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Bedoyecta Tri Dosis de Pasión Inyectada

7451 palabras

Bedoyecta Tri Dosis de Pasión Inyectada

Tú llegas a tu departamento en la Condesa, exhausta después de un día eterno en la oficina. El tráfico de la Ciudad de México te ha chingado el alma, y sientes el cuerpo pesado como plomo. Pinche estrés, piensas mientras tiras las llaves en la mesa. Raúl, tu carnal de toda la vida, tu marido que te hace vibrar con solo una mirada, está en la cocina preparando unos tacos de suadero que huelen a gloria. El aroma ahumado del cilantro y la cebolla te envuelve, pero ni eso te levanta el ánimo.

—¡Ey, mi reina! ¿Cómo te fue? —te dice con esa voz ronca que te eriza la piel, acercándose para darte un beso en la boca que sabe a cerveza fría.

Le cuentas de tu cansancio crónico, de cómo te sientes como zombie. Él frunce el ceño, preocupado, pero con ese brillo pícaro en los ojos.

—Órale, güey, eso no mames. Mira, en la farmacia vi unas Bedoyecta tri dosis. Dicen que te dan un chingón de energía con vitaminas B. Las compré de camino. ¿Me las pones tú? No quiero ir al doctor pendejo ese.

Raúl se ríe, te jala por la cintura y te besa el cuello, inhalando tu perfume mezclado con el sudor del día.

Chingado, su aliento caliente me está poniendo húmeda ya, piensas, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

—Nel, mi amor, con gusto te las inyecto. Pero hay que hacerlo bien, en la nalga para que pegue fuerte. Vamos al cuarto.

Te lleva de la mano al dormitorio, donde la luz tenue del atardecer filtra por las cortinas. El aire huele a sábanas frescas y a su loción Old Spice que tanto te gusta. Te quitas el pantalón ajustado, quedando en tanga negra y blusa. Te acuestas boca abajo en la cama king size, el colchón suave hundiéndose bajo tu peso. Sientes el roce de sus dedos callosos mientras limpia la zona con alcohol, frío y punzante en tu piel caliente.

—Relájate, preciosa —murmura, y su aliento te eriza los vellos de la nuca.

La aguja entra, un piquetazo rápido que duele un segundo, pero luego el líquido se inyecta y sientes un calorcillo expandirse desde la nalga hasta el estómago. Primera dosis de Bedoyecta. Te volteas, y él te masajea el trasero con manos firmes, amasando la carne suave.

—¿Ya sientes el power? —te pregunta, con la verga ya medio parada presionando contra tu muslo.

El rush llega como ola: tu pulso acelera, la sangre bombea con fuerza, y de repente tienes energía para correr un maratón. Lo jalas hacia ti, besándolo con hambre, saboreando su lengua jugosa y el toque salado de su saliva. Tus manos bajan a su entrepierna, sintiendo el bulto duro bajo el bóxer.

—Pendejo, esto sí que pega —le dices riendo, mientras él te quita la blusa y chupa tus tetas, lamiendo los pezones oscuros que se endurecen al instante.

Se revuelcan en la cama, piel contra piel resbalosa de sudor. Él te come el coño con devoción, su lengua barriendo el clítoris hinchado, el sabor ácido de tu excitación llenándole la boca. Gimes fuerte, arqueando la espalda, el sonido de tus jadeos rebotando en las paredes. Pero no llegas al clímax total; es como si la primera dosis te preparara para más. Se duermen abrazados, tu nalga aún tibia, prometiendo lo que vendrá.

Al día siguiente despiertas renovada, el sol mexicano colándose por la ventana con olor a pan dulce de la panadería de abajo. Te sientes cañón, lista para devorar el mundo. Raúl ya está en el gym del edificio, pero regresa sudado y delicioso, músculos brillando bajo la regadera.

Quiero esa segunda dosis ya, para que me coja como animal, reflexionas, masturbándote disimuladamente mientras esperas.

—Mi turno de ponerte la Bedoyecta tri dosis número dos —anuncia él, sacando la jeringa con una sonrisa lobuna.

Esta vez lo haces de pie frente al espejo del baño, él detrás de ti, bajándote las nalgas del short deportivo. Ves su reflejo, ojos clavados en tu culo redondo. El pinchazo es erótico ahora, placer mezclado con dolor leve. El líquido entra, y el calor sube directo a tu útero, haciendo que tus labios vaginales se hinchen de deseo.

No aguantan. Te volteas, lo empujas contra la pared fría de azulejos, y le bajas el short. Su verga salta libre, venosa y gruesa, goteando precum que lameas con gusto salobre. Lo mamas profundo, garganta contra su pubis peludo, el olor almizclado de su entrepierna volviéndote loca. Él gime "¡Chingada madre, qué rico chupas!", agarrándote el pelo.

Te lleva a la cama, te abre las piernas y entra de un jalón, su polla llenándote hasta el fondo. Sientes cada vena rozando tus paredes internas, el slap-slap de carne contra carne, sudor chorreando. Cabalgas encima, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho lampiño. El ritmo acelera, tu clítoris frotándose contra su pubis, pero otra vez, el orgasmo se queda al borde. Segunda dosis, piensa en el calor que sube, preparándote para la explosión final. Colapsan exhaustos, besos lentos, corazones latiendo al unísono.

La tercera noche es la buena. Han pasado el día en Polanco, comiendo en un restaurante fancy con velas y vino tinto que sabe a cerezas maduras. Regresan cachondeando, manos metidas en los pantalones del otro en el Uber. El chofer disimula, pero el aire está cargado de feromonas.

En el depa, encienden velas de vainilla que perfuman el cuarto. Tú te desnudas lento, provocándolo, meneando las caderas al ritmo de cumbia rebajada en el Spotify.

—Ven, dame la última de la Bedoyecta tri dosis, cabrón. Quiero explotar contigo.

Te pone boca abajo, esta vez masajeando aceite caliente en tu espalda, dedos resbalosos bajando hasta tu raja húmeda. Limpia la nalga con lengua, lamiendo la piel salada. La aguja entra suave, el líquido inyectándose mientras él te mete dos dedos en el coño, curvándolos contra tu punto G. El rush es brutal: energía pura, deseo animal desatado.

¡Ya valió, no aguanto más! Necesito su verga enterrada en mí, gritas en tu mente, el pulso tronando en tus oídos.

Te volteas y lo montas como yegua salvaje, su polla embistiéndote profundo. Sientes cada centímetro estirándote, el glande golpeando tu cervix con placer punzante. Él te aprieta las nalgas, azotándolas rojo, el sonido ecoando como palmadas. Cambian posiciones: perrito, con él jalándote el pelo, oliendo tu cabello a shampoo de coco; misionero, piernas en sus hombros, besos babosos y mordidas en el cuello.

El clímax llega en avalancha. Tu coño se contrae en espasmos, chorros de jugo empapando las sábanas, gritando "¡Sí, pendejo, cógeme más!". Él eyacula dentro, semen caliente llenándote, pulsos sincronizados. Cuerpos temblando, sudor pegajoso uniéndolos, el olor a sexo crudo impregnando todo.

Se quedan así, enredados, respiraciones calmándose. Raú te acaricia el pelo, besando tu frente.

—¿Ves? Las Bedoyecta tri dosis fueron el afrodisíaco perfecto —le dices, riendo bajito.

—Nel, tú eres el verdadero power, mi vida.

Duermes en sus brazos, satisfecha hasta los huesos, sabiendo que esta energía no solo es de vitaminas, sino del amor que los quema por dentro. Mañana será otro día, pero con este fuego, nada los para.

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