Si Nunca Lo Intentas Nunca Lo Sabras
Estaba sentada en el balcón de mi depa en la Roma, con el ruido de los coches allá abajo en Insurgentes y el olor a taquitos de la fonda de la esquina flotando en el aire. Era una noche calurosa de viernes, de esas que te hacen sudar la camisita y pensar en quitártela. Marco, mi morro desde hace dos años, se recargaba en la barandilla con una cerveza en la mano, su camisa blanca pegada al pecho por el bochorno. Lo miré de reojo, sintiendo ese cosquilleo familiar en el estómago. Neta, wey, ¿por qué no? pensé. Siempre habíamos sido bien vainilla en la cama, besos suaves, misionero y a dormir. Pero últimamente, en mi cabeza rondaba esa frase que leí en un pinche meme gringo: if you never try you'll never know. Si nunca lo intentas, nunca lo sabrás. Y yo quería saber.
"Órale, Ana, ¿qué traes en esa mirada tan pícara?", me dijo Marco con esa sonrisa chueca que me derretía. Se acercó, me jaló de la cintura y me plantó un beso que sabía a chela fría y a menta de su chicle. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretándome las nalgas con esa fuerza que me ponía la piel chinita. "Nada, carnal, nomás pensando en lo chido que sería probar algo nuevo", le contesté, mordiéndome el labio. El corazón me latía como tamborazo en una fiesta de pueblo. "¿Nuevo? ¿Tipo qué, mamacita? ¿Roleplay de narcos y federales?", bromeó él, pero yo lo miré fijo, seria. "No mames, Marco. Quiero que me cojas por atrás. Neta, siempre he tenido curiosidad, pero nunca me he animado".
Se quedó callado un segundo, sus ojos oscuros clavados en los míos, y luego soltó una carcajada ronca. "¡Puta madre, Ana! ¿En serio? ¿Y si te duele, wey? No quiero lastimarte". Lo abracé fuerte, oliendo su colonia mezclada con sudor fresco, ese aroma que me volvía loca. "Si duele, paramos, ¿va? Pero if you never try you'll never know, ¿no? Es mi nuevo lema". Me miró como si fuera la mujer más valiente del mundo, y me cargó en brazos hasta la recámara, riendo. "Eres una pinche loca, pero te amo por eso".
La recámara estaba a media luz, con las cortinas entreabiertas dejando entrar el resplandor neón de un anuncio de cervezas. Me tiró en la cama king size que compramos en IKEA, y se quitó la camisa de un jalón, mostrando ese torso moreno y marcado de tanto gym en el parque. Yo me desabroché el vestido floreado, dejando que cayera al piso con un shhh suave. Mis tetas quedaron al aire, pezones duros como piedras por la anticipación. Marco se arrodilló entre mis piernas, besándome el ombligo, bajando despacio. Su aliento caliente me erizaba la piel, y cuando su lengua tocó mi clítoris, gemí bajito, agarrando las sábanas. "¡Ay, wey, qué rico!", susurré. Lamía con calma, chupando mis labios hinchados, el sabor salado de mi excitación llenándole la boca.
Pero yo quería más. Lo empujé suave, volteándome de panzita. "Prepárame, amor. Hazme tuya por completo". Sacó el lubricante de la mesita –lo habíamos comprado hace meses en una sex shop de la Condesa, riéndonos como pendejos–. El frasco era frío al tacto, y cuando lo esparció en mis nalgas, sentí un escalofrío delicioso. Sus dedos gruesos masajearon mi ano con ternura, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda.
¿Y si no entra? ¿Y si me arde? Pero carajo, si nunca lo intentas...pensé, mientras un dedo entraba despacio, lubricado y resbaloso. Dolía un poquito al principio, como un pinchazo ardiente, pero luego se volvía placer puro, una presión que me llenaba por dentro. "Relájate, mi reina", murmuró él, besándome la nuca, su barba raspándome la piel. Agregó un segundo dedo, moviéndolos adentro y afuera, y yo empecé a mover las caderas, gimiendo más fuerte. El sonido de la ciudad se colaba: cláxones lejanos, risas de borrachos, pero todo se difuminaba en el latido de mi pulso en las sienes.
Marco se quitó los pantalones, su verga saltando libre, dura y venosa, con la punta brillando de pre-semen. La olí, ese olor almizclado a hombre excitado que me ponía cachonda. Me puse de rodillas, arqueando bien la espalda, y él se posicionó atrás. "Dime si quieres parar, ¿eh?", jadeó, frotando la cabeza contra mi entrada. Asentí, mordiendo la almohada. Empujó suave, milímetro a milímetro. ¡Madre santa! Sentí el estiramiento, un ardor intenso que me hizo apretar los dientes, pero respiré hondo, oliendo las sábanas lavadas con suavizante de lavanda. "¡Sigue, wey! ¡No pares!", grité, y él obedeció, enterrándose más profundo. El dolor se mezclaba con un placer nuevo, como si me abrieran un mundo secreto. Sus bolas peludas chocaban contra mis muslos con cada embestida lenta, el plaf plaf húmedo llenando la habitación.
Me agarró las caderas, clavándome los dedos, y aceleró el ritmo. Cada thrust mandaba ondas de éxtasis por mi espinazo, tocando spots que ni sabía que tenía. Sudábamos como locos, gotas resbalando por su pecho y cayendo en mi espalda, calientes y saladas. Alcé la cara, mirándome en el espejo del clóset: mejillas rojas, pelo revuelto, ojos vidriosos de puro gozo. "¡Te sientes tan chingona por aquí, Ana! Tan apretada, tan mía", gruñó él, su voz ronca como gravel. Yo respondía con gemidos guturales, "¡Más fuerte, pendejo! ¡Cómetela toda!". El olor a sexo impregnaba el aire: lubricante, sudor, mi coño mojado goteando por mis piernas. Sentía su verga palpitar dentro, estirándome al límite, y mis paredes contraídas masajeándola.
La tensión crecía como volcán, mi clítoris hinchado rozando la sábana con cada movimiento. Marco metió una mano por abajo, frotándolo en círculos rápidos, y exploté. ¡No mames, qué chido! El orgasmo me sacudió entera, un tsunami de placer que me hacía ver estrellas, contrayendo mi culo alrededor de él como tenazas. Grité su nombre, temblando, lágrimas de puro release en los ojos. Él no aguantó más: tres embestidas brutales y se corrió adentro, chorros calientes llenándome, su gruñido animal resonando en mis oídos. Se desplomó sobre mí, pesado y jadeante, besándome la oreja. "Eres increíble, mi amor".
Nos quedamos así un rato, enredados, con el ventilador zumbando arriba y el tráfico calmándose afuera. Su semen se escurría lento por mis muslos, tibio y pegajoso, mezclándose con el lubricante. Me volteó con cuidado, y nos besamos lento, saboreando el sudor del otro. "Neta, valió la pena", le dije, acariciando su cara barbuda. "Si nunca lo intentas, nunca lo sabrás, ¿verdad?". Él rio bajito, apretándome contra su pecho. "Definitivamente, mamacita. ¿Repetimos pronto?". Sonreí, sintiendo esa paz profunda, esa conexión más honda que antes. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero en nuestra cama, habíamos descubierto un pedazo de paraíso nuevo. Y yo, por fin, lo sabía.