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La Meningitis Triada del Deseo

7322 palabras

La Meningitis Triada del Deseo

Era una noche calurosa en mi depa de Polanco, de esas que te pegan como un bochornazo y te hacen sudar sin moverte. Yo, Alex, acababa de llegar de un día pesado en la oficina, pero el olor a jazmín del balcón y el sonido lejano de los cláxones de la Ciudad de México me decían que la noche apenas empezaba. Carla, mi morra, estaba en la cocina preparando unos tequilas con limón y sal, moviendo las caderas al ritmo de cumbia rebajada que salía del bocina. Llevábamos seis meses juntos, y cada vez que la veía con ese shortcito ajustado y la blusa escotada, sentía ese cosquilleo en el estómago que me ponía la verga dura al instante.

¿Qué chingados voy a hacer esta noche para no quedarme dormido como pendejo? pensé, mientras me quitaba la camisa y sentía el aire fresco del ventilador rozando mi piel sudorosa.

De repente, sonó el timbre. Carla gritó desde la cocina: ¡Ábrele, güey, es Lupita! Lupita, la carnala de Carla, esa chava de curvas asesinas, pelo negro largo y ojos que te desnudan con una mirada. La había visto un par de veces en fiestas, siempre coqueteando con un ay, qué rico que me volvía loco. Las dos eran como hermanas, inseparables, y siempre bromeaban con que algún día me iban a compartir. Yo lo tomaba a la ligera, pero en el fondo, pinche sueño húmedo.

—Pásale, mija —le dije abriendo la puerta, oliendo su perfume dulce, como vainilla mezclada con algo salvaje.

Lupita entró con una sonrisa pícara, vestida con un vestidito rojo que apenas cubría sus muslos bronceados. Traía una botella de mezcal en la mano. —¡Órale, carnal! ¿Listo pa' la peda? —dijo, dándome un abrazo que presionó sus tetas firmes contra mi pecho. Sentí su calor, su aliento con sabor a menta, y mi pulso se aceleró como tamborazo.

Nos sentamos en el sofá de cuero, que crujía bajo nuestro peso. Los tequilas corrían, las risas llenaban el aire, y el humo del incienso que Carla prendió flotaba como niebla sensual. Hablábamos de todo: del tráfico culero de Reforma, de los chismes de la chamba, hasta que Carla soltó la bomba.

—Oigan, ¿se acuerdan de lo que platicamos la otra vez? De la meningitis triada.

Lupita se rio, cubriéndose la boca. —¡Sí, carnala! Esa fiebre que te sube, el dolor de cabeza que te hace delirar y el cuello tieso de puro placer.

Yo parpadeé, confundido. —¿De qué vergas hablan?

Carla se acercó, su mano en mi muslo, subiendo despacio. —Es nuestro código, mi amor. La meningitis triada del deseo: el calor que te quema por dentro, la cabeza que te late como martillo por la excitación, y el cuello rígido después de tanto arquearte. ¿Quieres probarla?

Mi corazón dio un brinco. El aire se espesó, cargado de promesas. Olía a sus perfumes mezclados, a tequila y a algo más primitivo: el aroma de la piel caliente. Asentí, la boca seca. Esto va a estar chingón.

La tensión creció como tormenta. Lupita se paró primero, quitándose el vestido con un movimiento fluido, revelando lencería negra que abrazaba sus caderas anchas. Carla la siguió, sus pezones duros asomando bajo la blusa. Yo me quedé sentado, hipnotizado por el sonido de la tela deslizándose, el jadeo suave de ellas.

—Ven, güey —me dijo Lupita, jalándome del brazo. Sus dedos eran suaves, cálidos, enviando chispas por mi espina.

Nos besamos primero las tres en un enredo de labios. El sabor de Carla era dulce, como miel y tequila; el de Lupita, salado, con un toque picante. Sus lenguas danzaban, explorando bocas, cuellos, orejas. Sentía sus manos por todo mi cuerpo: Carla desabrochándome el pantalón, Lupita arañando mi espalda con uñas pintadas de rojo. Mi verga palpitaba, dura como piedra, rozando el aire fresco antes de que Carla la tomara en su mano suave.

Pinche paraíso, pensé. Sus alientos calientes en mi piel, el sudor perlando sus pechos, el gemido bajo que escapaba de sus gargantas.

Nos movimos al cuarto, la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. El colchón se hundió bajo nosotros, crujiendo rítmicamente. Empezamos lento, construyendo el fuego. Yo besaba el vientre de Carla, lamiendo el salado de su piel, mientras Lupita montaba mi cara, su panocha húmeda presionando contra mi boca. Saboreaba su néctar, dulce y almizclado, mientras ella se mecía, gimiendo ¡ay, sí, así, carnal!.

Carla se unió, chupando mis bolas con una succión que me hacía arquear la espalda. El dolor de cabeza empezaba, no de enfermedad, sino de puro éxtasis, late-late en mis sienes como un tambor. —¡Esto es la meningitis triada! —gritó Lupita entre jadeos, su voz ronca.

La fiebre nos consumía. Sudor goteaba por nuestros cuerpos, mezclándose en charcos en la sábana. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, penetrando a Carla por detrás, sintiendo su coño apretado, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo. Lupita debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga al entrar y salir. Los sonidos eran obscenos: chapoteos húmedos, piel contra piel, ¡chinga, chinga! saliendo de sus bocas.

El cuello se me ponía tieso de tanto inclinarme, besando espaldas arqueadas, mordiendo hombros. Me traen locas, pendejas calientes, pensaba Carla en voz alta, sus paredes internas contrayéndose alrededor de mí. Lupita se tocaba el clítoris, hinchado y sensible, sus dedos brillantes de jugos.

La intensidad subía. Las puse a las dos de rodillas, verga en mano, viendo cómo abrían la boca ansiosas. El olor a sexo impregnaba el cuarto, espeso, animal. Las cogí alternando: primero Carla, profundo, lento, sintiendo cada vena de mi polla rozando sus pliegues; luego Lupita, rápida, salvaje, sus nalgas rebotando contra mis caderas con palmadas que resonaban como aplausos.

¡Más fuerte, cabrón! —suplicaba Lupita, su acento norteño marcado por el placer.

El clímax se acercaba como avalancha. Mi cabeza latía, fiebre pura, el cuello rígido de tensión. Las puse una sobre la otra, tetas aplastadas, coños expuestos. Las penetré a ambas, sintiendo el calor alterno, los gemidos fusionados en un coro. Carla llegó primero, temblando, gritando ¡me vengo, me vengo!, su jugo chorreando por mis muslos. Lupita la siguió, clavándome las uñas, su cuerpo convulsionando.

Yo exploté dentro de Lupita, chorros calientes llenándola, mientras Carla lamía el exceso. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en oídos, sudor cegándome los ojos.

Nos derrumbamos, un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire olía a semen, sudor y satisfacción. Acaricié sus cabellos húmedos, besé frentes perladas.

—Esa fue la meningitis triada perfecta —murmuró Carla, su voz somnolienta, mano en mi pecho.

Lupita rio bajito. —Y apenas es la primera de muchas, güeyes.

Me quedé ahí, sintiendo sus corazones latiendo contra el mío, el afterglow envolviéndonos como manta tibia. Pinche vida chida, pensé, mientras el sueño nos llevaba, con la promesa de más fiebres por venir.

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