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Trío en Casa

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Trío en Casa

La noche caía suave sobre la colonia, con ese calor pegajoso de México en verano que se mete hasta los huesos. Yo, Ana, estaba en la cocina de nuestra casa en Polanco, removiendo un pozole que olía a gloria, con chiles secos y oregano fresco flotando en el aire. Marco, mi carnal de años, entró por la puerta trasera, sudado de venir del gym, con esa sonrisa pícara que me derretía. Órale, qué rico hueles a hombre, pensé mientras lo veía quitarse la playera, dejando ver esos músculos marcados que tanto me gustaban.

"Wey, hoy es la noche", me dijo él, acercándose por detrás y rodeándome la cintura con sus brazos fuertes. Su aliento cálido en mi cuello me erizó la piel. Habíamos platicado semanas de esto, de armar un trío en casa, algo que nos prendía a los dos por igual. No era la primera vez que fantaseábamos, pero esta vez era real. Luis, el amigo de Marco del trabajo, había dicho que sí, neta, con esa mirada de travieso que prometía fuegos artificiales.

El timbre sonó y mi pulso se aceleró como tamborazo en fiesta. Abrí la puerta y ahí estaba Luis, alto, moreno, con ojos que devoraban. Traía una botella de tequila reposado y una sonrisa que decía estoy listo para lo que venga. "Qué onda, Ana, qué chida casa tienen", comentó mientras entraba, su voz grave resonando en el pasillo. Lo guie a la sala, donde las luces tenues pintaban todo de rojo pasión, y el aire olía a velas de vainilla que acababa de encender.

¿Y si no fluye? ¿Y si me da pena?, pensé, pero el calor entre mis piernas ya me decía que no, que esto iba a ser épico.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, que crujía bajo nuestro peso. Empezamos con cheves frías y shots de tequila, riéndonos de anécdotas pendejas del trabajo. Marco me tomó la mano, entrelazando dedos, y Luis no quitaba la vista de mis piernas cruzadas bajo la falda corta. El ambiente se cargaba poco a poco, como tormenta que se arma en el cielo de DF.

Marco fue el primero en mover ficha. Se inclinó y me besó profundo, su lengua saboreando la mía con gusto a limón del tequila. Sentí sus manos subiendo por mi muslo, rozando la piel sensible. Luis nos miraba, su respiración pesada, y de pronto su mano grande se posó en mi rodilla libre. Pinche tensión, pensé, mientras un escalofrío me recorría la espina.

"¿Todo chido?", murmuró Marco en mi oído, su voz ronca de deseo. Asentí, mordiéndome el labio. "Simón, órale", respondí, y eso fue la señal. Luis se acercó, su boca capturando la mía en un beso hambriento, contrastando con el suave de Marco. Olía a colonia fresca y a hombre listo para devorar. Sus labios eran firmes, su barba incipiente raspando delicioso mi piel.

Las manos de los dos exploraban ahora, Marco desabotonando mi blusa con dedos ansiosos, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras por el fresco del ventilador. Luis gemía bajito mientras lamía mi cuello, bajando hasta un pecho, succionando con fuerza que me hacía arquear la espalda. Qué rico, dos bocas en mí, el pensamiento me nublaba la mente. El sofá se hundía, crujiendo con nuestros movimientos, y el olor a piel sudada empezaba a mezclarse con el mío, ese almizcle dulce de excitación que tanto prende.

Me puse de pie, temblando un poco, y los jalé hacia la recámara. "Vamos adentro", dije con voz entrecortada. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra el calor. Me quité la falda de un tirón, quedando en tanga negra que ya estaba empapada. Marco y Luis se desvistieron rápido, vergas erectas saltando libres, gruesas y venosas, listas para mí.

¡Madre santa, dos vergas pa' mí sola! Esto es el cielo mexicano.

Me tiré en la cama y ellos se lanzaron. Marco entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, su aliento caliente sobre mi clítoris hinchado. Luis se arrodilló a mi lado, ofreciéndome su miembro para chupar. Lo tomé con la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave, y lo metí a la boca, saboreando el precum salado. Gemí alrededor de él cuando la lengua de Marco encontró mi entrada, lamiendo lento, torturándome con círculos en el botón.

El cuarto se llenaba de sonidos: mis jadeos ahogados, los slurp húmedos de su boca en mí, los gruñidos bajos de Luis mientras yo lo mamaba profundo, garganta relajada por la práctica con Marco. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando sobre mis tetas, y yo lo lamía ansiosa, gusto salobre mezclándose con el tequila en mi paladar.

Cambiaron posiciones, el ritmo subiendo como cumbia en volumen. Luis se colocó detrás, frotando su verga contra mi culo, mientras Marco me penetraba vaginal, lento al principio, estirándome delicioso. "¡Ay, pendejo, qué grande!", grité juguetona, y él rio, embistiendo más hondo. Luis untó lubricante –habíamos preparado todo– y entró por atrás, centímetro a centímetro, el ardor inicial convirtiéndose en placer pleno cuando los dos me llenaron.

El doble penetrado era una locura sensorial. Sentía cada vena, cada pulso, sus caderas chocando contra mí en sincronía perfecta. Mis paredes se contraían, ordeñándolos, mientras sus manos me amasaban las nalgas, pellizcando suave. Olores intensos: semen próximo, mi jugo chorreando por las piernas, sudor puro macho. "¡Más fuerte, weyes!", exigí, y obedecieron, la cama golpeando la pared con bam bam rítmicos.

Esto es trío en casa, nuestro secreto perfecto, pensé en medio del éxtasis, el mundo reduciéndose a sus cuerpos en mí.

La tensión crecía, espiral ascendente. Marco me besaba, tragándose mis gritos, mientras Luis me jalaba el pelo suave, dominante pero cariñoso. Sentí el orgasmo venir como volcán, erupcionando desde el clítoris hasta el alma. Grité su nombre, el de los dos, cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando sus pelvis. Ellos no pararon, prolongando mi placer hasta que me vine dos veces más, piernas temblando como gelatina.

Finalmente, Marco salió y se corrió en mi boca, leche espesa y caliente que tragué ansiosa, lamiendo cada gota. Luis me siguió, eyaculando dentro de mi culo con un rugido gutural, su calor llenándome hasta rebosar. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco.

Nos quedamos así, en la cama revuelta, con el ventilador zumbando suave y el olor a sexo impregnando las sábanas. Marco me acarició el pelo, "Te amo, mi reina", susurró. Luis, del otro lado, besó mi hombro, "Neta, lo mejor que he vivido". Sonreí, satisfecha hasta los huesos, el cuerpo pesado de placer residual.

Al amanecer, con café humeante en la cocina –mismo lugar donde todo empezó–, platicamos bajito de lo chingón que había sido. No hubo celos, solo risas y promesas de repetir. Trío en casa, nuestro ritual privado, fortaleciendo lo nuestro con un toque de fuego extra. La vida en México sabe a esto: pasión sin límites, entre adultos que se quieren y se desean de verdad.

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