Tria Iuris Praecepta del Placer
El calor de la Ciudad de México se colaba por las ventanas de mi oficina en Polanco, ese bochorno pegajoso que hace que la piel se sienta viva, lista para todo. Yo, Sofía, abogada de treinta y tantos, con mi falda lápiz ajustada y blusa de seda que rozaba mis pezones con cada movimiento, revisaba unos papeles romanos cuando él entró. Alejandro, mi nuevo cliente, un tipo alto, moreno, con ojos que prometían travesuras y una sonrisa que derretía el hielo de cualquier contrato. Vestía traje impecable, pero su camisa desabotonada dejaba ver un pecho firme, oliendo a colonia fresca con un toque de sudor masculino que me hizo apretar las piernas.
Qué chido, pensé, este wey me va a complicar la vida... o hacerla interesante.
—Doctora Sofía, gracias por recibirme tan rápido —dijo con voz grave, sentándose frente a mí, sus rodillas casi rozando las mías bajo el escritorio de caoba.
Le expliqué el caso, un litigio civil con raíces en el derecho romano, y ahí salió: tria iuris praecepta. Los tres preceptos del ius: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere. Vivir honestamente, no dañar al otro, dar a cada uno lo suyo. Sus ojos se iluminaron mientras yo hablaba, y noté cómo su mirada bajaba a mis labios, luego a mi escote.
—Esos tria iuris praecepta son la base de todo, ¿no? —murmuró, inclinándose—. Imagínese aplicarlos... en la vida real.
El aire se cargó de electricidad. Mi pulso se aceleró, el sonido de su respiración pesada mezclándose con el tráfico lejano. Olía a su excitación sutil, ese almizcle que me humedecía entre las piernas. Terminamos la reunión con un roce accidental de manos que duró segundos de más. Lo invité a cenar esa noche en mi depa, "para afinar detalles". Neta, quería afinar otra cosa.
Mi penthouse en Reforma era perfecto: luces tenues, velas de vainilla encendidas, tequila reposado en copas de cristal y mariachi suave de fondo en el Spotify. Llegó con una botella de mezcal artesanal, su camisa arremangada mostrando antebrazos fuertes. Cenamos enchiladas suizas que preparé yo misma, el picor del chile despertando sabores en mi boca, mientras charlábamos de leyes y deseos reprimidos.
—Cuéntame, Sofía, ¿sigues esos tria iuris praecepta en tu vida personal? —preguntó, su pie rozando el mío bajo la mesa de vidrio.
¡Ay, cabrón!, grité en mi mente. Este pendejo sabe lo que hace.
Me levanté, sintiendo el roce de la tela en mi piel erizada, y lo jalé hacia el sofá de piel italiana. —Primero: honeste vivere. Vivir honestamente. No más juegos, Alejandro. Te deseo desde que entraste. Quiero que me beses hasta que olvide mi nombre.
Sus labios cayeron sobre los míos como lluvia caliente en el desierto. Sabían a tequila ahumado y sal de su piel, su lengua explorando mi boca con hambre contenida. Mis manos en su nuca, cabello corto y áspero bajo mis dedos, mientras él me apretaba la cintura, sus pulgares trazando círculos en mi espalda baja. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la habitación, mezclado con el zumbido del aire acondicionado. Olía a nuestro arousal: mi perfume floral y su sudor viril.
Lo empujé suave contra el sofá, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando contra mi panocha a través de la ropa, ese latido insistente que me hacía gemir bajito. —Segundo precepto: alterum non laedere. No dañar al otro. Tóquame despacio, hazme sentir cada centímetro.
Sus manos grandes subieron por mis muslos, levantando la falda, dedos callosos rozando la seda de mis panties. Me las quitó con delicadeza, el aire fresco besando mi humedad expuesta. Jadeé cuando su boca encontró mi cuello, chupando suave, dejando marcas rojas que dolían rico. Bajó a mis tetas, liberándolas de la blusa, pezones duros como piedras bajo su lengua húmeda. Sí, wey, así, no pares, pensé, arqueándome mientras él lamía, mordisqueaba sin lastimar, solo placer puro.
El calor subía, mi concha palpitando, jugos resbalando por mis piernas. Lo desvestí, su pecho ancho y velludo oliendo a hombre puro, pezones oscuros que besé, saboreando el salado de su piel. Bajé la cremallera, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum que lamí con la punta de la lengua. Deliciosa, con sabor a sexo inminente.
—Tercero: suum cuique tribuere —susurré contra su oído, mi aliento caliente haciéndolo temblar—. Dar a cada uno lo suyo. Yo te doy mi cuerpo, tú me das el tuyo.
Lo guié dentro de mí, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras él llenaba mi interior con un gruñido animal. Cabalgamos lento al principio, piel contra piel resbalosa de sudor, el slap-slap de nuestros cuerpos uniéndose como música erótica. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, dedos rozando mi ano sin entrar, solo prometiendo más.
La tensión crecía como tormenta en el DF: mis paredes internas apretándolo, su verga golpeando mi punto G con cada embestida. Sudor perlando su frente, goteando en mis tetas, que él lamía. Olía a sexo crudo, a panocha mojada y verga palpitante. No aguanto, me vengo, pensé, pero resistí, queriendo prolongar.
Cambié posiciones, él encima, mis piernas en sus hombros, penetrándome profundo. Cada thrust era un precepto vivo: honestidad en mis gritos, no daño en su cuidado, justicia en el placer mutuo. —¡Más duro, carnal! —le pedí, uñas clavándose en su espalda sin romper piel.
Sus bolas golpeaban mi culo, el sonido obsceno y adictivo. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago, explotando en temblores que me dejaron muda, solo jadeos roncos. Él siguió, gruñendo mi nombre, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su peso colapsando sobre mí en éxtasis compartido.
Nos quedamos así, enredados, piel pegajosa enfriándose, corazones latiendo al unísono. El aroma de semen y jugos mezclados flotaba, mezclado con el mezcal olvidado. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.
—Esos tria iuris praecepta... los vivimos, ¿verdad? —murmuró, acariciando mi cabello revuelto.
Sonreí, mi mano en su pecho, sintiendo su pulso calmarse. —Neta, Alejandro. Honestidad en el deseo, respeto en el toque, y placer merecido para los dos. Qué chingón.
La noche se extendió en rondas más lentas, explorando cuerpos como contratos perfectos. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que esto era más que un caso. Era justicia carnal, los tres preceptos grabados en mi piel, en mi alma. Y qué rico saber que volvería por más.