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La Triada de Cad

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La Triada de Cad

La noche en Polanco olía a jazmín y tequila reposado, con ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, lista para arder. Yo, Laura, de veintiocho años, con mi vestido negro ajustado que marcaba mis curvas como un guante, entré al antro con mi mejor amiga Valeria. Ella, con su melena negra suelta y esa sonrisa pícara que volvía locos a todos, me jaló del brazo. Órale, Lau, esta noche la armamos, me dijo al oído, su aliento cálido rozándome la oreja.

Estábamos en busca de diversión, neta, después de unas semanas de puro estrés laboral. El lugar estaba a reventar: luces neón parpadeando, reggaetón retumbando en los pechos, cuerpos moviéndose como olas en el mar. Ahí lo vi: Cad, el tipo alto, moreno, con ojos verdes que cortaban como navaja y un cuerpo esculpido que gritaba gym y disciplina. Estaba en la barra, con una camisa blanca entreabierta mostrando un pecho tatuado con un águila mexicana. Nos miró, y su sonrisa fue como un imán. ¿Triada de Cad? Nosotras nos reímos cuando nos lo presentó así, como si fuera su apodo legendario en las noches de la ciudad. La triada de Cad, dijo él, guiñando, dos diosas y un rey, ¿se atreven?

El corazón me latió fuerte, un cosquilleo subiendo por mis muslos. Valeria y yo nos miramos, esa complicidad de años que no necesitaba palabras. Habíamos platicado de fantasías, de cómo sería compartir con un tercero, pero siempre en abstracto. Cad nos invitó unos shots de tequila, el líquido quemándonos la garganta, sabor ahumado y dulce que se extendía por el cuerpo como fuego lento. Bailamos los tres, sus manos en mi cintura, las de ella en su cuello, yo rozando su paquete duro contra mi nalga. El sudor nos unía, olor a piel caliente y perfume caro mezclándose en el aire denso.

¡No mames, esto se siente demasiado chido! ¿De veras vamos a hacerlo? Mi panocha ya está palpitando, húmeda solo de imaginarlo.

Salimos del antro en su camioneta, riendo como pendejos, el viento de la noche refrescando nuestras caras sonrojadas. Cad manejaba hacia su penthouse en Reforma, luces de la ciudad pasando como estrellas fugaces. Valeria iba atrás, besándome el cuello, sus labios suaves y jugosos, mientras Cad nos echaba miradas por el retrovisor. La triada de Cad está completa, murmuró él, su voz grave vibrando en mi pecho.

Acto segundo: la puerta del penthouse se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a nosotros tres. El lugar era puro lujo: ventanales con vista al Ángel, sillones de piel blanca, velas encendidas que llenaban el aire de vainilla y sándalo. Cad nos sirvió champagne, burbujas crepitando en las copas, sabor fresco y afrutado en la lengua. Nos sentamos en el sofá, yo en medio, sus cuerpos presionando los míos. Sus manos empezaron el juego: la de Cad subiendo por mi muslo, áspera pero tierna, rozando el encaje de mis panties. Valeria desabrochó mi vestido, exponiendo mis chichis firmes, pezones ya duros como piedras.

Qué ricas están, dijo ella, inclinándose para lamer uno, su lengua caliente y húmeda girando despacio, enviando chispas directo a mi clítoris. Gemí bajito, el sonido ahogado en mi garganta. Cad me besó, su boca exigente, barba raspándome la piel, sabor a tequila y hombre. Mis manos exploraban: bajé el zipper de sus pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante en mi palma. Chúpala, reina, me ordenó suave, y obedecí, arrodillándome. El olor almizclado de su excitación me invadió, salado y adictivo al pasar la lengua por la cabeza, chupando hondo mientras Valeria me quitaba las panties, sus dedos abriendo mis labios húmedos.

La tensión crecía como tormenta: yo mamándolo con hambre, saliva goteando por su tronco, él gimiendo ronco ¡Así, pinche buena mamada!. Valeria metió dos dedos en mi panocha, curvándolos contra mi punto G, el squish húmedo audible sobre la música suave de fondo. Mi cuerpo temblaba, jugos chorreando por sus manos. Cambiamos: Cad me levantó como pluma, llevándome a la cama king size, sábanas de satén negro frías contra mi espalda ardiente. Valeria se desnudó, su culazo redondo brillando bajo la luz tenue, pezones oscuros erectos. Se subió a mi cara, su concha depilada rozando mis labios, sabor dulce y salado explotando en mi boca mientras la lamía con devoción, lengua hundiéndose en sus pliegues resbalosos.

¡Dios, qué delicia! Su clítoris hinchado bajo mi lengua, sus caderas moliendo contra mí, y Cad mirándonos como lobo hambriento. Esto es la pura gloria.

Cad se posicionó detrás de Valeria, escupiendo en su verga para lubricar, y la penetró despacio. Ella gritó de placer, ¡Métemela toda, cabrón!, su voz rompiéndose. Yo sentía cada embestida a través de su cuerpo, vibraciones en mi lengua. Luego me volteó a mí, cuatro patas, su verga entrando en mi panocha como pistón caliente, estirándome delicioso, bolas golpeando mi clítoris. Valeria debajo, chupándome las chichis, mordisqueando suave. El slap slap de piel contra piel, gemidos mezclándose en un coro sucio y perfecto, sudor goteando, olor a sexo puro impregnando la habitación.

La intensidad subía: Cad saliendo de mí para entrar en ella, luego de vuelta, compartiéndonos como en un ritual antiguo. La triada de Cad, jadeaba él entre thrusts, perfecta, neta perfecta. Mis paredes se contraían, orgasmo construyéndose como ola gigante. Valeria se corrió primero, chillando, jugos salpicando mi cara. Yo seguí, explosión cegadora, piernas temblando, gritando ¡Me vengo, chingado!. Cad nos jaló juntas, verga entre nuestras bocas abiertas, leche caliente saliendo en chorros espesos, sabor amargo y cremoso que tragamos ansiosas, lamiendo los restos.

Acto final: colapsamos en la cama, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y jadeos calmándose. El aire olía a corrida, sudor y satisfacción. Cad nos abrazó, besos suaves en frentes, Fue épico, mis reinas. Valeria y yo nos miramos, sonrisas bobaliconas, manos entrelazadas sobre su pecho. Afuera, la ciudad dormía, pero nosotros flotábamos en afterglow, pulsos sincronizados latiendo lento.

Nunca olvidaré esta noche. La triada de Cad no fue solo sexo, fue conexión pura, empoderamiento en cada roce. ¿Repetimos? ¡Claro que sí, wey!

Nos quedamos dormidos así, envueltos en sábanas revueltas, el amanecer filtrándose rosado por las cortinas, prometiendo más aventuras en esta vida chingona.

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