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El Encanto Sensual de la Pomada Tri Luma

6189 palabras

El Encanto Sensual de la Pomada Tri Luma

Me miré en el espejo del baño, con la luz suave del atardecer colándose por la ventana de mi depa en Polanco. La piel de mi cara se veía más luminosa, gracias a esa pomada Tri Luma que mi dermatóloga me recetó. No era solo para las manchas, decía ella, sino para que te sientas como reina. Y joder, funcionaba. La textura cremosa se absorbía rápido, dejando un brillo que me hacía sentir sexy sin esfuerzo. Me pasé los dedos por las mejillas, suave como terciopelo, y un escalofrío me recorrió la espalda. Hacía semanas que no veía a Marco, mi carnal del alma, el wey que me ponía cardíaca con solo una mirada.

Él llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa pícara que me derretía. "¡Órale, mami! ¿Qué te traes? Estás radiante, como si hubieras bebido elixir de diosa", dijo mientras me abrazaba por la cintura, su aliento cálido en mi cuello oliendo a menta y a ese perfume amaderado que me volvía loca. Lo jalé hacia la recámara, el aire cargado de jazmín del difusor que encendí. "Es la pomada Tri Luma", le confesé, mostrándole el tubito blanco sobre la cómoda. "Me la echo y siento la piel viva, como si despertara todo."

Marco arqueó la ceja, curioso. Sus ojos cafés se clavaron en los míos, y sentí ese cosquilleo familiar en el estómago. "Déjame ver cómo se aplica, ¿no? Quiero sentir esa magia en mis manos." Su voz ronca, juguetona, me erizó la piel. Me senté en la cama king size, con las sábanas de algodón egipcio frías contra mis muslos desnudos. Solo traía una bata de seda negra que se abría apenas, revelando el encaje de mi brasier. Él se arrodilló frente a mí, tomó el tubito y exprimió un poco de pomada Tri Luma en su palma. El aroma era sutil, medicinal pero fresco, como hierbas del campo mezclado con algo exótico.

¿Y si esto nos lleva más allá? ¿Si su toque con esta crema me hace explotar?

Sus dedos grandes y callosos, de tanto gym, rozaron mi mejilla. La pomada se deslizó fría al principio, luego se calentó con el roce. "Qué chingón se siente", murmuró, masajeando en círculos lentos. Cada pasada era un susurro de placer, la piel absorbiendo no solo la crema, sino su energía. Gemí bajito, cerrando los ojos. El sonido de su respiración acelerada llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de Reforma. Olía a su sudor limpio, a deseo contenido.

La tensión crecía como una tormenta. Sus manos bajaron por mi cuello, desatando la bata. "No pares", le supliqué, mi voz temblorosa. Él sonrió, ese pendejo encantador. "Esto apenas empieza, mi reina." Aplicó más pomada en mi clavícula, el tacto resbaloso haciendo que mis pezones se endurecieran bajo el encaje. Sentí su pulso latiendo contra mi piel, rápido como tambores aztecas. Me recargué en las almohadas, abriendo las piernas un poco, invitándolo. El aire se espesó con el olor de mi excitación, dulce y almizclado.

Marco se quitó la camisa, revelando ese torso moreno y marcado, con vellos oscuros que me antojaban morder. "Tu piel está de fuego con esta cosa", dijo, untando pomada en mis hombros. Cada caricia era deliberada, building up el calor. Mis manos exploraron su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas. "Me traes loco, Ana. Desde que entraste por la puerta." Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocando en un beso hambriento. Su lengua sabía a tequila reposado que habíamos tomado antes, picante y suave. Gemidos ahogados se escapaban, el colchón crujiendo bajo nuestro peso.

La pomada ya no era solo para la cara. Él la esparció por mis pechos, los círculos alrededor de los pezones enviando descargas eléctricas directo a mi centro. "¡Ay, cabrón!", grité entre risas y jadeos. La sensibilidad se multiplicaba, como si la crema despertara nervios dormidos. Mi piel brillaba bajo la luz tenue, un mapa de deseo que él trazaba con devoción. Desabroché su jeans, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en mi mano, suave como la pomada pero caliente como lava. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho.

No puedo más, lo necesito dentro, ya.

Nos volteamos, yo encima ahora, empoderada. Le unté pomada en el abdomen, bajando despacio hacia su miembro. El roce lo hizo arquearse, sus caderas empujando contra mi palma. "Qué rico se siente todo", jadeó. Me quité el brasier y las panties, quedando desnuda, vulnerable pero fuerte. El olor de la pomada se mezclaba con nuestro sudor, creando un perfume único de sexo inminente. Me posicioné sobre él, frotándome contra su punta, lubricados por la crema y mi propia humedad.

Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, como si la pomada hubiera hecho mi interior igual de sensible. "¡Sí, así, mi amor!", exclamé, cabalgándolo con ritmo. Sus manos en mis caderas, resbalosas de pomada, guiaban pero dejaban que yo mandara. El slap de piel contra piel resonaba, sudor goteando, bocas devorándose. El clímax se acercaba, una ola gigante building up. Mis uñas en su pecho, su aliento en mi oreja: "Ven conmigo, Ana, déjate ir."

Explotamos juntos, mi cuerpo convulsionando, paredes apretándolo mientras él se vaciaba dentro, caliente y profundo. Gritos ahogados, temblores compartidos. El mundo se redujo a nosotros, pulsos latiendo al unísono, pieles pegajosas de pomada y fluidos. Colapsé sobre él, riendo entre jadeos. "Esa pomada Tri Luma es mágica, wey. Tenemos que usarla más seguido."

Nos quedamos así, enredados, el ventilador zumbando suave sobre nosotros. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. Olía a sexo satisfecho, a nosotros. "Eres mi vicio, Ana. Con o sin crema, me tienes atrapado." Sonreí contra su cuello, sintiendo la paz post-orgasmo, esa calidez que dura horas.

Al día siguiente, al despertar con el sol filtrándose, miré el tubito en la mesita. No era solo para manchas; era nuestro secreto sensual. Marco ya planeaba la próxima aplicación, y yo, con el corazón lleno, supe que esto era solo el principio de muchas noches así, pieles encendidas, deseos cumplidos.

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