Prueba un Poco de Ternura con Aretha Franklin
Estás en la azotea de un bar chido en la Condesa, con el skyline de la Ciudad de México brillando como diamantes bajo las luces neón. El aire de la noche huele a jazmín y a tacos al pastor de la calle de abajo, mezclado con el limón fresco de tu margarita. Llevas un vestido negro ajustado que roza tu piel con cada brisa, y sientes el pulso acelerado mientras la playlist del DJ cambia de cumbia a algo más suave, más soul. De repente, la voz ronca y poderosa de Aretha Franklin llena el lugar: "Try a little tenderness". Esa canción, "Aretha Franklin Try a Little Tenderness", te eriza la piel, como si te susurrara secretos de deseo contenido.
Te recargas en la barandilla, el vidrio helado de tu vaso contra los labios, saboreando el tequila que quema dulce en tu lengua. Ahí lo ves: un morro alto, de ojos cafés intensos y sonrisa pícara, con camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho bronceado. Se acerca bailando al ritmo, con una cerveza en la mano. Órale, qué chulo, piensas, mientras tu corazón late más fuerte que el bajo.
—¿Bailas? —te dice, su voz grave como el ronroneo de un jaguar, extendiendo la mano. Su piel es cálida, áspera por el trabajo —quizá sea chef o músico, no importa—, y cuando tus dedos se entrelazan, sientes una chispa que sube por tu brazo directo al pecho.
Acto uno: el comienzo de la tentación. Bailan pegaditos, sus caderas rozando las tuyas al compás de Aretha. Huele a su colonia, madera y cítricos, mezclado con el sudor ligero de la noche calurosa.
«Neta, este cuate me va a volver loca», te dices mientras su aliento roza tu oreja. Hablan de tonterías: de la ciudad que nunca duerme, de cómo la canción les recuerda amores pasados. Él se llama Diego, tú no le dices tu nombre todavía, solo sonríes. La tensión crece con cada giro, sus manos en tu cintura apretando suave, probando límites. Sientes el calor entre tus piernas, un cosquilleo que te hace morderte el labio.
La canción termina, pero él no te suelta. —Ven, vamos a otro lado —propone, y tú asientes, empoderada en tu elección. Bajan en su camioneta vieja pero cool, con el viento despeinándote. Llegan a su depa en Roma Norte, un lugar acogedor con plantas y velas aromáticas a vainilla. Cierra la puerta y te besa por primera vez: labios suaves, lengua juguetona que sabe a cerveza y promesas. Sus manos recorren mi espalda, y juro que mi piel arde.
Acto dos: la escalada del fuego. Se sientan en el sofá de piel suave, él pone música baja, y de nuevo Aretha Franklin Try a Little Tenderness suena en el fondo, como un hechizo. Te quita el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sientes su barba raspando tu cuello, enviando ondas de placer hasta tus pezones que se endurecen al aire fresco.
«Qué rico se siente esto, sin prisas, solo ternura». Tú le desabrochas la camisa, lames su pecho salado, bajas hasta su abdomen marcado donde el vello oscuro te invita más abajo.
Caen al piso sobre una alfombra mullida que huele a limpio y a deseo. Sus dedos exploran tus senos, pellizcando suave, haciendo que gimas bajito. —Pinche Diego, me tienes toda mojadita —murmuras, y él ríe, ese sonido ronco que vibra en tu clítoris. Baja su boca a tu entrepierna, lengua experta lamiendo tu panocha como si fuera el mejor mole del mundo: dulce, picante, intenso. Sientes el calor húmedo de su aliento, el roce de sus labios hinchados por la fricción, y arqueas la espalda mientras el placer sube en olas. Tus uñas en su cabello, tirando suave, guiándolo. Él gime contra ti, vibraciones que te llevan al borde.
Pero no corres aún. Lo volteas, cabalgas su cara un rato, sintiendo su nariz contra tu monte, su lengua dentro de ti sorbiendo tus jugos. ¡Qué chingón! Soy yo quien manda aquí. Luego lo besas, probando tu propio sabor en su boca, salado y almendrado. Le bajas el pantalón, su verga sale dura, venosa, palpitante como un corazón. La tocas, sientes la piel aterciopelada sobre acero, el precum resbaloso en tu palma. Él jadea, —Mamacita, qué manos—, y tú sonríes, lamiendo la punta, saboreando esa gota salada que promete más.
La intensidad sube: él te pone de rodillas en el sofá, entra despacio desde atrás, centímetro a centímetro. Sientes el estiramiento delicioso, la fullness que te llena hasta el alma. Empieza a moverse, lento al principio, como la ternura que pide Aretha. Golpes profundos, su pubis chocando contra tu culo con palmadas suaves. Hueles el sexo en el aire, almizcle y sudor, oyes los plaf plaf húmedos, sus bolas golpeando tu clítoris. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, y él gruñe —¡Puta madre, qué apretadita!—. Cambian posiciones: tú encima, cabalgando como reina, pechos rebotando, sus manos en tus caderas guiando el ritmo. Sudor perla en su frente, gotea a tu boca cuando te inclinas, salado y vivo.
Internamente luchas:
«No quiero que acabe, pero ya no aguanto». Él lo siente, acelera, un dedo en tu ano juguetón, otro frotando tu botón. La tensión explota: orgasmo que te sacude como terremoto, piernas temblando, grito ahogado que sale gutural. Él te sigue segundos después, caliente dentro de ti, pulsos que llenan y desbordan. Colapsan juntos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas.
Acto tres: el afterglow tierno. Se acurrucan en la cama, sábanas frescas oliendo a lavanda. Él te acaricia el cabello, besa tu frente. —Prueba un poco de ternura, ¿no? —dice riendo, recordando la canción. Tú ríes también, sientes el corazón pleno, empoderada por haber tomado el control, por haber dado y recibido sin reservas. El amanecer pinta el cielo de rosa, y mientras su mano descansa en tu vientre, piensas en lo chido que fue todo: no solo el sexo, sino la conexión, el ritmo de Aretha Franklin Try a Little Tenderness que los unió.
Se duermen así, envueltos en paz, con el eco de la música en sus sueños. Mañana quién sabe, pero esta noche fue perfecta, tuya, sensual y real.