Pasión en el Anfiteatro Trier
El sol del atardecer teñía de oro las antiguas piedras del Anfiteatro Trier, ese coloso romano que se erguía imponente en las afueras de la ciudad alemana. Yo, Ana, una chilanga de pura cepa con curvas que volvían locos a los weyes en el DF, había convencido a mi carnal Luis para que nos desviáramos de nuestro viaje por Europa y viniéramos hasta aquí. Qué chido, pensé, mientras el viento fresco del Mosela me erizaba la piel bajo el vestido ligero de algodón que se pegaba a mis chichis por el sudor del día. Luis, mi hombre de metro ochenta, moreno y con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme de solo verla, caminaba a mi lado tomándome de la mano. Sus dedos callosos, de tanto trabajar en la construcción, me rozaban la palma y ya sentía ese cosquilleo subiendo por mi brazo.
—Neta, Ana, este lugar es una chulada —dijo él, apretándome la mano mientras subíamos las gradas desgastadas por siglos de gladiadores y bestias. El aire olía a tierra húmeda, a hierba fresca y a un leve aroma de cerveza de las cervecerías cercanas. El eco de nuestras pisadas resonaba como en una catedral pagana, y de fondo se oía el murmullo de turistas lejanos, risas y flashes de cámaras. Pero nosotros dos estábamos en nuestra onda, ignorando al mundo. Yo sentía su mirada clavada en mis nalgas mientras bajaba un escalón, y eso me ponía caliente. Este pendejo siempre sabe cómo mirarme, me dije, mordiéndome el labio.
Nos sentamos en una de las bancas de piedra, en la parte alta donde el anfiteatro se abría al cielo. El sol se hundía lento, pintando sombras largas que bailaban sobre las arenas abajo. Luis me rodeó con su brazo fuerte, su pecho ancho presionando contra mi hombro. Olía a él: sudor limpio mezclado con el loción barata que compró en París, y algo más, ese olor macho que me volvía loca. —Imagínate, mi amor, aquí se chingaban a muerte por diversión. Yo por ti mataría —susurró al oído, su aliento caliente rozándome la oreja. Sentí un escalofrío delicioso bajarme por la espalda hasta el culo. Mi coño empezó a palpitar, húmedo ya, pidiendo más.
Acto uno cerrado, la tensión ya latía entre nosotros como un tambor romano. Bajamos despacio hacia el centro del anfiteatro Trier, fingiendo ser turistas curiosos. Pero cada roce era eléctrico: su mano en mi cintura, mis tetas apretándose contra su brazo al pasar por un arco estrecho. El lugar estaba casi vacío al caer la tarde; solo un par de gringos tomando fotos lejos. Nos metimos por un pasillo lateral, oscuro y fresco, donde las paredes de piedra aún guardaban el frío de la noche. Ahí, solos, Luis me acorraló contra la pared. —Estás cañón con ese vestido, morra. Se te marcan hasta los pezones —gruñó, su voz ronca como gravel. Yo reí bajito, juguetona, y le pasé las uñas por el pecho bajo la playera.
—¿Y tú qué, wey? Ya se te para la verga contra mis chichis. —Le bajé la mano hasta su entrepierna, sintiendo esa polla dura, gruesa, latiendo bajo los jeans.
Chin güey, qué rica se siente. Quiero chupártela aquí mismo, en este antro romano.Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saboreando el sudor salado y el dulzor de las chicles que mascaba él. Sus manos subieron mi vestido, amasando mis nalgas desnudas —no traía calzón, la neta, por si las dudas—. El roce de sus dedos callosos en mi piel suave era fuego puro; olía a mi propia excitación, ese musk dulce que se escapaba de mis labios hinchados.
La cosa escaló cuando encontramos una cámara escondida, una especie de celda gladiatoria con paja seca en el piso y luz tenue filtrándose por grietas altas. Luis me levantó como si nada, piernas alrededor de su cintura, y me sentó en una losa baja. —Te voy a comer viva, Ana —prometió, arrodillándose. Sentí su lengua caliente abriéndose paso por mis muslos, lamiendo lento hasta llegar a mi clítoris. ¡Ay, cabrón! Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes de piedra. Su boca era un paraíso: chupaba, mordisqueaba suave, metía la lengua adentro probando mis jugos. Yo arqueaba la espalda, uñas en su pelo negro revuelto, oliendo a tierra y a sexo. El pulso me retumbaba en las sienes, el corazón galopando como caballos en la arena.
Pero no era solo físico; en mi cabeza bullían pensamientos. Este wey me conoce como la palma de su mano. En México nos chingamos en moteles de mala muerte, pero aquí, en el Anfiteatro Trier, es como si fuéramos emperadores de nuestra propia pasión. Él se incorporó, quitándose la playera, mostrando ese torso tatuado con un águila azteca que yo le diseñé. Lo jalé hacia mí, besando su cuello salado, bajando a sus pezones duros. Le desabroché los jeans, liberando esa verga venosa, gorda, con la cabeza brillando de precum. La tomé en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el calor pulsante, el olor almizclado subiendo. —Qué chingona está, Luis. Dámela —rogué, y él obedeció, empujando en mi boca. Chupé con ganas, lengua girando, garganta relajada para tragármela hondo. Sus gemidos roncos, "¡Sí, así, mi reina!", me ponían más mojada.
La intensidad subía como la marea del mar. Me puso de rodillas en la paja, que pinchaba rico mi piel, y me penetró de una. ¡Madre santa! Esa estocada profunda me llenó entera, su pubis peludo rozando mi clítoris. Embestía rítmico, piel contra piel chapoteando húmeda, el eco amplificando cada plaf. Sudábamos a chorros, el aire cargado de nuestro olor: sexo crudo, sudor, piedra antigua. Yo clavaba uñas en sus nalgas musculosas, urgiéndolo más rápido.
No pares, pendejo, hazme venir.Él me volteó, de perrito contra la pared, metiendo dedos en mi culo mientras me chingaba el coño. El orgasmo me explotó como volcán: temblores, gritos ahogados, jugos chorreando por mis piernas. Él gruñó, tenso, y se corrió adentro, caliente, llenándome hasta rebosar.
Nos quedamos jadeando, abrazados en el piso fresco. El sol ya se había ido, la luna iluminando las grietas como plata. Su semen tibia goteaba de mí, mezclándose con sudor. —Te amo, Ana. Esto fue lo más chido de Europa —murmuró, besándome la frente. Yo sonreí, exhausta y plena, oliendo nuestro amor en el aire. En el corazón del Anfiteatro Trier, encontramos nuestro propio imperio de placer. Caminamos de regreso tomados de la mano, piernas flojas, sonrisas tontas, sabiendo que este recuerdo nos ardería para siempre. La noche alemana nos envolvía suave, prometiendo más noches locas en nuestro viaje.