El Pobre Soñador de El Tri
La noche en el bar de la colonia Roma olía a tequila reposado y a humo de cigarro viejo, mezclado con ese sudor fresco de cuerpos que se pegan al ritmo. Yo, sentado en la barra con mi chela helada en la mano, sentía la música de El Tri retumbar en mis huesos. "Pobre soñador", cantaba Alex Lora con esa voz rasposa que me llegaba al alma, como si me estuviera hablando directamente a mí. Neta, siempre me ha pasado que las rolas de El Tri me hacen volar, me sacan de la rutina del jale diario y me convierten en ese pobre soñador que sueña con algo más grande, con una chava que me mire como si fuera el rey del mundo.
Ahí estaba ella, al otro lado del salón, moviendo las caderas al son de la guitarra eléctrica. Morena clara, con el cabello negro suelto cayéndole por la espalda como una cascada de medianoche, y un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo. La vi y el corazón me dio un brinco, como cuando escuchas el solo de "Triste Canción de Amor". Me quedé clavado, imaginando el olor de su piel, ese aroma dulce a vainilla y algo más salvaje, como jazmín en calor.
¿Y si me acerco? ¿Y si esta vez no soy el pendejo que se queda viendo?
Me paré, pedí otro trago para los dos y crucé el bar con las piernas temblando un poco. "Órale, güey, no la cagues", me dije. Llegué a su lado y le extendí la chela. "Para la fan de El Tri", le dije, sonriendo como idiota. Ella volteó, sus ojos cafés brillando bajo las luces neón, y soltó una risa que sonó como campanas en la noche.
"El Tri pobre soñador, ¿eh? Neta que sí, esa rola me prende", respondió con voz ronca, aceptando la cerveza. Se llamaba Luisa, estudiaba diseño en la uni y amaba el rock mexicano tanto como yo. Hablamos de "Pobre Soñador", de cómo Alex Lora canta las verdades que duelen pero liberan. Sus manos rozaban las mías al gesticular, y cada toque era como una chispa eléctrica bajando por mi espina.
La tensión crecía con cada chela y cada canción. Bailamos pegaditos cuando pusieron "Abuso de Autoridad", sus tetas suaves presionando contra mi pecho, el calor de su vientre contra el mío. Sentía su aliento en mi cuello, olía su perfume mezclado con el sudor salado de la pista. Mi verga ya estaba dura como piedra, latiendo al ritmo de los tambores, pero me contenía, disfrutando el juego.
"¿Sabes qué? Eres el pobre soñador perfecto", me susurró al oído, mordisqueándome el lóbulo. Su lengua juguetona me erizó la piel. "Vamos a mi depa, que allá seguimos el concierto... en privado".
Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó como una caricia. Caminamos unas cuadras hasta su departamento en una casa vieja pero chida, con murales de Frida en la entrada. Adentro, todo era luz tenue, velas de vainilla encendidas y el stereo ya sonando "Pobre Soñador" en loop suave.
Acto dos: el fuego se avivaba lento, como el tequila que quema la garganta antes de calentar el pecho. Nos sentamos en el sillón de piel gastada, ella a horcajadas sobre mí, besándonos con hambre. Sus labios eran carnosos, sabían a cerveza y a menta, su lengua danzando con la mía en un tango húmedo y caliente. Manos por todos lados: las mías subiendo por sus muslos firmes, sintiendo la suavidad de su piel morena, el calor que emanaba de entre sus piernas.
Esto es real, carnal. No es un sueño de pendejo. Su coño está mojado por mí.
Le quité el vestido rojo despacio, revelando unas chichis perfectas, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. Los chupé, succionando fuerte, oyendo sus gemidos roncos que se mezclaban con la guitarra de El Tri. "¡Ay, wey, qué rico!", jadeaba, arqueando la espalda. Bajé mis labios por su vientre plano, lamiendo el ombligo, hasta llegar a su tanga empapada. Olía a deseo puro, a mujer en celo, ese musk almizclado que me volvía loco.
La recosté en la cama, king size con sábanas de algodón fresco. Le arranqué la tanga con los dientes, exponiendo su concha rosada y hinchada, jugos brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Lamí despacio, saboreando su sal, su dulzor ácido, metiendo la lengua profundo mientras ella me agarraba el pelo y empujaba mis hombros contra su monte de Venus. "¡Más, pendejito soñador, no pares!", gritaba, sus caderas ondulando como olas en Acapulco.
Pero quería más, quería sentirla cabalgarme. Me desnudé rápido, mi verga saltando libre, venosa y palpitante, goteando precum. Ella la miró con ojos hambrientos, la tomó en su mano suave y la masturbó lento, el sonido de piel contra piel húmeda llenando la habitación. "Qué chingona está", murmuró, antes de metérsela en la boca. Sentí su calor, su garganta apretándome, succionando con maestría mientras tarareaba la rola de El Tri. Casi me vengo ahí, pero me aguanté, jadeando como perro en calor.
La volteé, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo y prieto. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño me tragaba entero, caliente y apretado como guante de terciopelo. "¡Sí, cabrón, así!", rugió ella, empujando hacia atrás. Empecé a bombear, fuerte y rítmico, el slap-slap de nalgas contra pelvis resonando con los bajos de la música. Sudor nos cubría, goteando, oliendo a sexo crudo y pasión mexicana. Le pellizcaba los pezones, le azotaba suave el culo, oyendo sus alaridos de placer.
Cambié posiciones, ella encima ahora, cabalgándome como amazona salvaje. Sus tetas rebotando, pelo volando, uñas clavándose en mi pecho. Yo la sostenía por las caderas, guiándola, sintiendo su clítoris frotarse contra mi pubis. "¡Me vengo, amor, me vengo!", chilló, convulsionando, su coño ordeñándome en espasmos. No aguanté más: exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, gritando su nombre mezclado con "¡El Tri!".
Acto tres: el afterglow fue como bajar de la montaña rusa, pero con una sonrisa que no se borra. Nos quedamos tirados, enredados en las sábanas revueltas, el olor a semen y sudor impregnando el aire. Ella apoyaba la cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún latía como tambor de rock. "Eres más que un pobre soñador", me dijo, trazando círculos en mi piel con el dedo. "Eres mi rocanlover perfecto".
Apagué el stereo, pero la música seguía en nuestras cabezas. Hablamos de conciertos pasados de El Tri, de sueños compartidos, de volver a vernos. El sol empezaba a asomarse por la cortina, pintando su piel de dorado. La besé suave, saboreando el remanente de nosotros en sus labios.
Ya no soy el pobre soñador solo. Ahora tengo su fuego en mis venas, y la rola de El Tri suena diferente: triunfante.
Salí de su depa con el cuerpo adolorido pero el alma llena, caminando por las calles despertando de la CDMX. Sabía que esto era el comienzo de algo chido, de noches más locas al ritmo de nuestras pasiones. El Tri pobre soñador había encontrado su musa, y juro que nunca volvería a ser el mismo.