Cancion del Tri Parece Facil
La noche en el antro de la Condesa estaba en su punto más chido, con el bajo retumbando en el pecho como si quisiera salirse. El aire olía a tequila reposado mezclado con perfume barato y sudor fresco de cuerpos que se rozaban en la pista. Yo, sentado en la barra con una cuba helada en la mano, sentí que la rola de El Tri empezó a sonar: Canción del Tri parece fácil. Esa letra siempre me pegaba, hablando de cómo todo parece sencillo hasta que te metes de lleno. Neta, qué chingonería de banda mexicana.
Ahí la vi. Una morra de curvas que no mentían, con el pelo negro suelto cayendo como cascada sobre unos hombros bronceados. Vestía un vestido rojo ajustado que se pegaba a sus chichis perfectas y bajaba hasta unas piernas que invitaban a perderse. Bailaba sola, moviendo las caderas al ritmo de la guitarra rasposa de Alex Lora. Sus ojos, oscuros y juguetones, se cruzaron con los míos un segundo. Sonreí. Ella me devolvió la sonrisa, esa que dice tómalo o piérdetelo.
Me paré, sintiendo el pulso acelerado. ¿Parecía fácil? Claro que sí, pero algo en su mirada me decía que no lo iba a ser tanto. Me acerqué por detras, rozando apenas su cintura con las yemas de los dedos. Ella no se espantó, al contrario, se recargó contra mí, su culo firme presionando mi entrepierna. El olor de su piel, a vainilla y algo más salvaje, me invadió las fosas nasales.
«Wey, esta noche no vas a dormir solo», pensé, mientras la música nos envolvía.
—¿Te late El Tri? —le grité al oído, para que me oyera sobre el ruido.
—¡Neta que sí! Canción del Tri parece fácil, pero la vida no lo es —respondió ella, girándose. Su aliento olía a margarita con sal, fresco y tentador. Se llamaba Sofia, me dijo, y su voz era ronca, como si hubiera fumado un buen puro antes de salir.
Bailamos así un rato, cuerpos pegados, manos explorando sin prisa. Sus dedos se colaron por debajo de mi playera, arañando suave mi espalda. Yo bajé las mías por su espina dorsal, sintiendo el calor que desprendía su piel a través de la tela delgada. El deseo empezaba a hervir, pero no quería apurarme. La tensión era lo chido, esa electricidad que chispeaba cada vez que su muslo rozaba mi verga ya medio parada.
La noche avanzó con más rolas de rock mexicano, cervezas que se acababan solas y risas que fluían como el tequila. Sofia me contó que era diseñadora, que odiaba las cosas predecibles y que esa noche buscaba algo que la hiciera sentir viva. Yo le dije que era músico de garaje, que tocaba covers de El Tri en bares chiquitos. Parecía fácil conectar, pero por dentro sentía el nudo en el estómago, el miedo a que todo se fuera al carajo si no jugaba bien mis cartas.
Al final, salimos del antro tomados de la mano. El aire fresco de la madrugada en la Condesa nos golpeó, oliendo a jacarandas y asfalto mojado por una llovizna ligera. Tomamos un taxi hasta su depa en Polanco, un lugar chulo con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared, sus labios chocando con los míos. Sabían a sal y a deseo puro, su lengua danzando con la mía en un beso que me dejó sin aire.
Acto dos: la escalada
La llevé a su recámara, quitándole el vestido por el camino. Caí al suelo como una promesa rota, revelando un cuerpo desnudo salvo por un tanga negro que apenas cubría su panocha depilada. Sus chichis, firmes y con pezones oscuros ya duros, pedían ser tocados. Me arrodillé, besando su ombligo, bajando lento por su vientre plano. El olor de su excitación me llegó como un golpe, almizclado y dulce, haciendo que mi verga palpitara dolorosamente contra mis jeans.
«¿Qué chingados, esto parece tan fácil y ya me tiene al borde», me dije, mientras lamía el borde de su tanga.
Sofia gemió bajito, enredando sus dedos en mi pelo. —No te detengas, cabrón —me rogó, su voz temblorosa. Le quité el tanga con los dientes, exponiendo sus labios hinchados y mojados. La probé con la lengua, plano y lento, saboreando su jugo salado que me resbalaba por la barbilla. Ella arqueó la espalda, sus muslos apretando mi cabeza, el sabor de su arousal inundándome la boca como el mejor mezcal.
Pero no era solo físico. Por dentro, luchaba con la intensidad. ¿Y si no la complacía? ¿Y si parecía fácil y de repente todo se complicaba? Sus gemidos me decían que no, que estábamos en sintonía. La subí a la cama, me quité la ropa a toda madre. Mi verga saltó libre, dura como piedra, con una gota de precum brillando en la punta. Sofia la miró con hambre, pasando un dedo por el tronco venoso.
—Ven, pendejo, fóllame ya —dijo, abriendo las piernas. Pero yo no quería prisa. Me acosté a su lado, besándola el cuello, mordisqueando su oreja mientras mis dedos exploraban su clítoris hinchado. Ella se retorcía, sus uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas rojas que ardían chido. El sonido de su respiración agitada, entrecortada, llenaba la habitación, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad.
La puse a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto para agarrar. Entré en ella despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño apretado me tragaba. Estábamos empapados de sudor, el slap-slap de piel contra piel resonando como un tambor primal. Ella empujaba hacia atrás, queriendo más, más profundo. Canción del Tri parece fácil, pero follar así, con esa conexión, era una pinche odisea de placer.
Cambié posiciones, ella encima ahora, cabalgándome como una diosa. Sus chichis rebotaban con cada bajada, yo las amasaba, pellizcando los pezones hasta hacerla gritar. Su pelo azotaba mi cara, oliendo a shampoo de coco y sexo. Sentí su interior contraerse, sus paredes apretándome más, anunciando el orgasmo. —¡Me vengo, wey! —gritó, y se derrumbó temblando, su jugo caliente resbalando por mis bolas.
Yo aguanté un rato más, volteándola para mirarla a los ojos mientras la penetraba misionero. Esos ojos, ahora vidriosos de placer, me llevaron al límite. Empujé fuerte, una, dos, tres veces, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras rugía como animal.
Acto tres: el regocijo
Nos quedamos ahí, enredados en las sábanas revueltas que olían a nosotros. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba. El sudor se enfriaba en nuestra piel, dejando un brillo salado que lamí de su hombro. Afuera, la ciudad ronroneaba bajito, indiferente a nuestro mundo privado.
«Neta, la canción del Tri parece fácil, pero esto... esto fue real, intenso, perfecto», reflexioné, acariciando su espalda.
Sofia levantó la cara, sonriendo pícara. —¡Chingón, eh! Parecía fácil seducirte en el antro —dijo, besándome suave.
—Y lo fue, pero lo chido fue lo que pasó después —le contesté, riendo.
Dormimos así, pegados, con la promesa de más noches como esa. Al amanecer, el sol se coló por las cortinas, tiñendo su piel de dorado. Me desperté con su mano en mi verga, ya semi-dura de nuevo. Pero eso... eso es otra historia. La vida, como dice la rola, parece fácil, pero con ella, valía cada segundo de complicación.