El Castelli Tri Suit Que Despierta Pasiones Prohibidas
Me paré frente al espejo de mi depa en Polanco, con el sol de la mañana colándose por las cortinas. El Castelli tri suit nuevo que me había llegado de Italia se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel. Neta, era una chulada: negro con detalles rojos, el tejido tan delgado que sentía cada curva de mis chichis y mi culo realzadas. Lo jalé un poquito pa' arriba, y el roce contra mi piel me erizó los vellos. Olía a nuevo, a esa mezcla de tela fresca y mi perfume de vainilla que ya se impregnaba. Órale, Ana, vas a romperla en el triatlón de Acapulco, me dije, mientras me ataba el pelo en una coleta alta.
Salí al parque de Chapultepec, donde los triatletas nos juntamos pa' entrenar. El aire traía olor a jacarandas y tierra húmeda después de la llovizna nocturna. Ahí estaba Diego, ese wey alto y moreno con músculos que parecen tallados en piedra. Lo vi desde lejos, pedaleando en su bici con ferocidad. Siempre me había gustado, pero hoy, con este traje pegado a mí, sentía su mirada clavada como nunca. Bajó de la bici y se acercó trotando, sudado, con la playera pegada al pecho.
—¡Qué onda, Ana!
Neta te ves cañón con ese Castelli tri suit, me soltó con una sonrisa pícara, limpiándose el sudor de la frente. Su voz grave me vibró por dentro, y sentí un cosquilleo entre las piernas. Olía a hombre puro: salado, intenso, como el mar en Ixtapa.
—Gracias, carnal. Es nuevo, me lo traje pa' el tri. ¿Entrenamos juntos hoy? —le contesté, fingiendo desinterés, pero mi corazón ya latía como tambor de banda sinaloense.
Empezamos con la natación en la alberca del parque. El agua fría me golpeó, pero el traje lo hacía todo más suave, como si nadara desnuda. Diego iba a mi lado, sus brazadas potentes salpicando. Cada vez que volteaba, sus ojos recorrían mi cuerpo bajo el agua cristalina. ¿Se nota lo mojada que estoy, no solo por el agua? pensé, mientras mis pezones se endurecían contra la tela elástica.
Salimos empapados, el sol calentando el traje que ahora se pegaba aún más, delineando cada pliegue. Pasamos a la bici. Montamos lado a lado por el camino de las curvas, el viento azotando mi piel expuesta. Sentía el roce del sillín contra mi entrepierna, amplificado por el traje tan ajustado. Diego aceleró, y yo lo seguí, nuestras risas mezclándose con el zumbido de las llantas.
—¡No te quedes atrás, mamacita! —gritó, y esa palabra me prendió como mecha.
En la carrera a pie, el calor subió. Corrimos por el sendero arbolado, el sudor brotando por todos lados. Mi traje se volvía resbaloso, oliendo a mi excitación mezclada con el esfuerzo. Diego se acercó tanto que su brazo rozó el mío, piel contra spandex. Cada paso mandaba ondas de placer por mi cuerpo. Quiero que me toque, que rasgue este pinche traje y me coma viva, rugía mi mente.
Al final del entrenamiento, nos paramos jadeantes bajo un sauce. El sol filtraba rayos dorados, y el aire olía a hierba fresca y nuestros cuerpos calientes. Diego me miró fijo, su pecho subiendo y bajando.
—Ana, ese Castelli tri suit te queda como pintado. Me tienes loco desde que te vi —confesó, su voz ronca como tequila añejo.
Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo irradiar hacia mí. —Neta, wey, tú tampoco te quedas atrás. ¿Sabes lo que me hace este traje? Me pone cachonda de solo sentirlo —le susurré, mi mano rozando su abdomen duro.
Él no esperó más. Sus labios cayeron sobre los míos, urgentes, con sabor a sal y deseo. Nuestras lenguas bailaron, explorando, mientras sus manos recorrían mi espalda, apretando el traje contra mi piel. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Lo jalé hacia unos arbustos discretos, donde el suelo estaba mullido de hojas secas.
Se arrodilló, besando mi cuello, bajando por el escote del traje. Sus dientes rozaron la tela sobre mis pezones, y arqueé la espalda. ¡Chingado, qué rico! El olor de la tierra y su sudor me embriagaba. Con manos expertas, abrió el cierre frontal del traje, exponiendo mis tetas al aire libre. Las lamió, succionó, mordisqueando suave hasta que grité de placer.
—Te ves tan rica así, Ana. Este traje es puro fuego —murmuró contra mi piel, su aliento caliente.
Le quité la playera, revelando su torso esculpido, cubierto de vello oscuro. Mis uñas arañaron su pecho, bajando a su short. Lo bajé de un jalón, y su verga saltó libre, dura como fierro, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, las venas latiendo. La masturbe lento, viendo cómo sus ojos se cerraban de gusto.
—Muévete pa' mí, Diego. Quiero sentirte —le pedí, y él obedeció, recostándose en las hojas.
Me subí encima, el traje abierto solo lo necesario. Deslicé su verga dentro de mí, lenta, centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón, qué llena me sientes! El estiramiento era perfecto, mi humedad facilitando todo. Empecé a moverme, arriba y abajo, el roce del traje contra mis muslos amplificando cada embestida. Sus manos en mi culo, apretando, guiándome.
El sonido de nuestros cuerpos chocando, piel húmeda contra piel, se mezclaba con pájaros cantando y el viento en las hojas. Sudábamos juntos, el olor almizclado de sexo llenando el aire. Aceleré, mis chichis rebotando libres, él lamiéndolas cuando podía. Sus gemidos roncos me volvían loca: —¡Sí, Ana, así, no pares!
La tensión crecía como ola en la playa de Puerto Vallarta. Sentía mi clítoris rozando su pubis con cada bajada, chispas de placer subiendo por mi espina. Él se tensó debajo de mí, sus caderas empujando arriba, profundo. Ya mero, ya mero exploto, pensé, mordiéndome el labio.
—¡Vente conmigo, mi amor! —gruñó, y eso me llevó al borde. El orgasmo me golpeó como rayo, mi coño contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando. Él se vino segundos después, caliente, llenándome, su rugido primal vibrando en mi pecho.
Colapsamos juntos, jadeando, el traje arrugado y empapado pegado a mis costados. Su semen goteaba lento por mis muslos, mezclándose con sudor. Lo besé suave, saboreando el aftertaste salado en su boca. El sol calentaba nuestra piel expuesta, y el mundo parecía pausado.
—Esto fue lo mejor del entrenamiento, ¿no? —dijo riendo bajito, acariciando mi mejilla.
—Neta, Diego. Este Castelli tri suit no solo me hace correr rápido... me hace volar —respondí, acurrucándome en su pecho.
Nos vestimos despacio, robándonos besos. Caminamos de regreso al parque, manos entrelazadas, el corazón aún acelerado. Sabía que esto era el inicio de algo chido, algo que iba más allá de la pista. El traje, ahora marcado por nuestro encuentro, se sentía como un trofeo secreto contra mi piel. Que venga el triatlón, que venga todo. Con él a mi lado, lo conquisto todo.