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Pasiones Desenfrenadas en el Centre de Tri

6351 palabras

Pasiones Desenfrenadas en el Centre de Tri

El sol del mediodía caía a plomo sobre las afueras de la Ciudad de México, pero adentro del centre de tri, el calor era otro pedo. Yo, Ana, llevaba tres años clasificando chatarra, plásticos y cartones en ese laberinto de conveyor belts y montones apestosos. El aire olía a sudor rancio mezclado con el hedor dulzón de la basura fermentada, pero ya ni lo notaba. Era mi rutina, mi escape de la pinche vida de oficina que odiaba. Ese día, mientras arrastraba una carretilla llena de botellas, vi llegar al nuevo. Se llamaba Marco, un morro alto, moreno, con brazos tatuados que se marcaban bajo la camiseta ajustada. Órale, qué chulo, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era del hambre.

Él se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a jabón fresco y colonia barata. “¿Qué onda, jefa? Soy el nuevo en el turno de la noche”, dijo, extendiendo la mano. Su palma era áspera, callosa, y al tocarla, un chispazo me recorrió el brazo. “Bienvenido al infierno, Marco. Aquí clasificamos hasta el alma”, le contesté, guiñándole el ojo. Empezamos el turno juntos, él al lado mío en la línea de triaje. El ruido de las máquinas zumbaba como un enjambre, vibrando en el piso de concreto y subiendo por mis piernas. Cada vez que nuestras manos se rozaban al pasar un bulto, su piel caliente contra la mía, sentía el pulso acelerarse.

¿Por qué carajos me pongo así con un desconocido? Neta, estoy necesitada
, me dije, mordiéndome el labio.

La noche avanzaba lenta, el centre de tri vacío salvo por nosotros y el jefe que roncaba en su oficina. Marco platicaba de todo: de tacos al pastor en la esquina, de cómo odiaba los lunes, de que su ex lo había dejado por un pendejo. Su voz grave retumbaba en mi pecho, y yo reía, soltando slang para impresionar. “Eres un cabrón con suerte de caer aquí, carnal. Mira que trabajar de noche, pero con vistas como esta”, le dije, arqueando la espalda para que viera mis curvas bajo el overol ajustado. Él se rio, sus ojos oscuros clavándose en mis tetas. “¿Vistas? Neta, el mejor paisaje es el tuyo, Ana. Me traes loco desde que llegué”. El aire se cargó de electricidad, el olor a su sudor fresco mezclándose con el mío, un aroma almizclado que me ponía la piel de gallina.

En el medio del turno, paramos para el break. Nos sentamos en unas cajoneras apiladas, compartiendo un refresco helado que chorreaba condensación. Sus dedos rozaron los míos al pasármelo, y no lo solté. “¿Sabes qué? Este lugar es un desmadre, pero contigo se siente chido”, murmuró, acercándose. Su aliento cálido olía a menta y deseo. Lo miré fijo, el corazón latiéndome en la garganta. Es ahora o nunca, pinche cobarde. “Ven, te muestro el rincón secreto del centre de tri”, le dije, jalándolo hacia una zona de almacenamiento oscuro, detrás de pilas de cartón.

Ahí, lejos del ruido, la tensión explotó. Sus manos grandes me acorralaron contra la pared fría, contrastando con el fuego de su cuerpo. “¿Quieres esto, Ana? Dime que sí, porque yo te deseo desde hace rato”, gruñó, su boca a centímetros de la mía. “Sí, cabrón, te quiero adentro ya”, respondí, tirando de su overol. Nuestros labios chocaron en un beso salvaje, lenguas enredándose con sabor a refresco y urgencia. Gemí contra su boca, sintiendo su verga dura presionando mi muslo. El olor a cartón viejo se mezclaba con el almizcle de nuestra excitación, un perfume embriagador que me mareaba.

Le arranqué la camiseta, mis uñas arañando su pecho sudoroso, saboreando la sal en su piel con lamidas hambrientas. Él bajó mi overol, exponiendo mis pechos al aire húmedo. “Qué chingonas tetas tienes”, jadeó, chupando un pezón con succión experta, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Mis manos bajaron a su pantalón, liberando su miembro grueso, palpitante. Lo apreté, sintiendo las venas bajo mis dedos, y él gimió ronco. “Me vas a volver loco, preciosa”. Lo masturbe lento, el precum lubricando mi palma, mientras él metía la mano en mi panocha empapada. Sus dedos gruesos frotaban mi hinchazón, círculos perfectos que me hacían arquear la espalda.

¡Dios, qué bien se siente! Como si me conociera de toda la vida
.

La intensidad subía como la marea. Me volteó contra la pared, mi culo al aire, y sentí su verga rozando mi entrada. “Dime si quieres que pare”, susurró, siempre atento. “No pares, métemela toda, Marco. Fóllame duro”. Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer era cegador, su grosor llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, lento luego rápido, el slap-slap de piel contra piel ahogando el zumbido lejano de las máquinas. Sudábamos a chorros, gotas resbalando por mi espalda, su pecho pegado al mío. Olía a sexo puro, a deseo crudo. “Estás tan apretada, tan mojada para mí”, gruñía, mordiendo mi cuello. Yo empujaba hacia atrás, clavándome más, mis gemidos ecoando en el espacio confinado. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada embestida, construyendo el orgasmo como una tormenta.

Inner struggle? Nah, solo puro fuego. Pero en mi mente, flashes: Esto es loco, pero se siente tan bien. Mañana qué, pero ahora no importa. Él aceleró, una mano en mi cadera, la otra pellizcando mi pezón. “Me vengo, Ana, ¿juntos?”. “Sí, cabrón, córrete dentro”. El clímax nos golpeó como un rayo. Mi coño se contrajo alrededor de él, oleadas de éxtasis sacudiéndome, piernas temblando. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su cuerpo convulsionando contra el mío. Colapsamos en el piso sucio, pero qué importaba. Su peso sobre mí era perfecto, suaves besos en mi hombro.

Después, en el afterglow, nos vestimos riendo bajito. El centre de tri parecía diferente, como si hubiéramos clasificado algo más que basura: nuestras soledades. “Neta, esto fue lo mejor del pinche trabajo”, dijo él, peinándome con los dedos. Yo sonreí, saboreando el beso final, salado y dulce. “Vuelve mañana, Marco. Hay más que triar”. Caminamos de regreso a la línea, manos rozándose, el secreto ardiendo entre nosotros. El turno terminó con el alba tiñendo el cielo, pero el calor en mi piel perduraba, un recordatorio de que en el desmadre diario, a veces encuentras oro.

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