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Trío Sorpresa a Mi Esposa

7460 palabras

Trío Sorpresa a Mi Esposa

Era nuestro quinto aniversario de casados y yo, carnal, tenía planeado algo que Ana, mi chula esposa, nunca se imaginaría. Vivíamos en un departamento chido en Polanco, con vista a los jacarandas que ya empezaban a florecer. Ana es de esas morras que te vuelven loco: curvas perfectas, piel morena como chocolate, ojos negros que te tragan entero y un culo que parece esculpido por los dioses. Siempre ha sido abierta en la cama, pero un trío sorpresa a mi esposa era el siguiente nivel. Hablé con Marco, mi compa de la uni, un wey alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que derrite a cualquiera. Él estaba en onda, neta, y los dos sabíamos que Ana se iba a volver loca de placer.

Preparé todo: velas aromáticas de vainilla y jazmín que llenaban el aire con un olor dulce y embriagador, una botella de tequila reposado Don Julio, unas fresas maduras y chocolate derretido. La cena fue romántica, tacos de arrachera jugosos con cilantro fresco y cebolla morada, salsa verde picosa que nos hacía sudar un poquito. Ana reía con esa carcajada ronca que me pone la verga dura al instante. Ya mero, pinche amor, vas a flipar, pensaba yo mientras la veía morder una fresa, el jugo rojo chorreando por su barbilla.

Después de cenar, la llevé a la recámara con los ojos vendados. Su respiración se aceleró, sentía su pecho subir y bajar contra mi mano en su espalda.

¿Qué traes entre manos, pendejo? Me tienes nerviosa y cachonda a la vez
, murmuró ella, su voz temblorosa de anticipación. La acosté en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Le quité el vestido rojo ceñido que marcaba sus chichis grandes y firmes, liberándolos con un pop juguetón. Sus pezones ya estaban duros, rosaditos, pidiendo atención.

Marco entró sigiloso por la puerta del balcón, oliendo a colonia fresca y loción aftershave. Le guiñé el ojo y nos acercamos a ella como lobos. Yo empecé besándola el cuello, lamiendo esa piel salada y cálida, mientras Marco se arrodillaba al pie de la cama y separaba sus muslos con manos firmes pero tiernas. Ana jadeó cuando sintió unas manos ajenas en sus piernas. ¿Qué chingados? Su cuerpo se tensó un segundo, pero yo le susurré al oído: Confía en mí, mi reina, es tu trío sorpresa a mi esposa, déjate llevar.

El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta en el DF. Marco besó el interior de sus muslos, subiendo despacio, su aliento caliente rozando su concha ya húmeda. Yo le saqué la venda y vi sus ojos abriéndose como platos al ver a Marco, su lengua trazando círculos en su clítoris hinchado. ¡Marco! ¿En serio, cabrón?, exclamó ella, pero su risa nerviosa se convirtió en un gemido profundo cuando él la chupó con hambre, el sonido chupeteo húmedo llenando la habitación. Su sabor, dulce y salado como maracuyá maduro, lo volvía loco, y a mí me ponía a mil verla retorcerse.

La tensión subía como el calor de un comal. Ana se arqueó, sus uñas clavándose en mis hombros mientras yo le mamaba las tetas, mordisqueando suave esos pezones que sabían a vainilla por el bálsamo que se echaba.

Neta, esto es una locura, pero qué rico se siente tener dos hombres adorándome
, pensé yo captando su mirada de puro fuego. Marco se quitó la camisa, mostrando ese torso tatuado con un águila azteca que Ana siempre había babeado en secreto. Ella extendió la mano y lo jaló hacia arriba, besándolo con lengua profunda, sus labios chocando con un smack jugoso.

Yo no me quedé atrás. Me desvestí rápido, mi verga saltando libre, dura como piedra, venosa y palpitante. Ana la tomó con mano experta, masturbándome lento mientras Marco se bajaba los pantalones. Su pija era gruesa, más larga que la mía, y Ana abrió la boca como puta en heat, lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Pinches cabrones, me van a romper, dijo entre chupadas, su voz ronca de deseo. El cuarto olía a sexo puro: sudor fresco, coño mojado, tequila en el aliento.

La volteamos como a una diosa. Ana a cuatro patas, culo en pompa, redondo y brillante por el aceite que le unté. Marco se puso atrás, frotando su verga en su raja húmeda, el glande resbaloso entrando poquito a poquito. Ella gritó de placer cuando la penetró hasta el fondo, el slap de carne contra carne resonando como tambores. Yo me arrodillé enfrente, metiéndosela en la boca. Sus labios se estiraron alrededor de mí, chupando con vacuum, lengua girando en la cabeza sensible. Sentía cada vena latiendo contra su paladar cálido y húmedo.

El ritmo se volvió frenético. Marco la embestía fuerte, sus huevos golpeando su clítoris, sacando chorros de jugos que chorreaban por sus muslos. ¡Más duro, wey! Dale con todo a mi esposa, le grité, y él obedeció, agarrando sus caderas con manos callosas. Ana gemía alrededor de mi verga, vibraciones que me subían por la columna. Sudábamos como locos, piel resbalosa pegándose y despegándose, el aire denso con olor a almizcle y vainilla quemada de las velas.

Cambié de posición para escalar la intensidad. La puse encima de mí, cabalgándome con furia, su concha apretada ordeñándome la verga, paredes internas masajeando cada centímetro. Marco se paró detrás, untando lubricante fresco y frío en su ano virgen.

¿Listos para el doble?
, preguntó él con voz grave. Ana asintió, mordiéndose el labio, ojos vidriosos. Entró despacio, el estiramiento la hizo aullar, pero pronto rodaba las caderas, follada por delante y atrás. Sentía su pija a través de la delgada pared, frotándose contra la mía en un vaivén sincronizado. El placer era eléctrico, pulsos acelerados latiendo al unísono, corazones tronando como taquizas en fiesta.

La psicología del momento era brutal: Ana se sentía reina, empoderada, follada por dos hombres que la adoraban. Yo luchaba con celos fugaces, pero se disipaban en olas de éxtasis puro. Ella es mía, pero esta noche es de todos. Marco gruñía, sus manos amasando sus tetas rebotantes. ¡Me vengo, pinche puta deliciosa!, rugió él primero, llenándola de leche caliente que goteaba espesa. Eso la llevó al borde: su concha se contrajo como puño, ordeñándome, chorros de squirt mojando las sábanas. Yo exploté segundos después, chorros potentes directo a su útero, sabiendo que mañana olería a nosotros todo el día.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Ana en medio, besándonos alternadamente, labios hinchados y salados. Le dimos tequila en shots directos de la boca, riendo bajito. El cuarto olía a sexo satisfecho, velas parpadeando tenues.

Mejor regalo de aniversario, pendejos. Repetimos cuando quieran
, susurró ella, acurrucándose en mi pecho, mano en la verga floja de Marco.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, reflexioné mientras la veía dormir, sonriendo en sueños. Ese trío sorpresa a mi esposa no solo fue físico; fortaleció nuestro lazo, abriendo puertas a placeres nuevos. Marco se fue con un abrazo fraternal, prometiendo discreción. Ana despertó, me besó profundo y dijo: Neta, carnal, eres el mejor esposo del mundo. Te amo más que ayer. Y así, con café de olla humeante y pan dulce, empezamos el día con el sabor del amor en la boca.

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