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Canciones de los Tríos que Encienden la Piel

5643 palabras

Canciones de los Tríos que Encienden la Piel

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y jazmín fresco, con esa brisa tibia que se colaba por las ventanas abiertas de la casa rentada. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje largo, y él, mi carnal Javier, me esperaba con una botella de mezcal ahumado y un viejo tocadiscos que traía de Guadalajara. Habíamos estado separados un mes, y el deseo se acumulaba como tormenta en el Golfo.

"Órale, mi reina", me dijo al verme entrar, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Lo abracé fuerte, sintiendo su pecho ancho contra mis tetas, el calor de su piel morena que sabía a sol y esfuerzo. "Ponte cómoda, que hoy te voy a cantar canciones de los tríos pa' que te acuerdes de mí". Reí bajito, sabiendo que esas melodías románticas, con sus voces graves y guitarras suaves, siempre nos ponían en calentura.

Me serví un trago, el mezcal quemaba dulce en la lengua, con un toque de gusano que picaba rico. Javier puso el disco: Los Panchos, Sabor a mí. La voz del trío llenó la sala, envolviéndonos como humo de cigarro viejo. Bailamos despacio, mis caderas pegadas a las suyas, sintiendo cómo su verga ya se ponía dura contra mi vientre. "Estás cañón esta noche", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozándome el cuello.

"Dios, cómo lo extrañé. Ese cuerpo fuerte, esas manos callosas que me recorren como si fuera la primera vez".

El ritmo lento de la canción nos mecía, mis dedos enredados en su cabello negro, su boca besando mi hombro desnudo. La tensión crecía con cada acorde, el violín llorando pasión mientras yo sentía mi panocha humedecerse, el calor subiendo por mis muslos.

Pasamos al sillón de mimbre, con vistas al Pacífico que brillaba bajo la luna. Javier me sentó en sus piernas, mis piernas abiertas a horcajadas sobre él. Otro trío sonaba ahora, Contigo aprendí, y sus manos subieron por mis muslos, levantando mi falda ligera. "Te voy a comer entera, Ana", prometió, con voz ronca como el mezcal. Yo gemí bajito, arqueando la espalda mientras sus dedos rozaban mi tanga empapada.

El aire estaba cargado de nuestro olor: sudor fresco, perfume de coco en mi piel, el ahumado del licor en su aliento. Le quité la camisa, lamiendo sus pezones duros, saboreando la sal de su pecho. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris. "Pinche rica", dijo, mordiéndome el labio inferior mientras metía la mano dentro de mi blusa, apretando mis tetas con esa fuerza que me encanta, ni suave ni bruto, justo perfecto.

Me recostó en el sillón, el mimbre crujiendo bajo nuestro peso. Bajó mi tanga despacio, oliendo mi excitación como un lobo hambriento. Su lengua tocó mi rajita primero, un roce eléctrico que me hizo jadear. Lamía lento, saboreándome como fruta madura, el sonido húmedo mezclándose con la guitarra del trío. "¡Ay, Javier, no pares!", supliqué, mis uñas clavadas en su nuca, el mar rugiendo afuera como eco de mi pulso acelerado.

"Cada lamida es fuego, su barba raspándome las nalgas, el sabor de mí en su boca. Quiero explotar ya, pero aguanto, saboreo esta tortura deliciosa".

Él se levantó, quitándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como arma cargada. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo de la piel sobre el acero duro. La chupé despacio, metiéndomela hasta la garganta, el gusto salado de su precum en mi lengua. Javier jadeaba, "¡Qué mamada tan chingona, mi amor!", sus caderas moviéndose al ritmo de Rayito de luna que ahora sonaba.

La intensidad subía como la marea. Me volteó boca abajo, mi culo en pompa, y sentí la punta de su verga rozando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso me arrancó un grito ahogado, mis paredes apretándolo como guante. Empezó a bombear, fuerte pero controlado, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, el slap-slap de carne contra carne compitiendo con las voces del trío.

Nos cambiamos de posición, yo encima ahora, cabalgándolo como reina. Mis tetas rebotaban con cada salto, sus manos guiándome las caderas. "Cógeme más duro, cabrón", le pedí, y él obedeció, clavándose desde abajo con furia contenida. El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, el olor almizclado de nuestro sexo impregnando todo. La canción culminaba en un lamento apasionado, y yo exploté primero: un orgasmo que me sacudió entera, chorros de placer saliendo de mí, mojando sus muslos. Javier rugió, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos que sentía chorrear dentro.

Colapsamos juntos, jadeantes, su verga aún dentro latiendo suave. El tocadiscos siguió con Quizás, quizás, quizás, un susurro irónico para nuestro éxtasis. Lo besé lento, saboreando el mezcal y el sexo en su boca. "Eres mi vicio, Javier", le dije, trazando círculos en su pecho con la uña.

"En sus brazos, con las canciones de los tríos de fondo, todo encaja. No hay prisa, solo este calor que no se apaga".

Nos quedamos así, envueltos en sábanas frescas que trajimos del cuarto, el mar cantando su propia canción. Bebimos más mezcal, riendo de tonterías, planeando el amanecer en la playa. Esa noche, las melodías de los tríos no solo encendieron nuestra piel, sino que tejieron un lazo más profundo, uno de esos que duran más que el placer fugaz.

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