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Que Es Probar el Placer Prohibido

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Que Es Probar el Placer Prohibido

Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en una colonia chida de la Ciudad de México, de esas donde los tacos al pastor se venden en cada esquina y el aire huele a mezcal y jazmín por las noches. Mi novio, Carlos, es un morro alto, de ojos cafés intensos y manos callosas de tanto trabajar en su taller de motos. Llevamos dos años juntos, y aunque la química entre nosotros es de esas que enciende hasta el aire, siempre hemos jugado seguro en la cama. Besos apasionados, caricias que me erizan la piel, pero nada más allá de lo clásico. Hasta esa noche de viernes, cuando el calor del verano nos tenía sudando en el balcón de mi depa.

Estábamos sentados en las sillas de mimbre, con unas chelas frías en la mano, viendo cómo las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas. El olor a lluvia reciente subía del pavimento, mezclado con el humo de algún asador vecino. Carlos me pasó el brazo por los hombros, su piel cálida contra la mía, y yo sentí ese cosquilleo familiar en el estómago. ¿Y si hoy le digo? pensé, mientras el corazón me latía más rápido. Habíamos platicado de fantasías antes, en voz baja, entre risas nerviosas. Él quería atarme las manos algún día, yo... yo quería probar algo que me daba pena hasta admitirlo.

—Oye, carnal —le dije, girándome para mirarlo a los ojos—, ¿nunca te has preguntado qué es probar algo nuevo de verdad? Como... algo que te hace temblar solo de pensarlo.

Él arqueó la ceja, esa sonrisa pícara que me derrite. —Dime, mi reina. Tú sabes que contigo estoy dispuesto a todo.

Tragué saliva, el pulso acelerado como tambores en una fiesta. —Quiero que me des por atrás. Probar anal, wey. Pero despacito, ¿eh? Confío en ti.

Sus ojos se encendieron, y sentí su mano apretarme el muslo, subiendo lento por mi falda. —Si es lo que quieres, lo hacemos perfecto. Pero primero, te voy a preparar como se debe.

Nos levantamos y entramos al cuarto, el aire cargado de anticipación. Cerró la puerta con un clic suave, y el mundo se redujo a nosotros dos. Me quitó la blusa con dedos temblorosos, besando mi cuello, inhalando mi perfume de vainilla. Su boca en mi piel era fuego líquido, chupando suave hasta dejarme marcas rosadas. Yo gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes blancas del cuarto iluminado por la luz tenue de la lámpara.

Esto es lo que necesitaba. Sentirme viva, deseada, dueña de mi placer.

Acto uno cerrado, nos tumbamos en la cama king size que compramos en oferta. Las sábanas frescas olían a lavanda, contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Carlos me besó profundo, su lengua danzando con la mía, sabor a cerveza y menta. Sus manos expertas me desvistieron por completo, rozando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Yo le bajé los bóxers, liberando su verga gruesa, palpitante, con esa vena que siempre me hipnotiza. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo mi palma.

—Estás empapada, Ana —murmuró contra mi oreja, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espalda. Metió dos dedos en mi panocha, lento, curvándolos para tocar ese punto que me hace arquearme. El sonido húmedo de mis jugos llenó el cuarto, obsceno y delicioso. Gemí fuerte, clavándole las uñas en los hombros.

—Más, Carlos. Prepárame bien.

Se levantó por lubricante y un plug pequeño que había comprado en secreto, sabiendo que algún día lo usaríamos. El gel frío en mi entrada trasera me hizo jadear, pero sus besos en mi clítoris lo convirtieron en placer puro. Lamió mi coño con devoción, lengua plana y círculos rápidos, mientras el plug entraba centímetro a centímetro. Sentí la presión, el estiramiento delicioso, como si mi cuerpo se abriera a un mundo nuevo. Qué es probar esto... joder, es como volar.

El medio acto escaló cuando me puse de rodillas, culo en pompa, ofreciéndome. Él se untó lubricante en la verga, brillando bajo la luz. Rozó la cabeza contra mi ano, suave, probando. —Dime si duele, mi amor —susurró, voz ronca de deseo.

—No duele. Entra despacio, pendejo. Quiero sentirte todo.

Empujó, la punta abriéndose paso. Duele un poquito al inicio, como un ardor agudo, pero se fundió en placer cuando su pelvis chocó contra mis nalgas. El sonido de piel contra piel, slap slap, rítmico. Olía a sexo puro, sudor salado y lubricante dulce. Sus manos en mis caderas, tirando de mí, mientras yo me mecía, encontrando el ritmo. Cada embestida mandaba ondas de éxtasis a mi clítoris, sin tocarlo. Qué es probar esto... es perder la cabeza, sentirte dueño de mí sin que yo pierda el control.

Cambié de posición, montándolo a la inversa. Control total. Bajé sobre su verga, el estiramiento más intenso, llenándome hasta el fondo. Reboté, pechos saltando, sudor goteando por mi espalda. Él gemía mi nombre, manos amasando mis nalgas. —¡Qué chingón se siente, Ana! Tan apretada, tan tuya.

El clímax se acercaba como tormenta. Mi ano palpitaba alrededor de él, coño chorreando. Me toqué el clítoris, círculos furiosos, y exploté. Grité, cuerpo convulsionando, olas de placer que me nublaron la vista. Colores, estrellas, el mundo entero en mi piel. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como animal.

Colapsamos, jadeantes, enredados. Su semen goteaba lento, cálido entre mis piernas. Besos suaves, caricias perezosas. El cuarto olía a nosotros, a victoria compartida. —Fue increíble —dije, voz ronca—. Qué es probar... ahora lo sé. Es adictivo.

Él rio bajito, abrazándome fuerte. —Y lo repetiremos, mi reina. Contigo, todo es perfecto.

Nos quedamos así hasta el amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, pintando nuestras pieles doradas. En ese afterglow, supe que nuestro amor había crecido, más profundo, más crudo. Ya no había límites, solo nosotros, explorando el placer sin fin.

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