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Quien Es El Tri Que Me Hace Sudar

7727 palabras

Quien Es El Tri Que Me Hace Sudar

El estadio retumbaba como un corazón desbocado, miles de voces gritando ¡México! ¡México! mientras el balón volaba por el aire húmedo de la noche capitalina. Yo, Ana, estaba ahí en medio del mar de jerseys verdes, con el sudor pegándome el cabello a la nuca y el olor a chela barata y tacos al pastor flotando en el ambiente. No soy la fanática más hardcore del mundo, pero algo en la pasión de la gente me encendía por dentro. O tal vez era él, el wey que acababa de sentarse a mi lado en la tribuna popular, con esa sonrisa pícara y los brazos tatuados con las tres estrellas de la bandera.

¿Quién es el Tri? me pregunté en voz baja, mientras lo veía gritar goles con los puños en alto. No era solo por el apodo que sus compas le gritaban —¡Órale, Tri, no te duermas!—, sino porque su presencia era como el equipo nacional en la cancha: imponente, rápido, imposible de ignorar. Sus ojos cafés se cruzaron con los míos cuando México metió el primero, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el estadio entero vibrara dentro de mí.

La cerveza fría en mi mano sudaba tanto como yo, y el calor de la multitud me hacía sentir la piel erizada. Él se inclinó hacia mí, su aliento oliendo a limón y tequila. "¿Qué onda, morra? ¿Vienes sola o qué?" Su voz grave cortó el ruido como un pase filtrado. Le sonreí, sintiendo el pulso acelerarse. "Sola, pero ya no tanto, ¿verdad?" respondí, coqueta, mientras el estadio explotaba en cánticos.

Acto seguido, su mano rozó mi brazo al celebrar el segundo gol. Fue un toque casual, pero eléctrico, como si sus dedos llevaran la corriente de todo el estadio. Olía a jabón fresco mezclado con el sudor masculino que tanto me gustaba, ese aroma crudo que te hace cerrar los ojos y imaginar más. Neta, Ana, contrólate, pensé, pero mi cuerpo ya traicionaba, con las nalgas apretándose contra el asiento duro de plástico.

El partido avanzaba, goles y jugadas que nos pegaban más cerca. Él se presentó como Marco, pero todos lo llamaban El Tri, por su devoción fanática y porque, según él, "juego como ellos: con huevos y sin rendirme". Reí, sintiendo el calor subir por mi pecho.

¿Quién es el Tri de verdad? ¿Este pendejo guapo que me mira como si ya me hubiera metido gol?
La tensión crecía con cada minuto, sus rodillas rozando las mías, su risa vibrando en mi piel.

Al final del partido, México ganó tres a uno, y la euforia nos arrastró a la calle. La noche de la Ciudad de México era un caos de cláxones, cohetes y gente bailando en las banquetas. Marco me tomó de la mano, su palma áspera y cálida envolviendo la mía. "Vamos a celebrar, ¿no? Hay un antro chido cerca". Asentí, el corazón latiéndome en la garganta. Caminamos entre el humo de los elotes asados y el perfume dulzón de las floras callejeras, su cuerpo tan cerca que sentía el calor irradiando de su piel morena.

En el antro, la música norteña retumbaba, bajos profundos que me hacían mover las caderas sin querer. Bailamos pegados, su pecho duro contra mi espalda, sus manos en mi cintura deslizándose bajito, rozando la curva de mis jeans. Olía a él por todos lados: sudor limpio, colonia barata y esa esencia masculina que te moja las bragas sin permiso. "Estás rica, morra", murmuró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos de la nuca. Giré, presionando mis tetas contra él, sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre. ¿Quién es el Tri? Ya no era pregunta; era deseo puro.

La pista era un hervidero de cuerpos, luces estroboscópicas pintando su rostro en verdes y rojos como la bandera. Sus labios rozaron mi cuello, un beso húmedo que sabía a sal y tequila. Gemí bajito, el sonido perdido en la música. Mis manos exploraban su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo la camisa empapada. Neta que me lo quiero comer aquí mismo, pensé, mientras su lengua trazaba mi clavícula, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante.

Pero no ahí. Me jaló hacia la salida, su mano firme en mi culo. Tomamos un taxi, el chofer pitando en el tráfico eterno. En el asiento trasero, no aguantamos: su boca devoraba la mía, lenguas enredadas con sabor a cerveza y urgencia. Sus dedos se colaron bajo mi blusa, pellizcando mis pezones duros como piedras. "Ay, wey, qué rico", jadeé, arqueándome contra él. El taxi olía a cuero viejo y nuestro arousal creciente, ese musk dulce y animal que te nubla la mente.

Llegamos a su depa en Polanco, un lugar modesto pero chido, con posters de El Tri en las paredes y una cama king size que gritaba promesas. La puerta se cerró con un clic, y ahí fue cuando explotó todo. Me quitó la blusa de un tirón, sus ojos devorando mis tetas libres, pezones rosados y erectos bajo la luz tenue. "Mírate, tan puta y tan mía", gruñó, y yo reí, jalándolo por la camisa.

Este es el Tri que buscaba, el que me va a follar hasta el amanecer
.

Sus manos eran fuego en mi piel, deslizándose por mi panza suave, desabrochando mis jeans con prisa. Caí en la cama, él encima, su peso delicioso aplastándome. Besos hambrientos, mordidas en el hombro que dolían rico, su verga dura presionando mi muslo desnudo. Olía a sexo inminente, a fluidos mezclándose. Le bajé el pantalón, liberando esa polla gruesa, venosa, con el prepucio retraído mostrando la cabeza brillante de precum. La tomé en la mano, sintiendo el pulso latiendo como un tambor de estadio, caliente y sedosa.

"Chúpamela, Ana", ordenó con voz ronca, y obedecí, arrodillándome. Su sabor salado explotó en mi lengua, musk terroso y adictivo. Lo mamé profundo, garganta relajada, sus gemidos roncos como rugidos de hinchada. "¡Qué chingona, morra!" Sus caderas empujaban, follándome la boca con ritmo experto. Saliva chorreando por mi barbilla, tetas rebotando, el cuarto lleno de sonidos húmedos y jadeos.

Me levantó como si nada, piernas abiertas en la cama. Su lengua en mi coño fue revelación: lamiendo despacio, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en el punto G. Gemí fuerte, uñas clavadas en su cabeza, oliendo mi propio jugo dulce y ácido. "¡Sí, Tri, no pares, pendejo!" El orgasmo me dobló, olas de placer convulsionándome, chorros mojando sus labios.

Pero él no paró. Me volteó boca abajo, nalga en alto, y entró de un embestida. Su verga me llenó completa, estirándome delicioso, golpeando profundo. El slap de piel contra piel, sus bolas pesadas contra mi clítoris, sudores mezclándose. "¡Te voy a romper, Ana!" Rugió, follándome duro, mis tetas aplastadas contra las sábanas ásperas. Sentía cada vena pulsando dentro, el calor building, tensión en espiral.

Cambié de posición, cabalgándolo yo ahora, control total. Sus manos en mis caderas, yo rebotando, coño apretándolo como guante. Sus ojos fijos en mí, ¿quién es el Tri? El que me hace gritar su nombre, el que me lleva al cielo. Gemí su apodo mientras veníamos juntos, su leche caliente llenándome, mi segundo orgasmo exprimiéndolo todo.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa y brillante. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, olor a semen y sudor nuestro perfume. "Eres increíble, morra", murmuró, besándome la frente. Yo sonreí, trazando sus tatuajes.

Ya sé quién es el Tri: el que me despertó el fuego que ni yo conocía
. La noche se calmó, solo nuestros latidos y el eco lejano de la ciudad, prometiendo más rondas al amanecer.

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