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Sudor y Deseo en El Tri Morelia

7089 palabras

Sudor y Deseo en El Tri Morelia

Tú entras al bar El Tri Morelia con el corazón latiéndole a mil por hora. El aire está cargado de ese olor a cerveza fría mezclada con sudor fresco de la gente que grita por el partido de El Tri. Las luces tenues parpadean al ritmo de las pantallas gigantes, mostrando a los jugadores corriendo como demonios en el campo. Morelia vibra esta noche, y tú, con tu camiseta ajustada del equipo nacional pegada al cuerpo por el calor pegajoso de la noche michoacana, sientes que algo te espera aquí. Órale, piensas, esta va a ser una buena.

Te abres paso entre la multitud, el ruido de las porras retumbando en tus oídos: ¡Tri, Tri, Tri! Un güey alto, de piel morena y brazos marcados como si jugara en la liga, te mira desde la barra. Sus ojos oscuros te recorren despacio, deteniéndose en tus curvas que la camiseta resalta. Te sonríe con esa picardía mexicana que te hace cosquillas en el estómago.

¿Qué chingados, por qué me late tan fuerte el pecho? Este carnal está bien bueno.
Pides una chela helada, el vaso empañado goteando en tu mano, y él se acerca.

Qué onda, morra. ¿Vienes sola al Tri Morelia? Aquí se pone cabrón el ambiente cuando anota Chicharito.

Su voz grave te eriza la piel, como un roce inesperado. Te ríes, juguetona, y respondes:

Pues sí, carnal. Pero no por mucho. ¿Tú eres de los que gritan o de los que se emocionan en silencio?

Se llama Alex, originario de estas tierras purépechas, y huele a jabón fresco con un toque de colonia barata que te revuelve las tripas. Se sientan juntos, las rodillas rozándose bajo la mesita pegajosa. El partido avanza, el estadio en la tele ruge, y cada vez que El Tri ataca, su muslo presiona el tuyo. Sientes el calor de su piel a través de los jeans, un pulso que late al ritmo del balón. Bebes sorbos fríos de chela, el amargor bajando por tu garganta mientras charlan de goles, de la pasión por el fútbol y de cómo Morelia sabe a fiesta en noches como esta.

El primer tiempo termina con un empate, y el bar explota en coros. Alex te pasa el brazo por los hombros, casual, pero su mano se desliza despacio hasta tu nuca, masajeando suave.

Pinche calor, o es él que me prende.
Sus dedos son ásperos, de trabajador, y te imaginan recorriendo más abajo. Le devuelves el gesto, tu mano en su antebrazo, sintiendo los músculos tensos como cables. El segundo tiempo arranca, y la tensión sube. Un tiro libre, el balón vuela... ¡Gol! El lugar enloquece, cuerpos chocando, gritos ensordecedores. En el caos, sus labios rozan tu oreja:

Ven, vámonos de aquí antes de que me hagas algo en público, nena.

No lo piensas dos veces. Salen tomados de la mano, el aire nocturno de Morelia fresco contra vuestras pieles calientes. Caminan unas cuadras hasta su depa cerca del centro, el sonido de sus pasos sincronizados con vuestros corazones acelerados. Suben las escaleras, riendo como pendejos, y en la puerta, ya no aguantan. Te empuja suave contra la pared, su boca capturando la tuya en un beso hambriento. Sabe a chela y a deseo puro, su lengua explorando con urgencia, mientras tus manos se enredan en su pelo revuelto.

Acto dos: la escalada. Dentro, la luz tenue de una lámpara ilumina el cuarto sencillo, con posters de El Tri en las paredes y una cama king que invita al pecado. Se quitan la ropa con prisas torpes, risas ahogadas entre besos. Su camiseta cae, revelando un torso esculpido por horas en el gym o pateando el balón. Tú deslizas tus manos por su pecho, sintiendo el vello rudo bajo las yemas, el latido fuerte de su corazón. Él gime bajito, "Qué chingona estás, morra", y te levanta en brazos, tus piernas envolviéndolo como si nunca quisieras soltarlo.

Te deposita en la cama, las sábanas frescas contra tu espalda desnuda contrastando con el fuego de su cuerpo encima. Sus labios bajan por tu cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se enfrían al aire. Inhalas su aroma masculino, sudor limpio mezclado con el perfume de la noche. Tus pezones se endurecen cuando su boca los encuentra, chupando con devoción, la lengua girando en círculos que te arquean la espalda.

¡Ay, güey, me vas a volver loca! Cada roce es como un gol en el minuto 90.
Tus uñas se clavan en sus hombros, urgiéndolo más abajo.

Él obedece, besando tu vientre, lamiendo el ombligo con picardía. Sus manos separan tus muslos, y sientes su aliento caliente en tu centro, ya húmedo y palpitante. "Estás chorreando, preciosa", murmura, y su lengua te toca por primera vez. Es un rayo, un placer eléctrico que te hace jadear. Lamidas lentas, profundas, saboreándote como si fueras el mejor taco de la calle. Tus caderas se mueven solas, presionando contra su boca, el sonido húmedo de succión mezclándose con tus gemidos. Introduces los dedos en su pelo, tirando suave, mientras él acelera, un dedo uniéndose a la fiesta, curvándose adentro para rozar ese punto que te hace ver estrellas.

Pero quieres más. Lo jalas arriba, volteándolo para montarte encima. Su verga está dura como piedra, gruesa y venosa, latiendo en tu mano. La acaricias despacio, sintiendo la piel suave sobre el acero, el precum salado en tu lengua cuando te inclinas a probarlo. Él gruñe, "¡No mames, qué rica boca!", sus caderas empujando. Lo montas, guiándolo adentro despacio, centímetro a centímetro. El estiramiento es delicioso, llenándote hasta el fondo. Comienzas a moverte, lento al principio, sintiendo cada roce interno, sus manos en tus nalgas apretando fuerte.

El ritmo sube, la cama cruje bajo vuestros cuerpos sudorosos. Sudor gotea de su frente al tuyo, salado en tus labios cuando lo besas. El slap-slap de piel contra piel, tus pechos rebotando, sus gemidos roncos.

Esto es mejor que cualquier victoria de El Tri, carajo. Me vengo ya...
Él te voltea, poniéndote a cuatro patas, embistiéndote profundo. Sus bolas chocan contra ti, un ritmo frenético. Sientes el orgasmo construyéndose, una ola gigante en tu vientre.

Clímax y cierre. —¡Córrete conmigo, nena! —ruge, y explotas. El placer te sacude entera, paredes apretándolo mientras gritas su nombre, el mundo blanco y tembloroso. Él se vacía adentro, chorros calientes que prolongan tu éxtasis, colapsando sobre ti en un enredo de miembros exhaustos.

Después, yacen jadeantes, el olor a sexo impregnando el aire, pieles pegajosas unidas. Él te acaricia el pelo, besándote la sien. "Qué padre noche, ¿verdad? Como un golazo en El Tri Morelia". Te ríes suave, el cuerpo lánguido y satisfecho. Mañana será otro día, pero esta pasión quedará grabada, como un tatuaje invisible en tu piel. Duermes en sus brazos, soñando con más partidos, más sudor, más deseo.

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