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Tríos Ardientes en Puebla

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Tríos Ardientes en Puebla

La noche en Puebla olía a mole y a jazmín fresco, con ese viento tibio que subía del zócalo y te erizaba la piel. Yo, Ana, caminaba del brazo de Marco por las calles empedradas del centro, sintiendo el roce de su mano áspera contra mi cintura. Habíamos llegado esa tarde desde la CDMX, buscando un fin de semana de puro desmadre. ¿Y si probamos algo nuevo? me había dicho él en el coche, con esa mirada pícara que me ponía los nervios de punta. Tríos en Puebla, eso era lo que andábamos platicando. Neta, la idea me había estado dando vueltas en la cabeza toda la semana, un calorcito que se me subía desde el estómago hasta las tetas.

Entramos al bar El Bajío, uno de esos antros chidos con luces tenues y salsa en vivo. El aire estaba cargado de humo de cigarros y sudor mezclado con perfume barato. Pedimos unos chelas heladas, y mientras Marco me besaba el cuello, vi a Carla. Estaba en la barra, morena, con curvas que gritaban ven y tócalas. Pelo negro largo, labios rojos como el barro de Puebla, y una falda tan corta que dejaba ver el inicio de sus muslos firmes. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el clítoris, como si ya supiera lo que iba a pasar.

Órale, wey, ahí está la buena onda —le susurré a Marco, señalándola con la barbilla.

Él sonrió, ese cabrón siempre listo para el desmadre. Nos acercamos, y la plática fluyó como tequila puro. Carla era de aquí, estudiaba diseño en la BUAP, y confesó que andaba soltera y con ganas de aventura.

Los tríos en Puebla son legendarios, ¿saben? Pero hay que saber dónde buscarlos
, dijo con una risa ronca que me vibró en el pecho. Brindamos, y el hielo se rompió rápido. Sus manos rozaron las mías al pasar el limón, y el toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y suave como terciopelo mojado.

Salimos del bar con el pulso acelerado, el corazón latiéndome en las sienes. Caminamos hasta el hotel en el Angelópolis, un lugar nice con habitaciones amplias y vistas al cerro. En el elevador, Marco me apretó el culo mientras Carla nos veía con ojos hambrientos. Esto va a estar cabrón, pensé, sintiendo mi concha humedecerse bajo las panties de encaje.

Adentro de la habitación, el aire acondicionado zumbaba bajito, y el olor a sábanas limpias se mezclaba con nuestro aroma a deseo. Nos sentamos en la cama king size, y empecé yo. Le di un beso a Marco, profundo, con lengua que sabía a cerveza y a él, mientras Carla nos observaba mordiéndose el labio. Luego, me volteé hacia ella. Sus labios eran suaves, dulces como tamarindo, y su lengua danzaba con la mía, explorando, probando. Marco gemía bajito, su verga ya dura presionando contra mis muslos.

Quítate la blusa, mamacita —le pedí a Carla, y ella obedeció, dejando ver unas chichis perfectas, pezones oscuros y erectos como botones de cacao.

Las lamí despacio, sintiendo su sabor salado en la lengua, el calor de su piel contra mi boca. Marco se unió, besándole el cuello mientras yo bajaba la mano por su vientre plano hasta su entrepierna. Estaba mojada, neta, empapada como yo. Metí los dedos bajo su falda, rozando su clítoris hinchado, y ella arqueó la espalda con un jadeo que llenó la habitación. El sonido era puro sexo: húmedo, urgente, animal.

Nos desnudamos entre risas nerviosas y besos urgentes. El piso de madera crujía bajo nuestros pies descalzos, y el espejo del clóset reflejaba nuestros cuerpos entrelazados: mi piel clara contra la de ella morena, Marco en medio con su verga gruesa palpitando. Lo puse de rodillas, y juntas lo chupamos. Mi lengua en la cabeza, la de ella en los huevos, saboreando el precum salado que goteaba. Él gruñía, agarrándonos el pelo, pendejo cachondo, pero todo con cariño, todo consensual, puro placer mutuo.

La tensión subía como el volcán Popo en erupción. Carla se recostó, abriendo las piernas, y yo me subí encima de su cara. Su lengua en mi concha fue fuego líquido: lamía despacio al principio, círculos suaves alrededor del clítoris, luego succionaba fuerte, haciendo que mis jugos le corrieran por la barbilla. Olía a sexo, a mujer excitada, ese aroma almizclado que te enloquece. Marco se posicionó detrás de mí, frotando su verga contra mi entrada. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo, y empecé a mover las caderas, cabalgando su polla mientras Carla me comía viva.

¡Ay, wey, esto es el paraíso! pensé, el sudor resbalando por mi espalda, gotas cayendo sobre los pechos de Carla. Cambiamos posiciones: ahora Marco la penetraba a ella en misionero, su culo rebotando contra sus caderas con palmadas rítmicas, plaf plaf plaf, mientras yo le besaba los pezones y metía dedos en su culo apretado. Ella gritaba en mexicano puro:

¡Más duro, cabrón! ¡No pares, métela toda!
Sus paredes vaginales se contraían alrededor de la verga de Marco, y yo sentía cada pulso, cada latido acelerado.

El clímax se acercaba como tormenta de verano. La habitación apestaba a sexo crudo, sábanas revueltas empapadas de sudor y fluidos. Marco salió de Carla y me puso a cuatro patas. Ella debajo de mí, lamiéndome el clítoris mientras él me cogía por detrás, profundo, bestial. Sentía su verga rozar mi punto G con cada embestida, el roce áspero de sus bolas contra mi piel. Carla metió dos dedos en mi culo, estirándome, y el placer fue overload: oleadas de calor subiendo por mi espina, pezones duros rozando sus tetas.

Me vengo, me vengo... —gemí, y exploté. Mi concha se contrajo en espasmos, squirteando jugos calientes sobre la cara de Carla, quien lamía todo con avidez. Marco gruñó como toro, corriéndose dentro de mí, su leche caliente llenándome, goteando por mis muslos. Carla se tocó rápido, frotando su clítoris hasta venirse con un alarido, cuerpo temblando entre nosotros.

Caímos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El aire olía a orgasmo cumplido, a piel satisfecha. Marco nos besó a las dos, suave ahora, y Carla rio bajito.

Los tríos en Puebla son lo mejor, ¿verdad? —dijo, acurrucándose contra mi pecho.

Yo asentí, sintiendo el afterglow como una manta tibia. Esto fue empoderador, puro fuego compartido. Nos quedamos así hasta que el sol salió tiñendo las cortinas de naranja, Puebla despertando afuera con sus campanas y vendedores de sesos. No hubo arrepentimientos, solo promesas de más noches así. En esta ciudad de ángeles y demonios, habíamos encontrado nuestro cielo privado.

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