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Puedo Probármelos Contigo

6119 palabras

Puedo Probármelos Contigo

Entraste a esa boutique chida en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las vitrinas y el aroma a perfume caro flotando en el aire. Tus tacones resonaban suaves sobre el piso de mármol pulido, y sentiste un cosquilleo en la piel al ver las prendas de encaje negro expuestas como tentaciones prohibidas. Habías venido por algo especial, algo que te hiciera sentir mamacita total para esa noche con tu carnal, pero el destino te tenía otra sorpresa.

Ahí estaba él, el vendedor. Alto, moreno, con una sonrisa que te derrite los huesos y ojos que te recorren como si ya te estuvieran desnudando. camisa ajustada marcando pectorales firmes, pantalón que deja poco a la imaginación.

Órale, wey, este pendejo está cañón
, pensaste mientras te acercabas al mostrador, fingiendo casualidad. Elegiste un conjunto de lencería: tanga diminuta, brasier push-up y ligas que prometían pecado puro.

¿Puedo probármelos? —dijiste con voz juguetona, mirándolo directo a los ojos. Tus palabras salieron en inglés first, como turista gringa, pero él captó el juego al instante, respondiendo con acento mexicano puro.

—Simón, preciosa. Pásate al probador. Yo te ayudo si quieres —dijo él, guiñándote el ojo mientras te llevaba la cortina de terciopelo rojo. Su mano rozó la tuya al pasarte las prendas, un toque eléctrico que te erizó la nuca. El probador era amplio, espejo en tres ángulos, banquito de terciopelo y un gancho alto. Cerraste la cortina, pero no del todo, dejando una rendija para espiar su sombra afuera.

Te quitaste el vestido ajustado, sintiendo el aire fresco acariciar tu piel desnuda. El brasier se ajustó perfecto, elevando tus chichis como ofrenda. La tanga se deslizó por tus muslos suaves, mordiendo justo donde dolía rico. Te miraste al espejo: puta madre, qué rica sales. El corazón te latía fuerte, y un calor húmedo ya se acumulaba entre tus piernas.

—Oye, ¿qué tal se ven? —llamaste, abriendo la cortina un poco. Él entró sin pensarlo, invadiendo tu espacio con su colonia amaderada y ese calor masculino que olía a deseo puro.

Neta, estás de fuego —murmuró, su mirada devorándote desde los hombros hasta los pies. Se acercó más, fingiendo ajustar la liga en tu muslo. Sus dedos ásperos rozaron tu piel interna, enviando chispas directo a tu clítoris.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es demasiado bueno para ser verdad
, pensaste, pero tu cuerpo ya decidía por ti. Arqueaste la espalda, presionando contra su mano.

—Necesito tu opinión honesta —susurraste, girando para que viera tu culo redondo envuelto en encaje. Él tragó saliva, su respiración pesada llenando el probador. El sonido de su cremallera bajando fue como un trueno bajo, y sentiste su verga dura contra tu nalga cuando se pegó a ti.

—Si quieres probártelos de verdad, déjame ayudarte a sentirlos —gruñó en tu oído, su aliento caliente oliendo a menta y lujuria. Asentiste, mordiéndote el labio, y él te volteó contra el espejo. Sus labios capturaron los tuyos en un beso salvaje, lenguas enredándose con sabor a prohibido. Manos expertas desabrocharon el brasier, liberando tus tetas que rebotaron libres. Las amasó con fuerza, pulgares en los pezones duros como piedras, arrancándote gemidos que resonaban suaves en el espacio cerrado.

El aroma de tu excitación se mezcló con el suyo, almizcle puro subiendo desde su entrepierna. Bajó la tanga despacio, lamiendo el camino por tu vientre hasta arrodillarse. Su lengua experta encontró tu coño empapado, chupando el clítoris con succiones que te hicieron arquearte contra el espejo frío. Joder, qué rico lame este cabrón, pensaste mientras tus jugos le corrían por la barbilla. Metió dos dedos gruesos, curvándolos justo en ese punto que te hace ver estrellas, follándote lento mientras su boca no paraba.

Pero querías más. Lo jalaste del pelo, poniéndolo de pie. —Quítate todo, pendejo —ordenaste, y él obedeció riendo, su verga saltando libre: gruesa, venosa, goteando precum que olía salado. Te sentaste en el banquito, abriendo las piernas como invitación. Él se hincó, penetrándote de un empujón profundo que te llenó hasta el fondo. Gritaste bajito, el placer quemando como chile habanero.

Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando tus paredes internas con fricción deliciosa. El espejo reflejaba todo: tus tetas botando, su culo contraído, el sudor brillando en su piel morena. Agarraste sus nalgas, clavando uñas, urgiéndolo más rápido. —¡Chíngame duro, wey! —suplicaste, y él aceleró, el slap-slap de carne contra carne llenando el probador como música sucia.

El calor subía, tu clítoris hinchado frotándose contra su pubis peludo. Sentías su verga palpitar dentro, estirándote al límite. Él te mordió el cuello, dejando marca, mientras sus bolas chocaban pesadas contra tu culo.

No aguanto más, me vengo
, pensaste, y el orgasmo te golpeó como ola gigante: coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus muslos, grito ahogado en su hombro.

Él no paró, follándote a través de las réplicas, hasta que gruñó ronco: —Me vengo, corazón. Siente cómo te lleno. Su chorro caliente inundó tu interior, pulso tras pulso, mezclándose con tus fluidos en un desastre pegajoso y perfecto. Colapsaron juntos contra el espejo, respiraciones jadeantes, pieles sudadas pegándose.

Después, en el afterglow, él te besó suave la frente mientras te ayudabas a vestir. —Ese conjunto te queda como anillo al dedo. ¿Te lo llevas? —preguntó con picardía. Reíste, sintiendo el semen escurrir por tu muslo interno, un secreto caliente.

Saliste de la boutique con la bolsa en mano, piernas temblorosas, el sol ahora más cálido en tu piel.

La neta, lo mejor que he probado en mi vida
. Esa noche, con tu carnal, lucirías la lencería sabiendo que ya había sido bautizada en fuego puro. Y quién sabe, tal vez volverías por más "pruebas".

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