Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Pasión Ardiente Antes del Próximo Partido del Tri Pasión Ardiente Antes del Próximo Partido del Tri

Pasión Ardiente Antes del Próximo Partido del Tri

9218 palabras

Pasión Ardiente Antes del Próximo Partido del Tri

El sol del atardecer se colaba por las cortinas del departamento en la colonia Roma, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que la piel de ella brillara como miel fresca. Se llamaba Karla, una chilanga de veintiocho años con curvas que volvían loco a cualquiera, y esa tarde estaba recostada en el sofá, con la playera del Tri ajustada al cuerpo, los shorts de mezclilla subidos lo justo para mostrar sus muslos firmes. El aire olía a limón y cilantro de la salsa que había preparado para los tacos, y el sonido distante de los cláxones en Insurgentes se mezclaba con el murmullo del televisor, donde pasaban las previas del próximo partido del Tri.

Órale, este partido va a estar chingón, pensó Karla, mordiéndose el labio inferior mientras imaginaba el estadio rugiendo, el sudor de los jugadores, esa energía que la ponía cardíaca.

Alejandro entró de la cocina con dos chelas frías en la mano, su camiseta verde con el escudo del Tri pegada al pecho musculoso por el calor de la tarde. Era su carnal, su novio desde la uni, un wey alto y moreno de treinta, con esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba. Le pasó una cerveza y se sentó a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaron, enviando una chispa eléctrica por la piel de ella.

¿Ya viste las alineaciones, nena? —dijo él, su voz grave como un rugido suave, mientras ponía el brazo en el respaldo del sofá, rozando su hombro desnudo—. Este próximo partido del Tri nos va a dejar sin uñas. México contra Argentina, ¡pinche revancha!

Karla giró la cabeza, oliendo su colonia mezclada con el sudor ligero de su piel, ese aroma macho que la hacía apretar las piernas. Sus ojos se clavaron en los de él, oscuros y llenos de fuego.

Simón, carnal. Pero yo digo que hoy nos ponemos la camiseta primero... aquí en casa —susurró ella, con esa voz ronca que usaba cuando el deseo empezaba a bullir.

Él rio bajito, un sonido que vibró en el pecho de Karla como un tambor. Apagó el tele con el control y se inclinó, su aliento cálido contra su oreja.

¿Quieres calentar motores antes del próximo partido del Tri?

La tensión creció como la hinchada en el Azteca. Karla sintió su pulso acelerarse, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas mientras las manos de Alejandro bajaban por su brazo, ásperas por el trabajo en la constructora, pero tiernas al tocarla. Ella se giró, montándose a horcajadas sobre él, el sofá crujiendo bajo su peso. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a cerveza y sal de los cacahuates que habían picado antes. El beso era fuego, húmedo y profundo, y ella gimió bajito cuando él mordió su labio inferior, tirando suave para hacerla jadear.

Chingado, cómo me prende este wey, pensó ella, mientras sus caderas se movían instintivamente contra las de él, sintiendo la dureza crecer bajo el pantalón de mezclilla. El roce era delicioso, una fricción que enviaba ondas de calor desde su entrepierna hasta la nuca.

Alejandro deslizó las manos bajo la playera del Tri, subiéndola despacio, revelando su piel morena y suave, el sostén de encaje negro que contrastaba con el verde de la camiseta. Sus dedos trazaron círculos en su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con fuerza posesiva pero juguetona.

Eres mi MVP, Karla. Pinche culazo que tienes —murmuró contra su cuello, lamiendo la sal de su piel, oliendo el perfume floral que ella usaba, mezclado ahora con el almizcle de su excitación creciente.

Ella arqueó la espalda, empujando los pechos contra su cara, y él no se hizo de rogar. Bajó el sostén con los dientes, liberando sus chichis firmes, pezones duros como piedras. Los succionó con hambre, la lengua girando en espirales húmedas que la hicieron gemir más fuerte. El sonido de sus labios chupando, el pop cuando soltaba un pezón, llenaba la sala, ahogando el tráfico exterior. Karla metió las manos en su pelo revuelto, tirando suave, guiándolo mientras su cuerpo temblaba.

Se levantaron del sofá en un enredo de besos y risas, caminando tropezando hacia el cuarto. El piso de madera crujía bajo sus pies descalzos, y ella sintió el aire fresco contra su piel expuesta cuando él le quitó la playera por completo. En la cama king size, con sábanas blancas revueltas de la mañana, él la tumbó boca arriba, besando un camino desde su ombligo hasta el borde de los shorts.

Quítatelos, amor. Quiero verte toda —pidió ella, voz entrecortada, las manos temblando de anticipación.

Él obedeció, desabrochando el botón con lentitud tortuosa, bajando la cremallera con un ziiip que resonó en el silencio del cuarto. Los shorts cayeron, revelando su tanga negra empapada, el olor a su excitación flotando en el aire como una promesa. Alejandro se arrodilló entre sus piernas, inhalando profundo.

Hueles a paraíso, nena. Pinche panocha rica.

Sus dedos apartaron la tela, y su lengua la encontró, plana y caliente, lamiendo desde el clítoris hasta la entrada, saboreando su dulzor salado. Karla gritó, las caderas elevándose, las uñas clavándose en las sábanas. Él lamía con maestría, círculos rápidos en el botón hinchado, luego succionando suave, introduciendo un dedo grueso que curvaba justo ahí, en su punto G. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con sus gemidos ahogados.

No aguanto más, pinche experto en mi cuerpo, jadeó en su mente, mientras olas de placer la recorrían, el sudor perlando su frente.

Pero ella quería más, quería igualar el marcador. Lo empujó hacia arriba, volteándolo con fuerza juguetona.

Mi turno, wey. Sácala.

La intensidad subió como el minuto noventa en un partido empatado. Karla desabrochó su cinturón, el cuero chasqueando, y bajó el pantalón junto con los bóxers, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo su palma. La miró a los ojos mientras lamía la punta, saboreando la gota salada de precum, luego engulléndola profunda, la garganta relajada por práctica. Alejandro gruñó, las caderas empujando instintivo, pero ella controlaba el ritmo, chupando con succiones fuertes, la lengua girando en la base mientras una mano masajeaba sus huevos pesados.

¡Chingada madre, Karla! Vas a hacer que me corra ya —gimió él, voz ronca, las manos enredadas en su pelo.

Ella se detuvo justo a tiempo, sonriendo con picardía, y trepó sobre él. Se posicionó, frotando su humedad contra su longitud, lubricándolos a ambos. Luego descendió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, llenándola por completo. El estirón era exquisito, una quemazón placentera que se convertía en éxtasis puro.

Empezaron a moverse, ella cabalgando con ritmo creciente, pechos rebotando, sudor escurriendo entre sus cuerpos. Él la sujetaba por las caderas, embistiendo hacia arriba, piel contra piel en palmadas rítmicas que resonaban como aplausos en el estadio. El olor a sexo impregnaba el cuarto, almizcle y sudor, sus jadeos mezclándose en un coro primitivo.

Siente cada vena, cada pulso... es mío, todo mío, pensó ella, inclinándose para besarlo, mordiendo su hombro mientras aceleraba, el clímax acercándose como un gol en tiempo añadido.

Alejandro la volteó sin salir, poniéndola a cuatro patas, el colchón hundiéndose. Entró de nuevo, profundo y fuerte, una mano en su clítoris frotando en círculos, la otra enredada en su pelo tirando suave para arquearla. Cada embestida golpeaba justo ahí, haciendo que sus paredes se contrajeran, el placer acumulándose en una espiral inminente.

¡Córrete conmigo, amor! ¡Ahora! —rugió él.

El orgasmo la golpeó como un penalazo, un estallido blanco que la dejó temblando, gritando su nombre mientras chorros de placer la inundaban. Él la siguió segundos después, gruñendo profundo, llenándola con calor pulsante, su cuerpo colapsando sobre el de ella en un enredo sudoroso.

Se quedaron así un rato, respiraciones agitadas calmándose, el corazón de él latiendo contra su espalda como un tambor de guerra. Alejandro se salió despacio, un chorrito cálido escurriendo por su muslo, y rodaron de lado, abrazados. Él besó su frente, suave ahora, tierno.

Eres lo máximo, Karla. Mejor que cualquier victoria del Tri —susurró, riendo bajito.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo, oliendo su piel salada, sintiendo la paz post-orgasmo como una manta tibia.

Pero el próximo partido del Tri... eso sí va a estar cabrón. Vamos a verlo juntos, ¿va? Con más tacos y chelas.

Encendieron el tele de nuevo, acurrucados desnudos bajo una sábana ligera, las previas del partido llenando la pantalla. La pasión del fútbol y la suya propia se entrelazaban, dejando un eco de promesas calientes para la noche del juego. Karla cerró los ojos, satisfecha, sabiendo que con él, cada día era un triunfo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.