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Trio Ardiente con Universitarias

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Trio Ardiente con Universitarias

Era una noche de esas que no se olvidan en la Condesa, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un puto diamante. Yo, Alex, acababa de salir de la uni, pero seguía rondando las fiestas de los chavos porque neta, la vida de soltero pendejo es demasiado rica. La música retumbaba en la terraza de un depa chido, reggaetón mezclado con cumbia rebajada, y el olor a tacos al pastor flotaba en el aire caliente de verano.

Ahí las vi: Sofía y Luna, dos universitarias de la UNAM que parecían salidas de un sueño mojado. Sofía, con su cabello negro largo hasta la cintura, piel morena como chocolate y un vestido rojo ceñido que marcaba sus chichis perfectas y su culo redondo. Luna, rubia teñida, ojos verdes felinos, leggings negros que abrazaban sus piernas torneadas y una blusa escotada que dejaba ver el encaje de su brasier. Estaban riendo, bailando pegaditas, sudando un poquito bajo las luces neón.

Me acerqué con una chela en la mano, fingiendo casualidad. ¿Qué onda, chavas? ¿Bailan o qué? les dije, con mi mejor sonrisa de galán. Sofía me miró de arriba abajo, mordiéndose el labio. Neta, güey, únete. Pero avisa si no aguantas el ritmo, contestó Luna, guiñándome el ojo. Empezamos a movernos, sus cuerpos rozando el mío accidentalmente al principio, pero pronto ya era intencional. Sentí el calor de sus pieles, el perfume dulce de Sofía mezclándose con el sudor salado de Luna. Mi verga ya empezaba a despertar, presionando contra los jeans.

La tensión crecía con cada roce. Sofía se pegó por detrás, sus chichis aplastándose contra mi espalda, sus manos bajando por mi pecho. Luna por delante, su aliento cálido en mi cuello, sus caderas girando contra mi paquete. Carajo, esto va para largo, pensé, mientras mi pulso se aceleraba como tambor de banda sinaloense.

¿Y si las invito a mi depa? Nah, mejor su idea. Van a proponerlo ellas, lo siento en el aire cargado de feromonas.

Al rato, con tres chelas encima, Luna susurró al oído de Sofía algo que la hizo reír. Se volvieron hacia mí. Oye, Alex, ¿vamos a continuar esto en mi casa? Mis papás no están, y tenemos jacuzzi, dijo Sofía, su voz ronca de deseo. No lo pensé dos veces. ¡Órale, vámonos!

En el Uber, el ambiente ya ardía. Luna en mi regazo, besándome el cuello, su lengua trazando líneas húmedas que me erizaban la piel. Sofía al lado, metiendo mano por mi camisa, pellizcando mis pezones. Olía a vainilla y a excitación, ese aroma almizclado que sale cuando el cuerpo pide guerra. Mi verga estaba dura como piedra, palpitando contra el muslo de Luna.

Llegamos al depa de Sofía en Polanco, un lugar chulo con vista al Castillo de Chapultepec. Apenas cerramos la puerta, Luna me empujó contra la pared, devorándome la boca. Su lengua sabía a tequila y menta, invasiva, juguetona. Sofía se unió, besándome el otro lado del cuello, sus uñas arañando mi espalda. Esto es un trio con universitarias de lujo, pendejo, no la cagues, me dije, mientras desabrochaba el vestido de Sofía.

El vestido cayó, revelando un tanga rojo diminuto y sus chichis firmes, pezones oscuros endurecidos. Luna se quitó la blusa, sus tetas blancas saltando libres, rosadas y perfectas. Las llevé al sofá, piel contra piel. Toqué sus cuerpos suaves, como terciopelo caliente. Sofía gimió cuando le chupé un pezón, succionando fuerte, saboreando su sal marina. Luna metió la mano en mis pants, sacando mi verga gruesa, palpitante. ¡Qué pinga tan rica, wey! exclamó, masturbándome lento, su palma cálida y resbaladiza de pre-semen.

Las puse de rodillas. Sofía primero, tragándosela hasta la garganta, sus labios carnosos estirándose, saliva goteando por mi tronco. El sonido obsceno de succión llenaba la sala, mezclado con sus jadeos ahogados. Luna lamía mis bolas, su lengua ágil revolviéndolas, oliendo a mi excitación masculina. Cambiaron turnos, compitiendo por ver quién me la chupaba mejor. Madre santa, estas chavas son expertas.

Las llevé a la recámara, iluminada por velas que Sofía prendió. Alfombra mullida bajo pies descalzos, sábanas de satén negro. Sofía se acostó, abriendo las piernas, su panocha depilada brillando húmeda. Vente, cabrón, cómemela. Me hundí entre sus muslos, lamiendo su clítoris hinchado, sabor ácido-dulce como tamarindo fresco. Ella arqueaba la espalda, gritando ¡Ay, sí, así, pendejo! Luna se sentó en su cara, restregando su coño rosado contra la boca de Sofía. Yo metí dos dedos en Sofía, curvándolos, sintiendo sus paredes contraerse.

El aire olía a sexo puro: jugos vaginales, sudor, mi precum. Los gemidos subían de volumen, un coro erótico que me volvía loco. Luna se corrió primero, temblando sobre la cara de Sofía, chorros calientes salpicando. ¡Me vengo, chingado! gritó. Sofía la siguió, su coño apretándome los dedos como tenaza, inundándome la mano.

Ahora ellas me querían a mí. Me recostaron, Sofía montándome la verga de un jalón. Su calor envolvente, resbaloso, me hizo gruñir. Cabalgaba duro, sus chichis rebotando, sudor perlando su piel morena. Luna se paró sobre mi cara, bajando su panocha chorreante a mi lengua. La comí mientras Sofía me follaba, el slap-slap de su culo contra mis muslos resonando. No aguanto, van a ordeñarme.

Cambiaron: Luna en mi verga, más apretada, más salvaje, girando caderas como bailarina de pole dance. Sofía lamió donde nos uníamos, su lengua rozando mi base y el clítoris de Luna. Sentí bolas apretadas, el orgasmo subiendo como volcán. ¡Me voy a venir! avisé. ¡Adentro, wey, lléname! rogó Luna. Exploto dentro de ella, chorros calientes pintando sus paredes, su coño ordeñándome hasta la última gota. Sofía lamió el exceso, besando a Luna para compartir mi semen salado.

Nos derrumbamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El cuarto olía a clímax compartido, pegajoso y satisfactorio. Sofía acurrucada en mi pecho, su mano trazando círculos en mi abdomen. Luna besándome la frente, perezosa. Neta, el mejor trio con universitarias de mi vida, murmuró Sofía, riendo bajito.

Me quedé pensando, con sus cuerpos calientes pegados al mío, el corazón latiendo en sincronía.

Estas chavas no son solo un polvo; hay química, conexión. ¿Repetimos? Claro que sí.
La noche se extendió en caricias perezosas, promesas susurradas. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con besos profundos, sabiendo que esto era solo el principio de algo ardiente.

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