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Cuando Juega El Tri Olímpico El Deseo Se Enciende

7225 palabras

Cuando Juega El Tri Olímpico El Deseo Se Enciende

Estás sentado en el sillón de tu depa en la colonia Roma, con el control remoto en una mano y una chela fría en la otra. Afuera, la ciudad de México bulle con ese ruido eterno de cláxones y vendedores ambulantes, pero adentro todo es diferente. La tele transmite el partido del Tri Olímpico, y el estadio japonés retumba a través de los bocinas. Cuando juega el Tri Olímpico, el aire se carga de esa electricidad que solo los mexicanos entendemos, como si el gol estuviera a punto de caer y con él, todo lo demás.

Al lado tuyo, Daniela se acurruca, su cuerpo suave pegado al tuyo. Lleva una playera del Tri que se le ajusta perfecto a las curvas, y unos shorts chiquitos que dejan ver sus piernazas morenas. Su pelo negro cae en ondas sobre tus hombros, y huele a esa crema de coco que siempre usa, mezclada con el sudor ligero del calor del día. "Órale, wey, cuando juega el Tri Olímpico me pongo bien intensa", te dice con esa voz ronquita, mientras sus dedos trazan círculos perezosos en tu muslo. Tú sientes el cosquilleo subir por tu piel, como si el estadio entero estuviera vibrando en tu entrepierna.

El partido apenas arranca. El portero del Tri se lanza por un balonazo, y la multitud en la tele grita. Daniela se endereza, sus tetas rozando tu brazo, y suelta un "¡Vámonos, cabrones!" que te hace reír. Pero hay algo más en su mirada, un brillo pícaro que conoces bien. Han pasado meses desde que empezaron a salir, después de conocerse en un antro durante el último Clásico. Neta, desde entonces, cada vez que hay partido nacional, terminan enredados. Es como un ritual, carnal.

Te volteas a verla, y ella ya te está comiendo con los ojos. "Estás cañón con esa barba de tres días", murmura, acercando su boca a tu oreja. Su aliento cálido te eriza la piel, y sientes cómo tu verga empieza a despertar bajo los jeans. Intentas concentrarte en el juego —el Tri está presionando, el mediocampo se mueve chido— pero sus manos no paran. Baja despacito por tu pecho, desabotonando el primer botón de tu camisa.

Pinche Daniela, siempre sabe cómo distraerme justo cuando el partido se pone bueno
, piensas, mientras tu pulso se acelera como el de un delantero en carrera.

Minuto 20. Un tiro de esquina para México. Todos en el estadio saltan, y en tu depa, Daniela aprovecha para montarse a horcajadas sobre ti. Sus caderas se pegan a las tuyas, y sientes el calor de su panocha a través de la tela delgada. "Siente cómo late", te susurra, moviéndose lento, frotándose contra tu erección creciente. El olor a su excitación empieza a mezclarse con el de la chela derramada en la mesa, un aroma almizclado que te enloquece. Tus manos suben por sus muslos, apretando esa carne firme y suave, marcada por el sol de las caminatas en Chapultepec.

"No mames, nena, el Tri va ganando", dices, pero tu voz sale ronca, traicionándote. Ella ríe bajito, un sonido gutural que vibra en tu pecho, y se inclina para morderte el lóbulo de la oreja. Su lengua traza un camino húmedo por tu cuello, saboreando el salado de tu sudor. Tú respondes agarrándola por la cintura, empujándola más contra ti. El roce es delicioso, como un preview del chingazo que viene. En la tele, el balón vuela, pero tú solo oyes los jadeos de ella y el latido de tu corazón retumbando en los oídos.

La tensión sube con el marcador. Empate a cero, pero el Tri domina. Daniela se quita la playera del Tri en un movimiento fluido, dejando ver sus chichis perfectos, con pezones duros como piedras de obsidiana. "Tómalas, wey", ordena juguetona, guiando tus manos. Las aprietas, sintiendo su peso cálido, la textura sedosa de la piel. Chupas uno, saboreando el dulce salado, mientras ella gime y arquea la espalda. Su pelo cae como una cascada sobre tu cara, oliendo a shampoo de frutas tropicales. Cuando juega el Tri Olímpico, todo se siente más vivo, más urgente.

Pero no se apuran. Ella baja tus jeans, liberando tu verga tiesa que salta como resorte. "Mira nomás qué vergota", dice admirándola, lamiéndose los labios pintados de rojo. Sus dedos la envuelven, masturbándote lento, con esa presión perfecta que te hace ver estrellas. Tú metes la mano en sus shorts, encontrando su panochita empapada, resbalosa de jugos. La acaricias en círculos, sintiendo cómo se contrae bajo tus dedos. "Estás chorreando, pinche caliente", le dices, y ella responde con un "Es por ti, pendejo, siempre me pones así".

El medio tiempo llega como salvación y tortura. El narrador grita sobre tácticas, pero ustedes ya están en su propio juego. Daniela se pone de rodillas entre tus piernas, el piso alfombrado raspando sus rodillas. Te mira desde abajo, con ojos de fuego, y engulle tu verga en un movimiento profundo. Su boca es un horno húmedo, lengua girando alrededor del glande, succionando con maestría. Sientes el tirón en las bolas, el calor subiendo por tu espina. Agarras su pelo, guiándola, pero ella manda: sube y baja, escupiendo saliva que chorrea por tu tronco. El sonido es obsceno, chapoteante, mezclado con los comerciales de cervezas en la tele.

Regresa el segundo tiempo. Tú la levantas, la sientas en tu regazo de nuevo, pero esta vez desnuda de la cintura para abajo. Sus shorts vuelan al piso. Te posicionas en su entrada, y ella baja despacio, empalándote. ¡Qué delicia! Su panocha te aprieta como guante caliente, paredes aterciopeladas masajeando cada centímetro. Gime fuerte cuando tocas fondo, sus uñas clavándose en tus hombros. Empiezan a moverse, un ritmo sincronizado con los pases del Tri en la pantalla. Cada embestida hace que sus tetas reboten, que su sudor salpique tu pecho.

Minuto 70. El Tri contraataca. Daniela cabalga más rápido, sus caderas girando en círculos viciosos. "¡Más duro, carnal!", suplica, y tú obedeces, clavándotela desde abajo con golpes secos. El sillón cruje bajo el peso, la piel choca con palmadas resonantes. Sientes su clítoris hinchado rozando tu pubis, sus jugos empapando tus bolas. El olor es intenso: sexo puro, sudor, chela rancia. En tu mente,

Esto es México, wey: pasión en cada gol, en cada corrida
.

Minuto 85. Gol del Tri Olímpico. El estadio explota en la tele, y Daniela grita con ellos, su orgasmo llegando como tsunami. Su panocha se aprieta en espasmos, ordeñándote, mientras tiembla entera sobre ti. "¡Me vengo, pinche wey!", aúlla, mordiendo tu hombro. Tú no aguantas más: la llenas con chorros calientes, pulsando dentro de ella, el placer cegador como luces de estadio. El semen se derrama, mezclándose con sus jugos, resbalando por tus muslos.

El pitazo final suena lejano. Se derrumban juntos, jadeando, cuerpos pegajosos y satisfechos. Daniela se acurruca en tu pecho, besando tu piel salada. "Neta, cuando juega el Tri Olímpico, es lo máximo", murmura, riendo suave. Tú acaricias su espalda, sintiendo la paz post-sexo, el corazón calmándose. Afuera, la ciudad celebra con cohetes, pero en su depa, la victoria es solo de ustedes. Mañana será otro día, pero esta noche, el fuego del Tri sigue ardiendo bajito.

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