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Mazo Trio de Mosqueteras

7089 palabras

Mazo Trio de Mosqueteras

Era una noche de esas que no se olvidan en la Zona Rosa, con el aire cargado de reggaetón y olor a tequila reposado mezclado con perfumes caros. Yo, Alex, había llegado al antro disfrazado de d'Artagnan, pero sin la espada, solo con mi traje ajustado que marcaba lo que traía en los pantalones: un mazo que siempre causaba revuelo. No buscaba nada serio, solo divertirme en el Día de Muertos con temática de mosqueteros. El lugar estaba a reventar de gente con capas, sombreros emplumados y máscaras, pero de repente, las vi a ellas.

Tres morras impresionantes, todas vestidas de mosqueteras sexys: botas altas hasta los muslos, corsés que apretaban sus curvas perfectas, capas rojas ondeando y sombreros con plumas que les daban un aire de guerreras pícaras. La primera, Carla, era rubia con ojos verdes que te taladraban, chichis firmes que pedían ser tocados. La segunda, Lupita, morena chaparrita con nalgas redondas como melones maduros, y una sonrisa que gritaba travesuras. La tercera, Sofía, alta y delgada con piel canela y labios carnosos que imaginabas chupando algo grueso. Se movían juntas como un equipo, riendo y bailando pegaditas, y cuando sus miradas se cruzaron con la mía, sentí un cosquilleo en la verga que se endureció al instante.

¿Qué pedo con estas? Parecen sacadas de un sueño húmedo, pensé mientras me acercaba con una cerveza en la mano. "¡Órale, mosqueteras! ¿Todas para uno?", les grité por encima de la música. Carla se giró, me midió de arriba abajo y soltó una carcajada. "¡Simón, cabrón! Somos el trio de mosqueteras, y tú pareces el d'Artagnan con mazo incluido. ¿Te late unirte a la aventura?". Lupita me guiñó el ojo, rozando su mano en mi brazo, y Sofía se acercó tanto que olí su perfume de vainilla mezclado con sudor fresco. El corazón me latía como tambor, y el bulto en mis pantalones ya no se disimulaba.

Empezamos a platicar en una mesita apartada, shots de tequila volando. Carla contaba cómo se conocieron en la uni, inseparables como hermanas, siempre buscando diversión sin compromisos. "Nosotros tres contra el mundo, pero hoy queremos un aliado con... equipo pesado", dijo Lupita, bajito, con la mano en mi muslo. Sofía asentía, lamiéndose los labios. No mames, esto va en serio, me dije, sintiendo el calor subir por mi cuello. El roce de sus piernas contra la mía era eléctrico, y el olor de sus cuerpos –sudor dulce, loción y esa esencia femenina que enloquece– me tenía al borde.

La tensión crecía con cada shot. Bailamos en la pista, pegados los cuatro. Carla presionaba su culo contra mi mazo, gimiendo bajito al sentirlo duro como fierro. Lupita me besaba el cuello, su lengua caliente dejando rastros húmedos, mientras Sofía me metía mano por la camisa, arañando mi pecho con uñas pintadas de rojo. "Eres el mazo perfecto para nuestro trio de mosqueteras", susurró Carla en mi oreja, mordiéndome el lóbulo. El mundo se reducía a sus toques: piel suave contra la mía, respiraciones agitadas, el thump-thump de la música sincronizado con mi pulso acelerado.

"¿Nos vamos a mi depa? Está cerca, y tenemos juguetes para compartir el festín", propuso Sofía, con voz ronca de deseo.

No lo pensé dos veces. Salimos al coche de Carla, un Jeep negro con asientos de piel que olían a nuevo. En el camino, Lupita ya tenía mi verga fuera, acariciándola con manos expertas. "¡Qué mazo, carnal! Nos vas a partir a las tres", dijo riendo, mientras la saliva de su boca la hacía brillar bajo las luces de la calle. Yo conducía con una mano, la otra en el chochito de Sofía, que gemía "¡Ay, sí, métela más!" desde el asiento trasero.

Llegamos al depa en Polanco, un lugar chido con vistas al skyline y una cama king size esperándonos. Apenas cerramos la puerta, se desataron. Se quitaron las capas y corsés, revelando lencería negra que apenas cubría sus tetas perfectas y coños depilados. Yo me desvestí rápido, mi mazo saltando libre, venoso y palpitante. "¡Mira nomás ese monstruo!", exclamó Lupita, arrodillándose primero. Las tres se turnaron chupándolo: Carla profunda hasta la garganta, gargantas ahogadas y saliva chorreando; Sofía lamiendo las bolas con lengua juguetona; Lupita succionando la cabeza como si fuera un pirulí.

El sabor salado de mi piel en sus bocas, el sonido de succiones húmedas y gemidos ahogados llenaba la habitación. Olía a sexo puro: fluidos, sudor, excitación. Las subí a la cama, besándolas una por una. Besos salvajes, lenguas enredadas, mordidas suaves. Estas morras son puro fuego, me van a exprimir hasta la última gota, pensé mientras metía dos dedos en el coño de Carla, que estaba empapada, chorreando jugos calientes.

Empecé con Carla a cuatro patas, embistiéndola lento al principio. Su concha apretada me tragaba entero, paredes pulsantes masajeando mi mazo. "¡Chíngame duro, d'Artagnan!", rogaba ella, nalgas rebotando contra mi pelvis con palmadas sonoras. Lupita y Sofía se besaban encima, chichis rozándose, dedos en coños mutuos. El cuarto era un coro de "¡Ay, cabrón!", "¡Más profundo!", respiraciones jadeantes y pieles chocando.

Cambié a Lupita, que se montó encima como vaquera experta, cabalgando con caderas giratorias que me volvían loco. Sus chichis saltaban, pezones duros rozando mi pecho. Sofía se sentó en mi cara, su coño dulce y jugoso ahogándome en néctar. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su salado almizcle, mientras ella se retorcía gimiendo. Carla lamía mis bolas desde abajo, lengua caliente y húmeda.

La intensidad subía como volcán. Sudor nos pegaba, cuerpos resbalosos entrelazados. Siento sus almas conectadas conmigo, puro placer compartido, reflexionaba en medio del éxtasis. Sofía se corrió primero, chorros calientes en mi boca, cuerpo temblando. "¡Me vengo, no pares!", gritó. Lupita la siguió, concha contrayéndose alrededor de mi verga, ordeñándome. Finalmente, embestí a Carla de lado, las tres apiladas, hasta que no aguanté más. "¡Me corro, pinches mosqueteras!", rugí, sacándola y explotando chorros blancos sobre sus tetas y caras sonrientes.

Caímos exhaustos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones calmándose. El aire olía a semen, coños satisfechos y paz post-orgásmica. Carla me besó suave. "Eres el mazo ideal para nuestro trio de mosqueteras, carnal. Vuelve cuando quieras". Lupita y Sofía asintieron, acurrucadas. Nos quedamos así, charlando pendejadas, riendo, sabiendo que esa noche había forjado un lazo de puro gozo compartido.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me vestí con una sonrisa tonta. Ellas dormían como ángeles pícaros, cuerpos desnudos brillando. Qué noche chingona, un mazo trio de mosqueteras inolvidable. Salí a la calle, el corazón lleno, listo para más aventuras en esta ciudad que nunca duerme.

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