Seduciendo al Tri Virgen de Guadalupe
Estaba en el bar de la esquina, ese changarrito cerca del Estadio Azteca, con el puro olor a chelas frías y tacos al pastor flotando en el aire. Era día de partido de El Tri, y el ambiente estaba que ardía. Gritos, cánticos, el televisor escupiendo los goles con ese sonido grave del narrador que te pone la piel chinita. Yo, con mi camiseta verde lima sudada pegada al cuerpo, tomaba una fría cuando la vi entrar. Morena chaparrita, con curvas que no mentían, jersey de El Tri ajustado que marcaba sus chichis perfectas y un collar con la imagen de la Virgen de Guadalupe brillando en su pecho. La miré y pensé: Órale, carnal, esta morra es un sueño andante.
Se acercó al mostrador, pidiendo una michelada con esa voz ronquita que me erizó los vellos. "¡Ándale, ponle limón y sal, carnal!", le dijo al mesero. Nuestras miradas se cruzaron, y sonrió con picardía. "¿Fan del Tri, güey?", le pregunté, acercándome. "¡Nomás lo más chido! Me dicen El Tri Virgen de Guadalupe, porque soy virgen en el amor pero devota del equipo y de la Morenita", contestó riendo, guiñándome el ojo. Su nombre era Lupita, pero ese apodo le calzaba perfecto. Hablamos del partido, de cómo El Tri nos unía, de la fe en la Virgen que nos hacía invencibles. El calor del bar, el sudor mezclado con su perfume de gardenias, me tenía ya con el corazón latiendo como tamborazo zacatecano.
El Tri metió gol, y el bar explotó. Nos abrazamos sin pensarlo, su cuerpo pegado al mío, suave, cálido, con ese olor a piel morena que me volvía loco. Sentí sus caderas rozar las mías, y supe que la tensión estaba armada. "Ven, vamos a mi depa, está cerca y tengo pantallón pa' seguir el partido", me dijo al oído, su aliento caliente como chile en nogada. No lo pensé dos veces. Salimos tomados de la mano, el ruido de la calle, cláxones y mariachis lejanos, el viento nocturno fresco contra nuestra piel ardiente.
¿Qué chingados estoy haciendo? Esta morra es fuego puro, pero ¿y si solo es el partido? No mames, su mirada dice que quiere lo mismo que yo.
En su depa, un departamentito coqueto en la colonia Narvarte, con altares a la Virgen y posters de El Tri por todos lados. Puso el juego en la tele, pero ya nadie le hacía caso. Nos sentamos en el sofá, chelas en mano, platicando de todo y nada. "Sabes, güey, siempre he sido la Virgen de Guadalupe del barrio, pura y devota, pero hoy El Tri me tiene caliente", confesó, mordiéndose el labio. La acerqué, besándola suave al principio, saboreando sus labios carnosos con gusto a sal y limón. Sus manos en mi nuca, tirando de mi pelo, gimiendo bajito mientras el estadio rugía en la tele.
La tensión subía como la marea en Acapulco. Le quité el jersey despacio, revelando su sostén de encaje negro contrastando con su piel canela. Olía a vainilla y deseo, ese aroma que te hace babear. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado, sintiendo su pulso acelerado bajo mi lengua. "Ay, cabrón, me traes loca", murmuró, arañándome la espalda. Yo, con la verga ya dura como palo de escoba, la recosté en el sofá. Sus tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos, los chupé con hambre, succionando hasta que jadeó fuerte, arqueando la espalda. El sonido de su respiración entrecortada, mezclado con los gritos del partido, era música prohibida.
Le bajé el calzón, mojado ya, oliendo a su excitación dulce y almizclada. "Tócame, pinche rico", suplicó. Metí los dedos despacio, sintiendo su calor húmedo envolviéndome, resbaloso como miel de maguey. Ella gemía, moviendo las caderas al ritmo de mis caricias, sus uñas clavándose en mis hombros. Esto es el paraíso, carnal, la Virgen del Tri entregándose. La volteé, besando su nalga redonda, mordisqueándola suave, mientras lamía su clítoris hinchado. Su sabor, ácido y salado, me enloqueció. "¡Sí, güey, así, no pares!", gritó, temblando, el sofá crujiendo bajo nosotros.
Pero quería más. Me paré, quitándome la ropa, mi verga saltando libre, venosa y palpitante. Ella la miró con ojos hambrientos, "Órale, qué pedazo de herramienta". Se arrodilló, lamiéndola desde la base, su lengua caliente rodeándola, succionando la cabeza con labios suaves. El sonido chapoteante, su saliva goteando, me tenía al borde. La cargué al cuarto, alfombra suave bajo pies descalzos, la cama con sábanas frescas oliendo a lavanda. La tiré boca arriba, abriéndole las piernas anchas. "Fóllame como si fuera el último gol de El Tri", pidió, juguetona.
Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su coño apretado, caliente, tragándome entero. "¡Ay, madre, qué rico!", exclamó, envolviéndome con las piernas. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, su humedad chorreando, el slap-slap de piel contra piel. Sudábamos, cuerpos resbalosos, olores mezclados de sexo y pasión. Aceleré, profundo, sus tetas rebotando, sus gemidos convirtiéndose en gritos. "¡Más fuerte, pendejo, dame todo!". La volteé a cuatro patas, agarrando sus caderas, embistiéndola como toro en la plaza. Su culo perfecto meneándose, el collar de la Virgen balanceándose, profanando lo sagrado con puro vicio consensual.
La Virgen del Tri, mi diosa morena, rompiéndose en mis brazos. Esto es México, carnal: fútbol, fe y folleteo épico.
El clímax se acercaba como el pitazo final. La puse encima, cabalgándome salvaje, sus caderas girando, coño apretándome la verga como tenaza. Sus ojos fijos en los míos, sudor goteando de su frente al mi pecho. "Me vengo, cabrón", avisó, convulsionando, su jugo caliente inundándome. Yo no aguanté más, explotando dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como bestia. Colapsamos, jadeantes, piel pegada, corazones martilleando al unísono.
Después, en la afterglow, con el partido ya terminado y El Tri victorioso, nos quedamos abrazados. Su cabeza en mi pecho, oliendo su pelo, sintiendo su respiración calmada. "Gracias, mi Tri Virgen de Guadalupe, por esta noche chida", le susurré. Ella rió bajito, "Fue el mejor partido de mi vida, güey. La Virgen bendice estas pasiones". Nos besamos suave, saboreando el eco del placer, sabiendo que esto era solo el principio. El mundo afuera seguía girando, con sus luces de la ciudad y cánticos lejanos, pero aquí, en su cama, habíamos ganado el campeonato del deseo.