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Chilango Susurra Letra de El Tri

7038 palabras

Chilango Susurra Letra de El Tri

La noche en el corazón de la Ciudad de México olía a tacos al pastor y a chela fría. Yo, un chilango de pura cepa, andaba por las calles de la Condesa con el calor del día todavía pegado a la piel. Me metí en un bar chido, de esos con luces tenues y rock en español retumbando en los parlantes. El Tri sonaba bajito, esa rola que siempre me pone la piel chinita: "chilango el tri letra" que habla de la vida loca del DF, de las morras calientes y las noches que no acaban.

Ahí la vi. Sentada en la barra, con un vestido negro que se le pegaba al cuerpo como segunda piel, curvas que gritaban ven y tócame. Pelo negro suelto, labios rojos como chile de árbol. Pidió una michelada y volteó a verme. Nuestras miradas chocaron, y sentí ese cosquilleo en el estómago, el que avisa que la cosa va para largo.

—¿Qué onda, güey? —le dije acercándome, con mi sonrisa de chilango conquistador—. ¿Te late El Tri?

Ella rio, una risa ronca que me erizó los vellos de la nuca. Qué chingona, pensé. Se llamaba Ana, chilanga como yo, pero de Polanco, de esas que saben lo que quieren.

—Neta, me encanta esa chilango el tri letra que suena de chilangos pendejos como tú —me contestó, guiñándome el ojo.

Pedimos chelas y platicamos. El aire estaba cargado de humo de cigarro y el aroma dulce de su perfume mezclado con sudor fresco. Sus manos tocaban el vaso, uñas pintadas de rojo, y yo imaginaba esas manos en mi pecho, bajando despacio. La tensión crecía con cada sorbo, cada mirada que se demoraba en los labios del otro.

Esta morra me va a volver loco, me dije mientras ella se inclinaba y su escote me regalaba una vista de sus chichis firmes. Quiero oler su piel, probarla ya.

La rola de El Tri subió de volumen. Empecé a cantar bajito la letra, adaptándola a lo nuestro: "Chilango en la noche, buscando su reina, con letra de Tri que enciende la vena". Ella se unió, su voz suave rozando mi oído. Nuestras rodillas se tocaron bajo la barra, un roce eléctrico que mandó chispas directo a mi verga, que ya empezaba a despertar.

—Vamos a bailar —propuso, y no esperé ni un segundo.

En la pista improvisada, cuerpos pegados, el ritmo de la música nos mecía. Su culo redondo presionaba contra mi entrepierna, y yo la abracé por la cintura, sintiendo el calor de su piel a través del vestido. Olía a vainilla y a deseo, ese olor que te hace babear. Mis manos subieron despacio por su espalda, memorizando cada curva. Ella giró, me miró a los ojos y me besó. Labios suaves, lengua juguetona que sabía a limón y sal de la michelada. El beso fue fuego puro, profundo, con gemidos ahogados que se perdían en la música.

Salimos del bar tambaleándonos de la emoción, no de la chela. Caminamos por las calles empedradas, riendo, tocándonos como adolescentes. Llegamos a mi depa en la Roma, un lugar chiquito pero con vista al skyline chilango. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa.

Acto dos: la cosa se ponía seria. La llevé a la sala, luces bajas, El Tri sonando en mi bocina bluetooth, esa misma chilango el tri letra que nos había unido. Nos besamos de pie, ferozmente. Le quité el vestido despacio, revelando lencería negra que me dejó sin aliento. Sus chichis perfectas, pezones duros como piedras preciosas. La besé el cuello, mordisqueando suave, inhalando su aroma a mujer en celo.

Qué rico hueles, Ana —le susurré al oído, mi aliento caliente en su piel.

Ella jadeó, manos en mi camisa, arrancándosela. Sus uñas rasguñaron mi pecho, un dolor placentero que me hizo gemir. La cargué al sillón, la recosté y me arrodillé entre sus piernas. Besé sus muslos, subiendo lento, torturándola. El olor de su panocha mojada me volvía loco, dulce y salado. Lamí despacio, lengua explorando sus labios hinchados, clítoris palpitante. Ella arqueó la espalda, gritando mi nombre, manos en mi pelo tirando fuerte.

Su sabor es adictivo, como tamarindo con chile. Quiero que se venga en mi boca, pensé mientras chupaba más rápido, dedos entrando en ella, sintiendo sus paredes apretarme.

Ana se corrió temblando, un chorro caliente en mi lengua, gritos que retumbaron en el depa. La subí al cuarto, nos quitamos el resto de la ropa. Mi verga dura como fierro, palpitando por entrar en ella. Pero no prisa. Jugamos, ella me mamó despacio, labios envolviéndome, lengua girando en la cabeza. Sentí su saliva tibia, el vacío cuando se retiraba, solo para volver más hondo. Qué chingón, casi me vengo ahí.

La puse a cuatro, admirando su culazo. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretado. Gemimos juntos, ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando. El sudor nos unía, olor a sexo puro llenando el aire. Aceleramos, ella pedía más, "¡Dame verga, chilango pendejo!" Yo la azoté suave el culo, rojo marcado, ella lo amó.

Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como jinete en rodeo. Sus chichis rebotando, manos en mi pecho. Yo pellizcaba sus pezones, la veía en éxtasis, ojos cerrados, boca abierta en placer. El colchón crujía, nuestros jadeos se mezclaban con la letra de El Tri que seguía sonando bajito: chilango el tri letra de pasión desbocada.

La tensión subía, mis bolas apretadas, su panocha contrayéndose. No aguanto más, pensé. La volteé, misionero profundo, besándonos mientras la embestía fuerte. Ella clavó uñas en mi espalda, gritando que se venía otra vez. Yo exploté dentro, chorros calientes llenándola, cuerpos temblando en unisono.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos abrazados, sudorosos, respiraciones calmándose. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. Olía a nosotros, a sexo satisfecho. Besé su frente, suave.

Qué chido estuvo eso, Ana. Como letra de El Tri, pero en vivo.

Ella rio, trazando círculos en mi piel con el dedo. Esto no acaba aquí, supe por su mirada. Hablamos de la ciudad, de noches chilangas, de cómo una canción nos juntó. El amanecer pintaba el cielo de rosa por la ventana, y nos dormimos enredados, con la promesa de más letras por susurrar.

Despertamos con hambre, pedimos tortas de la esquina. Comimos en la cama, riendo, tocándonos perezosos. Sus ojos brillaban, empoderada, dueña de su placer. Yo me sentía rey chilango, con la mejor conquista del DF.

La letra de El Tri nunca sonó tan carnal, tan nuestra.

Se fue al mediodía, con un beso largo en la puerta. Vuelve pronto, le dije. Ella sonrió: Neta, güey. La puerta cerró, pero el aroma de su piel quedó en las sábanas, recordatorio de la noche que una simple chilango el tri letra convirtió en fuego eterno.

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