preciosa! —avisó, y sentí su verga hincharse, chorros calientes pintando mis paredes. Eso me llevó al borde: orgasmazo doble, piernas temblando, grito ahogado contra su mano. Colapsamos en el colchón, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.

Después, el afterglow. Acariciándome el pelo, él besó mi frente. —Neta que fuiste lo mejor que ha pasado por esta caseta. Vuelve cuando quieras, Ana.

Me vestí despacio, piernas flojas, sonrisa boba. —Cuenta con eso, Marco. Esto no se queda aquí. —Salí al sol, aire fresco secando mi piel, el recuerdo de su sabor en la boca, el pulso aún acelerado. Manejar al mar ahora era puro bonus; el verdadero paraíso lo había encontrado en El Tri Caseta de Cobro.

En el retrovisor, lo vi agitando la mano, sonrisa pícara. Chingón encuentro. La vida es pa' gozarla así.

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