Seduciendo al Bajista del Tri
El estadio retumbaba con los acordes pesados de El Tri, esa banda que me ha hecho vibrar desde chava. El sudor me perlaba la frente mientras saltaba al ritmo de Abuso de Autoridad, pero mis ojos no se despegaban del escenario. Ahí estaba él, el bajista del Tri, con su bajo colgado como una extensión de su cuerpo moreno y musculoso. Sus dedos volaban sobre las cuerdas, sacando graves que me erizaban la piel, como si cada nota se clavara directo en mi entrepierna. Neta, era un dios del rock, con esa barba incipiente y el pelo revuelto, sudado, oliendo a hombre de verdad desde lejos.
Yo, Mariana, una morra de veintiocho pirulos que curro en una agencia de publicidad en la Condesa, no soy de las que se lanzan a los conciertos solo por los chismes. Pero esa noche, algo me jaló. Vestida con un short vaquero que me ceñía el culo y una blusa escotada que dejaba ver el encaje de mi brasier negro, me abrí paso entre la multitud hasta la zona VIP que un cuate me había colado. El aire estaba cargado de humo de cigarro, cerveza derramada y ese olor a excitación colectiva que te pone la piel de gallina.
Cuando terminó el pinche show, el bajista del Tri se bajó del escenario con una sonrisa pendeja, secándose el cuello con una toalla. Nuestras miradas se cruzaron. ¿Será? pensé, mientras mi corazón latía como un bombo. Él guiñó un ojo y señaló la salida trasera. No lo pensé dos veces. Corrí hacia allá, el pulso acelerado, imaginando ya el calor de sus manos callosas sobre mi piel.
¿Y si es mi chance de tocar al hombre que me ha hecho mojarme tantas noches soñando con sus solos de bajo?
En el backstage, el caos era chido: roadies cargando equipo, chelas volando de un lado a otro. Él estaba ahí, recargado en una pared, con una cerveza en la mano. "¿Qué onda, güey? ¿Te gustó el rolón?" me dijo con esa voz ronca que parecía salida de un amplificador. Me acerqué, oliendo su aroma: sudor fresco, colonia barata y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.
"Neta, carnal, tu bajo me dejó temblando", le contesté coqueta, mordiéndome el labio. Se rio, una carcajada profunda que me vibró en el pecho. Se llamaba Alex, el bajista del Tri, y platicamos de la banda, de la gira, de la vida loca en el rock mexicano. Sus ojos cafés me recorrían el cuerpo sin disimulo, deteniéndose en mis chichis que subían y bajaban con cada respiración agitada. El deseo crecía como una ola, lento pero imparable.
Me invitó a su hotel en Polanco, un lugar fancy con vistas al skyline. En el taxi, su muslo rozaba el mío, y yo sentía el calor subir por mis piernas. No aguanto más, pensé, mientras su mano se posaba en mi rodilla, subiendo despacito. Llegamos y apenas cerramos la puerta de la suite, sus labios se estrellaron contra los míos. Sabían a cerveza y tabaco, áspero y adictivo. Lo empujé contra la pared, mis uñas clavándose en su espalda ancha bajo la playera empapada.
Su lengua exploraba mi boca con hambre, y yo gemía bajito, el sonido ahogado por el tráfico lejano de la ciudad. Me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco del AC. "Estás rica, morra", murmuró, lamiendo mi cuello, bajando hasta un pezón que chupó con fuerza, mandándome chispas por todo el cuerpo. Olía a su excitación, ese musk masculino que me ponía cachonda como perra en celo.
Le arranqué la playera, revelando un torso tatuado con calaveras y guitarras, músculos definidos por años de cargar bajos pesados. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo el bulto enorme que palpitaba. Pinche verga dura como piedra, pensé, mientras la liberaba. Era gruesa, venosa, con un glande rosado que brillaba de precum. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, oyendo sus gruñidos roncos que me mojaban más.
Me arrodillé, el piso alfombrado hundiéndose bajo mis rodillas. Lamí la punta, saboreando la sal de su esencia, luego lo engullí hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome con ritmo, "Así, güey, trágatela toda". El sonido de mi succión y sus jadeos llenaba la habitación, mezclado con el zumbido del minibar.
Me levantó como si no pesara nada, me tiró en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio. Me quitó el short y las tangas de encaje, exponiendo mi coño depilado, ya chorreando. "Mírate, toda mojada por el bajista del Tri", dijo juguetón, hundiendo dos dedos en mí. Gemí fuerte, arqueando la espalda, mientras él los movía adentro y afuera, rozando mi punto G con maestría rockera.
Su boca bajó, lamiendo mis labios mayores, chupando mi clítoris hinchado. Sentí su barba raspándome las ingles, un cosquilleo delicioso, y su lengua danzando como en un solo de bajo, rápido y profundo. ¡No pares, cabrón! grité en mi mente, mis caderas moviéndose solas contra su cara. El orgasmo me pegó como un rayo, olas de placer sacudiéndome, mi jugo inundando su boca.
Aún temblando, lo jalé hacia mí. "Cógeme ya, Alex", le rogué. Se puso condón –siempre responsable, el pendejo– y se hundió en mí de un solo empujón. ¡Madre santa! Llenaba cada centímetro, estirándome delicioso. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada vena, cada roce contra mis paredes internas. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, sus gruñidos en mi oído.
Aceleró, follándome duro, mis tetas rebotando con cada estocada. Lo arañé, mordí su hombro, oliendo su sudor mezclado con el mío. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, mis caderas girando, sintiendo su verga tocar lo más hondo. Él pellizcaba mis pezones, "Muévete, reina, rómpeme el bajo". El cuarto olía a sexo puro, almizcle y fluidos.
De lado, él atrás, una mano en mi clítoris frotando círculos, la otra apretando mi teta. El clímax nos alcanzó juntos: yo convulsionando, gritando su nombre, él rugiendo mientras se vaciaba dentro del látex, pulsando una y otra vez. Colapsamos, jadeantes, su cuerpo pesado y cálido sobre el mío.
Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la terraza, la ciudad brillando abajo. Me acariciaba el pelo, "Eres lo máximo, Mariana. Vuelve a los shows, ¿eh?". Sonreí, saboreando el beso final, salado y tierno. Salí de ahí con las piernas flojas, el eco de su bajo aún vibrando en mi alma. Neta, la noche con el bajista del Tri había sido legendaria, un riff que no olvidaría jamás.