Otro Día En La Vida De El Tri
Me desperté con el sol colándose por las cortinas del depa en Polanco, el calor de la ciudad ya pegándome en la cara como un beso ardiente. Otro día en la vida de El Tri, pensé mientras me estiraba en la cama king size, sintiendo los músculos de mis piernas tensos del entrenamiento de ayer. Soy Alejandro, pero todos me dicen El Tri por cómo juego en el campo, rápido, fuerte, imparable como la selección. Me levanté, el piso fresco bajo mis pies descalzos, y me metí a la ducha. El agua caliente me resbalaba por el pecho, el abdomen marcado, bajando hasta mi verga que ya se despertaba medio tiesa con los recuerdos de la noche anterior.
Después de un desayuno de huevos rancheros con un chorro de salsa bien picosa que me hacía sudar, agarré mi mochila y salí al gym en Reforma. El tráfico era un desmadre, cláxones pitando como si estuvieran enojados, pero yo iba con la ventana baja, oliendo el aire contaminado mezclado con el aroma de los elotes asados de los vendedores ambulantes. Órale, ahí estaba ella, nueva en el gym, una morra de unos veintitantos, piel morena como el chocolate, cabello negro largo hasta la cintura y un culo que se marcaba perfecto en esos leggings negros. Se llamaba Valeria, lo supe porque la vi firmando en recepción.
Empecé mi rutina en las pesas, el hierro chocando con un clang metálico que retumbaba en mis oídos, sudor brotándome por la frente, goteando salado hasta mis labios. La vi en la máquina de cardio, sus tetas rebotando suave con cada paso, el sudor perlando su escote. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo, y ella sonrió, coqueta, mordiéndose el labio inferior.
¿Qué pedo con esta chava? Neta que me está poniendo caliente, me dije mientras hacía sentadillas, sintiendo mi verga endurecerse contra los shorts.
Al rato, me acerqué a pedirle la pesa que tenía cerca. "¿Me prestas esa, reina?" le dije con mi voz grave, oliendo su perfume mezclado con sudor fresco, como jazmín y deseo. "Claro, guapo. ¿Tú eres El Tri, verdad? Te vi jugar el otro día, qué chido te ves en acción", respondió ella, su voz ronca, ojos brillantes. Platicamos mientras estirábamos, sus manos rozando mis brazos accidentalmente, enviando chispas por mi piel. Me contó que era diseñadora gráfica, soltera, de aquí de la CDMX, y que le gustaba el futbol "pero más los jugadores como tú". El aire entre nosotros se cargaba, espeso como miel.
Salimos juntos del gym, el sol del mediodía quemando, y la invité a unos tacos de suadero en la esquina. "No seas pendejo, acepto", rio ella, su risa como campanitas. Nos sentamos en una banca, el vapor de la carne asada subiendo, picante y jugoso, mordiendo con ganas mientras nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa. Hablaba de su día a día, pero yo solo pensaba en cómo sabría su boca, en el calor entre sus muslos. "¿Sabes qué? Este otro día en la vida de El Tri se está poniendo interesante", le solté, y ella me miró fijo, lamiéndose los labios manchados de salsa.
La llevé a mi depa en el coche, su mano en mi muslo todo el camino, apretando suave, mi verga ya dura como piedra presionando el pantalón. Entramos y la empujé contra la pared del pasillo, nuestros cuerpos chocando con un thud sordo. La besé con hambre, su lengua dulce como tamarindo invadiendo mi boca, manos enredándose en mi pelo. Olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que me volvía loco. Le quité la blusa, sus tetas firmes saltando libres, pezones oscuros endurecidos. "Qué rico estás, Tri", jadeó mientras me bajaba los shorts, su mano envolviendo mi verga gruesa, palpitante, el tacto suave y caliente de sus dedos haciéndome gemir.
La cargué a la recámara, la cama crujiendo bajo nuestro peso. Me arrodillé entre sus piernas abiertas, leggings rasgados a un lado, su panocha depilada brillando húmeda, olor a mar y miel. Lamí despacio, saboreando su clítoris hinchado, su sabor salado y dulce explotando en mi lengua. "¡Ay, cabrón, no pares!" gritó, caderas arqueándose, uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Chupé más fuerte, metiendo dos dedos gruesos dentro, sintiendo sus paredes apretarme, jugos chorreando por mi mano. Su primer orgasmo la sacudió como un terremoto, piernas temblando, gemidos roncos llenando la habitación.
Pero yo quería más. La puse a cuatro patas, su culo redondo alzado como ofrenda, nalgadas suaves que sonaban como palmadas en agua, piel enrojecida. Me posicioné atrás, la punta de mi verga rozando su entrada resbalosa. "¿Quieres que te la meta, Valeria?" pregunté, voz entrecortada. "¡Sí, métemela toda, Tri, fóllame duro!" suplicó ella, empujando contra mí. Entré despacio, centímetro a centímetro, su calor envolviéndome como terciopelo mojado, apretando mi polla hasta el fondo. Empecé a bombear, lento al principio, el slap slap de piel contra piel, sudor goteando de mi pecho a su espalda, mezclándose.
Aceleré, agarrando sus caderas, mis bolas golpeando su clítoris con cada embestida profunda. Ella gritaba no mames qué rico, volteando para besarme, lenguas batallando. Sentía su coño contrayéndose, ordeñándome, mi verga hinchándose más.
Esta morra me va a hacer venir como nunca, pensé mientras la volteaba boca arriba, piernas sobre mis hombros, penetrándola más hondo, viendo sus tetas botar, pezones rozando mi pecho. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, pasión pura mexicana.
Me vine primero, un rugido saliendo de mi garganta, chorros calientes llenándola, su panocha ordeñando cada gota. Eso la llevó al borde, ojos en blanco, cuerpo convulsionando en oleadas, uñas rasguñando mi espalda. Colapsamos juntos, respiraciones jadeantes, corazones latiendo como tambores de cumbia. La abracé, su piel pegajosa contra la mía, besos suaves en el cuello, saboreando la sal.
Después, recostados, fumamos un cigarro compartido, humo curling en el aire. "Eres increíble, Tri. Otro día en la vida de El Tri que no olvidaré", murmuró ella, trazando mi pecho con el dedo. Yo sonreí, sintiendo esa paz post-sexo, el cuerpo relajado pero listo para más. La vida en la CDMX es así, llena de sorpresas calientes, y este día había sido épico. Mañana, otro entrenamiento, otro encuentro quizás, pero por ahora, solo el calor de su cuerpo y el eco de nuestros gemidos.