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Trio Ardiente con Esposa Madura

6492 palabras

Trio Ardiente con Esposa Madura

La noche caía suave sobre nuestra casa en las Lomas de Chapultepec, con el aroma de jazmines del jardín filtrándose por las ventanas abiertas. Yo, Carlos, de cuarenta y cinco tacos, observaba a mi esposa Laura mientras preparaba unos tequilas en la barra de la cocina. A sus cuarenta y ocho años, era una mujer madura que volvía loco a cualquiera: curvas generosas que se marcaban bajo el vestido negro ceñido, pechos llenos que pedían ser tocados, y una sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Habíamos estado casados veinte años, y aunque la rutina nos había alcanzado, últimamente hablábamos de espacios para avivar la chispa.

"Órale, carnal, ¿y si hoy probamos algo nuevo?", me dijo esa tarde, con los ojos brillando de picardía. "Un trio con esposa madura como yo, ¿te late?". No mames, mi verga se paró al instante solo de imaginarlo. Hablamos de Marco, mi compa de la uni, un wey de cuarenta y dos, atlético, soltero y siempre con esa labia que derrite. Lo invité sin pensarlo dos veces. Ahora, el corazón me latía como tambor de mariachi mientras oía el timbre.

Laura abrió la puerta, y ahí estaba Marco, con una botella de Don Julio en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. "¡Qué buena onda, Laura! Estás más rica que nunca, mamacita". Ella se rio, un sonido ronco y sensual que me erizó la piel. Lo abracé como carnales, pero ya sentía la electricidad en el aire. Nos sentamos en el sofá de cuero, con luces tenues y música de Carlos Santana de fondo, suave y hipnótica. El tequila bajaba ardiente por la garganta, calentando el estómago y soltando las lenguas.

¿De veras vamos a hacer esto? Mierda, mi Laura con otro wey... pero neta, me prende verla gozar.

La plática fluyó: recuerdos de fiestas locas, chismes de la chamba. Laura se recargaba en mí, su mano subiendo por mi muslo, rozando mi paquete que ya estaba tieso como poste. Marco no era pendejo; sus ojos devoraban las tetas de mi jefa, el escote profundo que dejaba ver el valle de su piel bronceada. "Laura, siempre has sido la reina de las maduras, pinche diosa", le soltó, y ella se mordió el labio, cruzando las piernas para que el vestido subiera un poco, mostrando muslos carnosos.

El primer beso fue mío. La jalé hacia mí y le comí la boca con hambre, saboreando el tequila en su lengua suave y jugosa. Marco nos miró, ajustándose los chones discretamente. Laura se giró hacia él, sin pena, y le plantó un beso que lo dejó pasmado. "Ven, compadre, únete", le dije, con la voz ronca de deseo. Sus labios se unieron en un tresero húmedo, lenguas danzando, gemidos bajitos que llenaban la sala como humo de incienso.

Acto de escalada. Nos paramos y fuimos al cuarto, el colchón king size esperándonos con sábanas de algodón egipcio frescas. Laura se quitó el vestido despacio, como stripper de Las Vegas: primero los hombros, revelando bra de encaje negro que apenas contenía sus chichis enormes. Luego la falda cayó, mostrando tanga diminuta y culo redondo que pedía nalgadas. Olía a vainilla y mujer en celo, ese perfume natural que me volvía loco.

Marco y yo nos desvestimos rápido, vergas al aire: la mía gruesa y venosa, la de él larga y curva. Laura se arrodilló entre nosotros, reina del piso, y nos miró con ojos de fuego. "Qué ricas vergas, cabrones", murmuró en mexicano puro, agarrando la mía con mano suave mientras chupaba la de Marco. Su boca era calor húmedo, lengua girando en la cabeza, succionando con maestría de madura experimentada. Sentí el pulso acelerado en mis huevos, el sonido chup chup resonando, saliva goteando por su barbilla. Marco gemía "¡Ay, wey, tu jefa mama de a madre!".

Verla así, con la verga de mi compa en la boca, me hace sentir el hombre más vivo. Esto es lo que queríamos, puro placer compartido.

La recostamos, y empezamos el festín. Yo le comí el chochito depilado, labios hinchados y mojados, sabor salado-dulce como mango maduro. Ella arqueaba la espalda, uñas clavándose en mis hombros, gritando "¡Sí, Carlos, chúpame, cabrón!". Marco le mamaba las tetas, pezones duros como piedras, chupándolos con ruidos obscenos. Su piel sudaba, brillando bajo la luz de la lámpara, olor a sexo puro invadiendo el cuarto. Tocábamos todo: mis dedos en su clítoris hinchado, los de él explorando su ano apretado.

La tensión subía como volcán. Laura se montó en mí, su panocha tragándose mi verga entera en un splash húmedo. "¡Qué rico tu marido, Marco! Ahora tú métemela por atrás". Él escupió en su mano, lubricó, y entró despacio en su culo. Ella aulló de placer, "¡Puro éxtasis, pinches machos!". Nos movíamos en ritmo, yo embistiéndola vaginal, él anal, cuerpos chocando con palmadas sudorosas. Sentía su calor apretándome, paredes internas pulsando, gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Más duro, cabrones, fóllame como puta madura!". El colchón crujía, sábanas enredadas, aire cargado de almizcle y sudor.

El clímax nos alcanzó como tsunami. Laura se vino primero, convulsionando, chorro caliente mojándome el pubis, gritando "¡Me vengo, no mames!". Marco gruñó como toro, llenándole el culo de leche espesa. Yo exploté dentro de su coño, chorros interminables, visión borrosa de tanto placer. Nos quedamos pegados, respiraciones jadeantes, corazones tronando al unísono.

En el afterglow, nos bañamos juntos en la regadera de mármol, agua caliente lavando fluidos, manos acariciando con ternura. Laura, radiante, nos besó a ambos: "Esto fue chingón, mi amor. Un trio con esposa madura perfecto". Marco se rio, "Son la pareja más caliente de México, weyes".

Ahora sé que nuestra pasión no se acaba. Esto nos unió más, con sudor, risas y promesas de más noches locas.

Nos despedimos con abrazos, él se fue prometiendo repetir. Laura y yo nos acurrucamos en la cama, su cabeza en mi pecho, piel aún tibia. El jazmín entraba por la ventana, mezclado con nuestro olor. "Te amo, mi madura deliciosa", le susurré. Ella sonrió: "Y yo a ti, mi rey. Listos para la próxima aventura". La noche terminó en paz, con el eco de gemidos en mi mente, sabiendo que habíamos cruzado un umbral inolvidable.

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