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El Trio Caliente con mi Esposa Casero

7204 palabras

El Trio Caliente con mi Esposa Casero

Todo empezó una noche cualquiera en nuestra casa de la colonia Roma, aquí en la CDMX. Mi esposa, Karla, y yo llevábamos casados cinco años y nuestra vida sexual era neta chida, pero siempre hablábamos de fantasías para picar el ojo. Ella con su cuerpo de infarto, curvas mexicanas perfectas, tetas firmes y un culo que te hace babear, siempre me volvía loco. Yo, un pendejo de treinta y tantos con un trabajo estable en una agencia de publicidad, no podía creer la suerte que tenía.

Una cerveza fría en la mano, sentados en el sofá de la sala con el aire acondicionado zumbando bajito, Karla me miró con esos ojos café que brillan como luces de neón en Insurgentes. "Órale, amor, ¿y si de una vez por todas hacemos ese trío con mi esposa casero que tanto platicamos?" dijo riendo, pero con un tono que me puso la piel chinita. Hablábamos de eso desde hace meses, un trío con mi esposa casero, algo nuestro, sin complicaciones, en la intimidad de nuestro hogar. Invitamos a Carlos, un cuate del gym, soltero, alto, moreno, con músculos que parecen tallados y una sonrisa pícara que Karla siempre notaba.

Él llegó puntual, con una botella de tequila Herradura en la mano.

"¡Qué onda, wey! Listo para la peda?"
gritó al entrar, dándome un choque de puños. Karla lo recibió con un abrazo que duró un segundo de más, su perfume de vainilla mezclándose con el olor fresco de su colonia. Cenamos tacos de arrachera que preparamos en la plancha, el humo subiendo con ese aroma ahumado que te abre el apetito, la carne chisporroteando y el cilantro fresco picando en la lengua. La plática fluyó fácil: chismes del gym, partidos de la Liga MX, pero yo notaba las miradas. Karla cruzaba las piernas, su falda corta subiendo un poco, y Carlos no disimulaba cuando la veía.

Después de la cena, pasamos a la sala. El tequila bajó suave, quemando la garganta con ese calor que te suelta las inhibiciones. Karla se sentó entre nosotros en el sofá, su muslo rozando el mío, cálido y suave bajo la tela. ¿Será que de veras lo hagamos? pensé, mi corazón latiendo fuerte como tamborazo zacatecano. Ella puso música, un playlist de reggaetón suave, el bajo retumbando en el pecho.

"¿Y si jugamos verdad o reto, cabrones?"
propuso Karla, su voz ronca, juguetona. Carlos y yo nos miramos, asintiendo con sonrisas de complicidad.

El juego escaló rápido. Verdades picantes: cuántas veces nos habíamos masturbado pensando en tríos. Retos: besos en el cuello, caricias en las piernas. Sentí la mano de Karla en mi entrepierna, apretando mi verga que ya estaba dura como piedra, mientras Carlos le besaba el hombro. El aire se cargó de electricidad, olor a sudor ligero y excitación, ese almizcle que te dice que ya no hay vuelta atrás. Neta, el deseo nos comía vivos.

Esto es lo que queríamos, un trío con mi esposa casero, puro y sin rollos, me dije mientras la besaba, su lengua dulce de tequila danzando con la mía. Carlos se acercó por el otro lado, besándole el cuello, y ella gimió bajito, un sonido que me erizó los vellos. Sus manos exploraban: la mía bajo su blusa, sintiendo sus tetas pesadas, pezones duros como balitas; la de él bajando su falda, revelando unas tangas negras que apenas cubrían su panocha húmeda.

Nos movimos al cuarto como un río en crecida. La cama king size nos esperaba, sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. Karla se quitó la ropa despacio, un striptease casero que nos dejó boquiabiertos. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, curvas perfectas moviéndose al ritmo de la música que se colaba.

"Vengan, mis machos, háganme suya"
susurró, tirándose de espaldas, piernas abiertas invitando.

Yo me quité la playera, sintiendo el aire fresco en mi pecho sudoroso, y Carlos hizo lo mismo, su torso marcado reluciendo. Nos turnamos para chuparle las tetas: yo la derecha, él la izquierda, lenguas girando alrededor de los pezones, succionando hasta que ella arqueaba la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrones, qué rico!" El sabor salado de su piel, mezclado con sudor y perfume, era adictivo. Bajé mi boca por su vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a su panocha. Estaba empapada, labios hinchados, clítoris palpitante. La lamí despacio, lengua plana saboreando sus jugos dulces y salados, mientras Carlos le metía dos dedos en la boca para que los mamara como verga.

La tensión crecía como volcán. Karla jadeaba, caderas moviéndose contra mi cara, el olor de su excitación llenando la habitación, intenso y embriagador. Su sabor es mío, pero compartirlo la hace más caliente, pensé, mi verga latiendo dolorida. Carlos se posicionó, sacando su traba gruesa, venosa, que Karla miró con hambre.

"Métemela, Carlos, pero despacito"
pidió ella, y él obedeció, empujando lento mientras yo seguía lamiéndole el clítoris. Sentí su coño apretarse alrededor de él a través de sus gemidos, el sonido húmedo de la fricción, piel contra piel chapoteando.

Cambiamos posiciones como en un baile bien coreografiado. Karla se puso a cuatro patas, culo en alto, redondo y firme. Yo me coloqué atrás, embistiéndola con fuerza, mi verga deslizándose en su calor resbaloso, cada estocada sacando "¡Sí, amor, así!" de su boca. Carlos se arrodilló enfrente, y ella le mamó la verga con ganas, succionando profundo, saliva goteando por la barbilla. El cuarto olía a sexo puro: sudor, jugos, tequila rancio. Oía los jadeos sincronizados, el slap-slap de mi pelvis contra su culo, sus bolas golpeando su mentón. Mis manos apretaban sus caderas, uñas clavándose un poco, dejando marcas rojas.

El clímax se acercaba. Sentí sus paredes contraerse alrededor de mi verga, ordeñándome. No aguanto más, gruñí interno. Karla gritó primero, un orgasmo que la sacudió entera, temblores en las piernas, chorro caliente mojando las sábanas. Carlos se corrió en su boca, ella tragando con deleite, labios brillando. Yo la seguí, vaciándome dentro de ella con un rugido, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Caímos exhaustos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Karla en medio, una mano en mi pecho, la otra en el de Carlos, sonriendo satisfecha. El aire estaba pesado, pero olía a victoria, a placer compartido.

"Eso fue el mejor trío con mi esposa casero de la historia, weyes"
dijo riendo bajito. Besé su frente, saboreando el salado de su piel, mientras Carlos asentía, aún jadeando.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo en cascada, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos, risas y caricias suaves. De vuelta en la cama, Karla se acurrucó contra mí, Carlos en el otro lado hasta que se fue al amanecer. Esto nos unió más, neta, pensé, escuchando su respiración profunda, el corazón latiendo en paz. Fue nuestra noche, nuestro secreto casero, un fuego que avivó la llama eterna entre nosotros. Y quién sabe, tal vez repetimos pronto.

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