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Alan Jackson Lo Intentare En Tu Piel Ardiente

6739 palabras

Alan Jackson Lo Intentare En Tu Piel Ardiente

La noche en el bar de la zona rosa estaba chida de verdad, con ese aire cargado de tequila reposado y el humo dulce de los cigarros electrónicos que flotaba como niebla. Las luces neón parpadeaban al ritmo de la rola country que tronaba en los bocinas, y yo, sentada en la barra con mi chela helada sudando en la mano, sentía el calor subiéndome por las piernas. Me llamo Karla, tengo veintiocho pirulos y esa noche andaba con ganas de algo que me sacara del pinche estrés del trabajo en la agencia de modelaje. Neta, necesitaba un hombre que me mirara como si fuera la última mujer en el mundo.

Ahí lo vi entrar, alto, con sombrero vaquero ladeado y una camisa ajustada que marcaba sus pectorales duros como roca. Se llamaba Marco, lo supe después, un ingeniero petrolero que andaba de paso por Monterrey después de un jale en Reynosa. Pidió un whisky on the rocks y sus ojos cafés se clavaron en los míos mientras brindábamos sin palabras. El DJ anunció la siguiente rola: "Alan Jackson, I'll Try". El ritmo lento y esa voz ronca de Alan llenaron el lugar, hablando de promesas y esfuerzos por amor. Marco se acercó, su colonia amaderada invadió mi nariz, mezclada con el sudor fresco de su piel morena.

Órale, Karla, este wey te va a comer con los ojos. Déjate llevar, pinche corazón, que ya es hora de sentir algo real.

Me tendió la mano. "¿Bailamos, preciosa?" Su voz era grave, como un ronroneo. Lo seguí a la pista, mi falda corta rozando mis muslos, el suelo pegajoso bajo mis tacones. Sus manos grandes se posaron en mi cintura, firmes pero suaves, y empezamos a movernos al compás. Sentí su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta y licor. "Esta rola me recuerda que a veces hay que intentarlo todo por quien vale la pena", murmuró, pegando su pecho al mío. Mi corazón latió fuerte, mis pezones se endurecieron contra el encaje de mi bra, y un cosquilleo húmedo se despertó entre mis piernas.

La canción terminó, pero nosotros no. Pedimos otra ronda y platicamos de todo: de ranchos en Nuevo León, de cómo Alan Jackson nos hacía sentir vivos con sus letras crudas. "I'll try", dijo él imitando la letra, "lo intentaré contigo esta noche, Karla. Te juro que no te vas a arrepentir". Su mirada era fuego puro, y yo, con las mejillas encendidas, asentí. Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la medianoche besando nuestra piel caliente. Su camioneta olía a cuero nuevo y a él, y mientras manejaba a su depa en las Lomas, su mano subió por mi muslo, dedos ásperos rozando la rendija de mi tanga. ¡Ay, wey, ya me tienes mojadísima!

Acto dos: Llegamos a su penthouse minimalista, con vistas al cerro de la Silla iluminado. Me sirvió un trago de mezcal ahumado que quemó mi garganta como promesa de lo que vendría. Nos sentamos en el sofá de piel, sus piernas fuertes separando las mías. "Déjame intentarlo, Karla. Como dice Alan Jackson", susurró antes de besarme. Sus labios eran carnosos, sabían a sal y deseo, la lengua explorando mi boca con hambre contenida. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro, tirando suave para que profundizara el beso.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis senos. Olía mi perfume de vainilla mezclado con mi arousal, ese olor almizclado que lo volvía loco. "Estás rica, neta, como tamal en fiesta", dijo con risa juguetona, mordisqueando mi oreja. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, el vello oscuro en su pecho raspando mis palmas. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante contra mi mano. La piel aterciopelada, venas marcadas, la cabeza brillando de precum salado que lamí con la punta de la lengua. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris.

Pinche Marco, me vas a hacer venir solo con mirarte. Pero aguántate, Karla, que esto apenas empieza. Quiero que me rompa en dos.

Me cargó como pluma al cuarto, la cama king size con sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Me desvistió por completo, sus ojos devorando mis curvas: senos llenos con pezones rosados erectos, mi panocha depilada reluciendo de jugos. Se arrodilló entre mis piernas, inhalando profundo. "Hueles a paraíso, morra". Su lengua plana lamió desde mi ano hasta el botoncito, chupando suave al principio, luego con succión que me arqueó la espalda. Sentí cada lamida como electricidad, mis caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de su boca en mi carne, mis gemidos rebotando en las paredes. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras succionaba mi clítoris. ¡Joder, sí, así, cabrón! El orgasmo me golpeó como ola, mi concha contrayéndose, chorros calientes mojando su barbilla.

Pero él no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, nalgadas suaves que ardían delicioso. "¿Quieres que lo intente más duro, Karla?" Asentí, jadeante. Se puso condón –siempre responsable, el wey– y se hundió en mí de un solo empujón. Llenándome hasta el fondo, su verga estirándome, rozando cada pared sensible. El slap-slap de piel contra piel, su sudor goteando en mi espinazo, oliendo a macho en celo. Me cogía lento al inicio, sus bolas pesadas golpeando mi clítoris, luego aceleró, mis tetas rebotando, uñas clavadas en las sábanas. "¡Eres tan apretada, tan chingona!" gritó, y yo respondí con "¡Dame más, pendejo, rómpeme!"

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiándome, mis jugos chorreando por sus huevos. Lo cabalgaba fuerte, sintiendo su punta besar mi cervix, mis paredes ordeñándolo. Él se incorporó, mamando mis tetas, mordiendo pezones hasta que grité. El clímax nos alcanzó juntos: yo convulsionando, él hinchándose dentro, gruñendo mi nombre mientras se vaciaba.

Acto tres: Colapsamos enredados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín del balcón abierto. Me acurruqué en su pecho, su corazón galopando contra mi oreja. "Lo intenté, Karla. ¿Y qué tal?" reí suave, besando su piel salada. "Más que bien, Marco. Como Alan Jackson, lo hiciste perfecto". Hablamos hasta el amanecer, de sueños y ranchos lejanos, sabiendo que esto era solo el inicio. La ciudad despertaba afuera, pero en esa cama, el mundo era nuestro, caliente y satisfecho.

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