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Intento Todo el Tiempo en Esta Institución

7376 palabras

Intento Todo el Tiempo en Esta Institución

El convento de Santa María de la Luz se erguía imponente en las colinas de Querétaro, con sus muros de cantera blanca que olían a tierra húmeda después de la lluvia. Yo, hermana Ana, llevaba dos años aquí, intentando todo el tiempo en esta institución mantener mi voto de castidad. Cada mañana, el tañido de la campana me despertaba con su eco metálico, vibrando en mis huesos como un recordatorio de la disciplina. El aire estaba cargado del aroma dulce del copal quemándose en la capilla, mezclado con el jabón de lavanda que usábamos para los hábitos. Mis pies descalzos pisaban el piso frío de losa, y sentía el roce áspero de la tela contra mi piel, un constante susurro de negación.

Pero en las noches, cuando las hermanas dormían, mi mente divagaba.

¿Por qué Dios me hace sentir este calor en el vientre? ¿Este pulso traicionero entre mis piernas?
Intentaba rezar, unir mis manos en oración, pero el deseo era como una serpiente resbaladiza, enroscándose en mis pensamientos. Todo cambió cuando llegó hermana María, de Guadalajara. Alta, con piel morena como el chocolate amargo y ojos negros que brillaban como obsidianas bajo el sol. Su voz era ronca, con ese acento chilango juguetón que decía "órale" en las confesiones, haciendo que mi corazón latiera desbocado.

La primera vez que la vi de cerca fue en el huerto. El sol del mediodía caía a plomo, haciendo que el sudor perlase su cuello. Yo podaba las rosas, mis guantes de algodón empapados, cuando ella se acercó con una canasta de jitomates maduros. "Hermana Ana, ¿me ayudas con estos? Están bien jugosos, ¿ves?" dijo, partiéndolo uno en dos. El jugo rojo chorreó por sus dedos, y sin pensarlo, lamí el exceso de mi mano. Sus ojos se clavaron en mis labios, y sentí un cosquilleo eléctrico subir por mi espina dorsal. El olor a tierra fértil y a su piel salada me invadió, dulce como el mezcal prohibido.

Desde ese día, la tensión creció como la hiedra en los muros. En el refectorio, nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa larga de madera pulida. El sonido de las cucharas contra los platos de barro era hipnótico, pero yo solo oía su respiración entrecortada. Intento todo el tiempo en esta institución ignorar cómo su hábito se pega a sus curvas cuando lava los trastes, el agua salpicando y haciendo translúcida la tela sobre sus pechos. Por las noches, en el dormitorio común, la vela parpadeaba sombras danzantes en las paredes encaladas. Yo fingía dormir, pero escuchaba su suspiro ahogado, imaginando sus manos explorando bajo las sábanas.

Una madrugada, durante la vigilia, nos quedamos solas en la capilla. El incienso flotaba espeso, nublando el aire, y las velas goteaban cera caliente sobre el altar. "Ana, ¿tú también sientes esto? Esta... hambre que no se sacia con pan y vino." Sus palabras fueron un susurro ronco, su aliento cálido contra mi oreja. Mi pulso se aceleró, ta-ta-tan como un tambor huichol. La miré, sus labios entreabiertos, húmedos por la humedad de la noche.

¡Virgen santa, qué ganas de morderlos!
Extendí la mano, temblorosa, y toqué su mejilla. Su piel era suave como el pétalo de una gardenia, cálida como un atizador al rojo.

Nos besamos allí, en el sagrado silencio roto solo por nuestros jadeos. Sus labios sabían a vino de misa y a miel silvestre, su lengua danzando con la mía en un tango prohibido. Sus manos se colaron bajo mi hábito, subiendo por mis muslos desnudos, dejando un rastro de fuego líquido. "Qué rica estás, carnala. Tan suave, tan chingona." murmuró, con esa picardía mexicana que me hacía derretir. Yo gemí bajito, el sonido rebotando en las bóvedas como un pecado glorioso. La tumbé sobre el reclinatorio de terciopelo raído, el aroma a madera vieja y cera impregnando todo.

Le quité el hábito con dedos torpes, revelando su cuerpo desnudo: pechos firmes con pezones oscuros endurecidos como chiles secos, vientre plano marcado por el sol, y entre sus piernas, un nido oscuro que olía a almizcle y deseo puro. Esto es lo que he intentado reprimir todo el tiempo en esta institución, pensé, mientras bajaba la boca a su piel. Lamí su cuello, saboreando la sal del sudor, mordisqueando suave hasta que arqueó la espalda con un "¡Ay, pinche delicia!". Mis manos exploraron sus curvas, apretando sus nalgas redondas, sintiendo los músculos tensarse bajo mis palmas.

Ella no se quedó atrás. Me despojó de mi ropa con urgencia, sus uñas raspando mi piel en deliciosas líneas rojas. "Mírate, Ana, tu concha está chorreando como tamal en salsa. ¿Quieres que te coma?" Asentí, sin voz, solo un gemido gutural. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, el aire fresco lamiendo mi humedad expuesta. Su lengua tocó mi clítoris primero como una pluma, luego voraz, chupando y lamiendo con maestría. Sentí el mundo girar: el roce húmedo y caliente, el sonido obsceno de su boca devorándome, el olor a sexo crudo mezclándose con el incienso. Mis caderas se movían solas, empujando contra su cara, mis manos enredadas en su cabello negro como la noche.

¡No pares, María, no pares, que me vengo!
grité en mi mente, mientras el orgasmo me barría como una tormenta en el desierto. Ondas de placer eléctrico desde mi centro hasta las puntas de los dedos, mi cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando su barbilla. Ella subió, sonriente, con labios brillantes, y me besó, compartiendo mi propio sabor salado y dulce.

Ahora era mi turno. La recosté, abriendo sus muslos fuertes como los de una amazona tlaxcalteca. Su panocha era hermosa, labios hinchados y rosados, brillando de anticipación. Introduje un dedo, luego dos, sintiendo su interior aterciopelado apretarme, caliente y resbaladizo. "¡Más, pendejita, métemela toda!" exigió, y obedecí, curvando los dedos para tocar ese punto que la hacía gritar. Mi boca se unió, lengua girando en su botón, aspirando suave mientras la follaba con la mano. El sabor era embriagador: tangy como tamarindo, con un toque almendrado. Sus muslos me aprisionaron la cabeza, temblando, y su clímax llegó rugiendo: "¡Me vengo, Ana, chingado, qué rico!" Su cuerpo se arqueó, chorros de placer empapando mis dedos, su aroma intensificándose hasta lo embriagador.

Nos enredamos después, piel contra piel, sudor enfriándose en la brisa nocturna que entraba por las rendijas. Sus pechos contra los míos, pezones rozándose en chispas placenteras. Acaricié su espalda, trazando la curva de su espina, mientras ella besaba mi frente. Intento todo el tiempo en esta institución ser pura, pero contigo, María, quiero ser libre. Hablamos en susurros, de sueños rotos y pasiones contenidas, riendo bajito de nuestras locuras.

Al amanecer, nos vestimos con hábitos frescos, el sol tiñendo el cielo de rosa y oro. La campana tañó de nuevo, pero ahora su sonido era una promesa, no una cadena. Caminamos al coro, manos rozándose fugazmente, el secreto latiendo en nosotras como un corazón compartido. En esta institución de paredes altas, encontré mi propio paraíso terrenal, consensual y ardiente. Y aunque siga intentando, sé que con ella, la rendición es el verdadero éxtasis.

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