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Angel Trias Alvarez El Angel del Placer Prohibido

5982 palabras

Angel Trias Alvarez El Angel del Placer Prohibido

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa. Yo, Valeria, acababa de entrar al bar rooftop de un hotel chido, con luces neón parpadeando sobre la ciudad que no duerme. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa, el aire rozándome las piernas desnudas cada vez que caminaba. El olor a tequila reposado y jazmín flotaba en el ambiente, mezclado con el sudor sutil de cuerpos bailando al ritmo de cumbia rebajada.

Ahí lo vi por primera vez. Angel Trias Alvarez, se llamaba, o eso me dijo después. Estaba recargado en la barandilla, con una camisa blanca entreabierta que dejaba ver el brillo de su pecho moreno bajo la luna. Alto, con ojos negros que parecían devorar todo a su paso, y una sonrisa pícara que me erizó la piel. “¿Qué hace una morra como tú sola en un lugar como este?”, me soltó cuando me acerqué por un trago, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. “Buscando problemas, güey. ¿Y tú?”. Nos pusimos a platicar como si nos conociéramos de toda la vida. Él era de Guadalajara, empresario de esas que viajan en jet privado, pero con un acento tapatío que sonaba como miel caliente. Hablaba de viajes a la Riviera Maya, de playas donde el agua es más turquesa que el cielo, y yo le contaba de mis locuras en la Condesa. Cada palabra suya olía a colonia cara, a hombre que sabe lo que quiere.

El deseo empezó como una chispa. Sus dedos rozaron mi mano al pasarme el shot de tequila, y juro que sentí electricidad subiendo por mi brazo. ¿Qué chingados me pasa con este vato?, pensé, mientras el líquido ardía en mi garganta, calentándome por dentro. Bailamos después, sus caderas pegadas a las mías, el sudor de su cuello mezclándose con mi perfume. Su aliento en mi oreja: “Valeria, me traes loco”. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano.

La tensión crecía con cada roce. Bajamos del rooftop en el elevador privado, solos. El espejo reflejaba nuestras siluetas entrelazadas, su mano en mi cintura apretando justo lo necesario. “No sé si aguantar hasta la habitación”, murmuró, y yo, con la piel ardiendo, le respondí: “¿Quién dijo que hay que esperar, pendejo?”. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando como en una fiesta de pueblo. Sabía a tequila y a algo más prohibido, más dulce.

En mi cabeza, un torbellino: Este Angel Trias Alvarez es peligro puro, pero qué rico peligro. Quiero sentirlo todo, cada centímetro.

Acto dos, y la habitación era un paraíso de sábanas de hilo egipcio y vistas al skyline. Nos quitamos la ropa con urgencia, pero él se tomó su tiempo, besando mi cuello mientras sus manos exploraban mis curvas. “Eres una chulada, Valeria”, gruñó, su voz ronca enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Yo le arañé la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, el olor de su piel –salado, masculino– invadiendo mis sentidos.

Me tumbó en la cama con gentileza, pero sus ojos ardían. Bajó por mi cuerpo, lamiendo mis pechos hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Sus labios en mi ombligo, luego más abajo, donde el calor ya era insoportable. “Déjame probarte”, susurró, y cuando su lengua tocó mi clítoris, vi estrellas. Era experto, chingón, alternando succiones suaves con lamidas firmas que me hacían arquear la espalda. Mis manos en su cabello negro, tirando, mientras el aroma de mi propia excitación llenaba la habitación, mezclado con su sudor.

Pero no era solo físico. En mi mente, luchaba: Esto es solo una noche, ¿verdad? No te enamores, tonta. Pero joder, se siente tan bien, tan correcto. Él se incorporó, su verga dura rozándome el muslo, gruesa y palpitante. “¿Quieres esto?”, preguntó, siempre atento, siempre respetuoso. “Sí, Angel Trias Alvarez, te quiero adentro ya”, le rogué, mis caderas moviéndose solas.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, el roce de su piel contra la mía, sus gemidos en mi oído como música. Empezamos lento, ritmos sincronizados, sus embestidas profundas haciendo que mis paredes lo apretaran. “¡Qué rica estás, cabrona!”, jadeó, y yo reí entre moans: “¡Más fuerte, güey!”. Aceleramos, la cama crujiendo, piel chocando contra piel con sonidos húmedos y obscenos. Sudor goteando de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí.

La intensidad subía como volcán. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando mientras él me amasaba el culo. Sus dedos en mi clítoris, círculos perfectos, y sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante. “Ven conmigo, mi amor”, murmuró, y exploté. Grité su nombre –“¡Angel!”–, mi cuerpo convulsionando, jugos corriendo por sus bolas. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como bestia.

Acto final, el afterglow fue puro éxtasis. Yacíamos enredados, su pecho subiendo y bajando contra el mío, el corazón latiendo al unísono. El aire olía a sexo, a nosotros, con un toque de su colonia persistente. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. “Eres increíble, Valeria. No quiero que esto acabe”, confesó, trazando círculos en mi espalda.

Yo, con la cabeza en su hombro, reflexioné: Una noche que cambió todo. Angel Trias Alvarez, el ángel que cayó en mi cama y se llevó mi alma un rato. Le sonreí, saboreando el beso final. “Tal vez no acabe, chulo. Mañana vemos”. La ciudad brillaba afuera, testigo de nuestro fuego, y supe que esto era solo el principio de algo ardiente.

Nos quedamos así hasta el amanecer, cuerpos entrelazados, promesas susurradas en la penumbra. El sol entró tiñendo todo de oro, y con él, la certeza de que el placer verdadero sabe a eternidad.

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