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La Pasión del Tri Banda

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La Pasión del Tri Banda

La música retumbaba en la playa de Puerto Vallarta, con el sol ya escondido y las luces de neón bailando sobre las olas. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las parrilladas y el dulce aroma de la piña colada que sostenía en mi mano. Yo, Ana, una chava de veintiocho años que había venido a desconectarse del caos de la Ciudad de México, me sentía viva por primera vez en meses. La banda tocaba con todo, trompetas chillando, clarinetes gimiendo como amantes desesperados, y el bajo marcando un ritmo que me hacía mover las caderas sin poder evitarlo.

Qué chido está esto, pensé mientras sorbía mi trago, el ron quemándome la garganta con un calor que bajaba directo al estómago. La multitud gritaba, bailaba, sudaba junta. Entonces los vi: los tres carnales de El Tri Banda. No eran los músicos corrientes; estos weyes eran puro fuego. El líder, Marco, con su camisa abierta dejando ver un pecho tatuado que brillaba bajo el sudor; al lado, Luis, el trompetista de ojos negros que prometían pecados; y Diego, el clarinetista, con una sonrisa pícara que me erizaba la piel. Tocaban como dioses, y cuando sus miradas se cruzaron con la mía, sentí un cosquilleo entre las piernas que no era del viento marino.

Terminaron su set con un corrido ranchero que aceleró mi pulso. Bajaron del escenario, rodeados de fans, pero Marco me guiñó el ojo directo.

"¡Ey, morra! ¿Vienes a celebrar con nosotros o qué?", gritó Luis por encima del ruido, su voz ronca como el viento en la sierra.
Me acerqué, riendo, el corazón latiéndome en los oídos. Hablamos de la música, de cómo El Tri Banda mezclaba el alma norteña con beats que te ponían la piel de gallina. Diego me pasó un shot de tequila, sus dedos rozando los míos, ásperos por las cuerdas pero suaves en la promesa. Olían a colonia barata y sudor fresco, un olor que me mareaba más que el alcohol.

La fiesta siguió, pero ellos me invitaron a su rincón privado, una cabaña con vista al mar, iluminada por antorchas que parpadeaban como estrellas caídas. ¿Qué chingados estoy haciendo? me dije, pero mis pies me llevaron sola. Adentro, el aire era más denso, cargado de jazmín y el leve aroma a maría que flotaba, aunque nadie fumaba. Nos sentamos en cojines mullidos, el suelo de madera crujiendo bajo nosotros. Marco puso música suave de El Tri Banda, un tema inédito que sonaba como un susurro erótico.

"Estás bien rica, Ana", murmuró Diego, su aliento caliente en mi cuello mientras me sentaba entre ellos. Luis me tomó la mano, trazando círculos en mi palma con el pulgar. Su piel es fuego, pensé, y dejé que el deseo me invadiera. No había prisa; era como un baile lento. Marco se acercó por el otro lado, sus labios rozando mi oreja. "Déjanos cuidarte esta noche, ¿sale?". Asentí, empoderada, dueña de mi cuerpo. Besé a Luis primero, su boca sabía a tequila y menta, lengua juguetona explorando la mía con hambre contenida. Diego besaba mi cuello, mordisqueando suave, enviando chispas por mi espina.

Las manos de Marco subieron por mis muslos, bajo la falda ligera, tocando la piel sensible detrás de las rodillas. Gemí bajito, el sonido ahogado por el beso de Luis. Me quitaron la blusa con cuidado, como desenvolviendo un regalo. Mis pechos se liberaron al aire fresco, pezones endureciéndose al instante. El Tri Banda me adoraba con las miradas, con toques reverentes. "Eres nuestra diosa", dijo Marco, lamiendo un pezón mientras Diego chupaba el otro. El placer era eléctrico, oleadas que me mojaban entre las piernas.

Me recostaron en los cojines, el olor a madera vieja y sal impregnando todo. Luis bajó mi tanga despacio, besando el camino por mi vientre. Siento su aliento ahí, caliente, prometiendo. Marco y Diego se desvistieron, sus cuerpos duros por el gym y las giras, músculos flexionándose bajo la luz ámbar. Pollas erectas, gruesas, palpitantes, listas para mí. No había celos entre ellos; era un equipo perfecto, como en el escenario.

Luis me abrió las piernas, su lengua encontrando mi clítoris hinchado. Gruñí, arqueándome, el sabor salado de mi propia excitación en el aire. Marco me besaba profundo, Diego masajeando mis tetas, pellizcando justo lo necesario. El ritmo crecía, como un solo de trombón: lento, luego furioso. Introduje la mano en Luis, guiándolo, "Más adentro, wey", jadeé. Él obedeció, dedos curvándose en mi punto G, lengua girando sin piedad.

No puedo más, voy a explotar. Pero esperaron, torturándome delicioso. Cambiaron posiciones; Diego se colocó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada húmeda. "Dime si quieres", susurró. "¡Sí, chingá dame!", respondí, empoderada en mi lujuria. Entró lento, llenándome centímetro a centímetro, grueso y caliente. Gemí alto, uñas clavándose en su espalda. Marco se arrodilló frente a mi cara, ofreciéndome su miembro. Lo tomé en la boca, saboreando el precum salado, chupando con ganas mientras Diego me embestía rítmico, pelotas golpeando mi culo.

Luis observaba, masturbándose lento, ojos fijos en nosotros. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, deseo crudo. Diego aceleró, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. "¡Me vengo!", gritó él primero, llenándome con chorros calientes que me llevaron al borde. Tragué a Marco, su gruñido vibrando en mi garganta mientras eyaculaba. Luis tomó mi mano, corriéndose en mi pecho, semen tibio escurriendo.

Pero no terminamos. Me voltearon, Marco detrás, lubricado con mi propia humedad. Entró en mi culo con cuidado, pregunta tras pregunta: "¿Está chido?". "Sí, carnal, despacio". Diego en mi coño, doble penetración que me estiraba al límite. Grité de placer, el roce de sus vergas separadas por una delgada pared enviando bombas atómicas por mi cuerpo. Luis en mi boca otra vez, el trío perfecto sincronizado como su música.

Sudor goteaba, pieles chocando con palmadas húmedas, gemidos mezclándose con el oleaje afuera. El clímax llegó como un acorde final: yo primero, convulsionando, squirt salpicando sus muslos; ellos siguieron, llenándome por todos lados. Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones agitadas, risas roncas.

Después, en el afterglow, nos bañamos en el mar, agua fresca lavando el sudor pero no el recuerdo. Marco me abrazó, "Eres inolvidable, Ana". Luis y Diego asintieron, besándome suave.

"Vuelve cuando quieras, nuestra musa de El Tri Banda".
Caminé de regreso al hotel al amanecer, piernas temblando, cuerpo saciado, alma plena. Esa noche había sido mía, un himno de placer que aún resonaba en mi piel.

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