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Trío Sorpresa para Mi Esposa

6863 palabras

Trío Sorpresa para Mi Esposa

Era una noche calurosa en la playa de Cancún, de esas que te pegan el cuerpo al alma con el olor a sal y coco flotando en el aire. Mi esposa, Karla, y yo llevábamos diez años casados, y aunque la chambeamos bien chido, la rutina nos había agarrado de las nalgas. Ella, con su piel morena que brillaba como chocolate derretido bajo la luna, sus curvas que me volvían loco desde el primer día, merecía algo especial. Por eso planeé el trío sorpresa para mi esposa, algo que la sacara de su zona de confort y nos incendiara a los tres.

Invité a Marco, un carnal mío de la uni, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que siempre le ha funcionado con las morras. Le conté el pedo por WhatsApp: "Wey, quiero armar un trío sorpresa para mi esposa, ¿le entras?" Y el cabrón dijo que sí neta, sin pensarlo dos veces. Karla no sospechaba nada. La llevé a cenar en un restaurante fancy frente al mar, con velas y mariscos frescos que sabían a paraíso. Ella reía con esa carcajada ronca que me eriza la piel, vestida con un vestido rojo ceñido que marcaba sus chichis perfectas y su culo redondo.

¿Y si no le gusta? ¿Y si se enoja y me manda a la chingada?
me decía mi cabeza mientras pagaba la cuenta. Pero vi en sus ojos ese brillo juguetón, el mismo que ponía cuando hacíamos el amor como animales en nuestra luna de miel. La llevé al hotel, una suite con jacuzzi y vista al Caribe. Al entrar, Marco ya estaba ahí, recargado en la barra con una chela en la mano, camisa desabotonada dejando ver su pecho tatuado.

¿Qué chingados pasa aquí? —preguntó Karla, con los ojos bien abiertos, pero no de coraje, sino de sorpresa pura. Su voz temblaba un poquito, y el rubor le subió por el cuello hasta las mejillas.

Me acerqué, la abracé por la cintura, sintiendo su calor contra mi cuerpo. —Mi amor, es una sorpresa. Un trío para ti, para que la pases chingón. Si no quieres, paramos en seco. —Le besé el cuello, oliendo su perfume de vainilla mezclado con el sudor ligero de la noche.

Ella miró a Marco, que se acercó despacio, como un lobo olfateando. —¿Estás en serio, pinche loco? —dijo ella, pero su mano ya me apretaba la verga por encima del pantalón. Neta, mi corazón latía como tamborazo en quinceañera.

El aire se cargó de electricidad. Marco le ofreció una copa de vino tinto, y Karla la tomó, bebiendo un sorbo que le dejó los labios brillosos. Nos sentamos en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Yo empecé besándola, lento, saboreando su boca dulce con toques de fresa del postre. Marco observaba, y sentí su mirada quemándome la espalda.

Esto va a estar de poca madre, pensé, mientras le quitaba el vestido a Karla. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras preciosas, oscuros y listos para morder. Marco se unió, besándole el hombro, y ella gimió bajito, un sonido ronco que me puso la verga como fierro. —Órale, cabrones, no paren —susurró ella, arqueando la espalda.

La tumbamos despacio. Yo le lamí las chichis, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, sintiendo su piel salada y tibia bajo mi lengua. Marco bajó por su panza, besando hasta llegar a sus muslos. El olor a su concha mojada nos invadió, ese aroma almizclado y dulce que me volvía loco. Ella abrió las piernas, temblando, y Marco metió la cara ahí, lamiéndola con ganas. —Ay, wey, qué rico —jadeó Karla, agarrándome el pelo con una mano y tocándose la otra teta.

Yo me desvestí rápido, mi verga saltando dura, venosa, goteando pre-semen. Me puse de rodillas junto a su cabeza, y ella la tomó en la boca sin chistar, chupándola profundo, su lengua girando alrededor de la cabeza como experta. El sonido de su succionar, húmedo y obsceno, se mezclaba con los lametazos de Marco abajo. Su saliva tibia me resbalaba por los huevos, y yo gemía como pendejo, viendo cómo su garganta se movía.

Pero quería más tensión. La volteamos, poniéndola a cuatro patas. Marco se quitó la ropa, su verga gruesa y larga apuntando al techo. Le puse lubricante en el culo, suave, porque Karla ama eso, y ella asintió con la cabeza, mordiéndose el labio. —Sí, métemela despacio, amor. Yo la penetré por atrás primero, sintiendo su ano apretado envolviéndome, caliente como horno. Marco se acostó debajo, y ella se montó en su verga, su concha tragándosela entera con un plop jugoso.

Pinche vista, mi esposa reventada por dos vergas, sudando, gimiendo como puta en heat
, pensé, embistiéndola lento al principio, sintiendo la delgadez de la pared que separaba su culo de su coño. El slap-slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, junto con sus gritos: —¡Más duro, cabrones! ¡Métanmela toda! El sudor nos chorreaba, oliendo a sexo puro, a testosterona y feromonas mexicanas.

La intensidad subió como volcán. Cambiamos posiciones: Karla encima de mí, cabalgándome la verga en su concha, sus jugos resbalándome por los muslos, calientes y pegajosos. Marco detrás, lubricándola otra vez para entrar en su culo. Cuando lo hizo, ella chilló de placer, un sonido gutural que vibró en mi pecho. —¡Sí, así, lléname, pinches machos! —gritaba, mientras nos movíamos en ritmo, yo empujando arriba, él abajo, rozándonos dentro de ella.

Sus tetas rebotaban en mi cara, y las chupé fuerte, mordiendo lo justo para que doliera rico. El olor de su sudor mezclado con el nuestro, salado y animal, me nublaba la mente. Sentía su pulso acelerado contra mi piel, sus uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas rojas. Marco gruñía como bestia, sus manos amasando su culo mientras la taladraba.

La tensión creció, sus gemidos volviéndose gritos ahogados. —Me vengo, me vengo, ¡no paren! —explotó ella primero, su concha contrayéndose alrededor de mi verga como puño, ordeñándome. Ese apretón me mandó al borde. Marco aceleró, y yo también, sintiendo el orgasmo subir desde los huevos como lava. Él se corrió primero, gruñendo ¡Chin!, llenándole el culo de leche caliente que se escurría. Yo seguí, descargando chorros potentes dentro de su coño, nuestro semen mezclándose en un desastre glorioso.

Colapsamos los tres, un enredo de cuerpos sudorosos y jadeantes. Karla en medio, besándonos a los dos, su piel pegajosa contra la mía, oliendo a sexo satisfecho.

Después, en el jacuzzi, con burbujas y agua tibia envolviéndonos, ella me miró con ojos brillantes. —Pinche trío sorpresa para mi esposa, el mejor regalo ever, amor. Te amo, wey. Marco sonrió, y brindamos con chelas frías. La noche terminó con risas, caricias suaves y promesas de más aventuras. Mi corazón latiendo tranquilo, sabiendo que la había hecho volar.

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