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Efectos Secundarios Ardientes de Bedoyecta Tri Inyectable

6288 palabras

Efectos Secundarios Ardientes de Bedoyecta Tri Inyectable

Ana se miró en el espejo del baño de la clínica, ajustándose el escote de su blusa ligera. Hacía semanas que andaba arrastrando el cuerpo, con ese cansancio que no la dejaba ni disfrutar sus noches con Marco. Chin, ya valió, necesito un chispazo de energía, pensó mientras esperaba a la doctora. México City bullía afuera, con el tráfico zumbando como un enjambre y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana.

—Señorita, la Bedoyecta Tri inyectable le va a caer de pelos —dijo la doc con su voz calmada, preparando la jeringa—. Es pura vitamina B, B1, B6 y B12. Le sube el ánimo rapidito. Pero ojo con los efectos secundarios: cosquilleo, calorcito en la piel, a veces taquicardia. Nada grave, ¿eh?

Ana asintió, mordiéndose el labio. Sintió el pinchazo leve en el glúteo, un ardor fugaz que se expandió como miel caliente por sus venas.

¡Ay, cabrón, qué chido se siente ya!
Salió de la clínica con paso ligero, el sol de la tarde besando su piel morena, y el metro la llevó de vuelta a su depa en Polanco, donde Marco la esperaba con una cerveza fría.

Al abrir la puerta, el aroma a su colonia varonil la golpeó como una ola. Marco, con su playera ajustada marcando los pectorales y jeans que abrazaban sus caderas, sonrió de lado.

—¿Y esa cara de traviesa, nena? ¿Ya te pusieron la vitamina mágica?

—Sí, carnal. Bedoyecta Tri inyectable, efectos secundarios incluidos —rió ella, lanzándose a sus brazos. Sus labios se rozaron en un beso juguetón, pero de pronto, un hormigueo subió por su espina dorsal. Sus pezones se endurecieron contra el sostén, rozando la tela como electricidad estática.

Se separaron, y Ana sintió el primer pulso real: un calor líquido entre sus muslos, como si su cuerpo despertara de un letargo profundo. ¿Qué pedo con esto? La doc no mencionó que me iba a poner cachonda como gata en celo.

La tarde se deslizó perezosa. Cenaron tacos de suadero que Marco preparó en la terraza, con el skyline de la ciudad titilando abajo. Cada bocado sabía más intenso: la salsa picosa quemaba su lengua, el cilantro fresco explotaba en su paladar. Pero el verdadero fuego estaba adentro. Sus manos temblaban al servir la chela, y cuando Marco le rozó el brazo accidentalmente, un jadeo se le escapó.

—¿Estás bien, mi amor? Te ves... encendida —murmuró él, sus ojos oscuros clavándose en los suyos.

—Esos efectos secundarios de Bedoyecta Tri inyectable, pinche traicionera —confesó ella, riendo nerviosa—. Siento la piel ardiendo, como si me hubieran untado aceite caliente.

Marco arqueó una ceja, juguetón. —Pues déjame refrescarte, ¿no?

El beso que siguió no fue juguetón. Fue hambre pura. Sus lenguas danzaron, saboreando sal y deseo, mientras las manos de él subían por su espalda, desabrochando el brasier con maestría. Ana gimió contra su boca, el roce de sus dedos enviando chispas por todo su cuerpo. Se quitaron la ropa en la sala, tropezando con el sofá, riendo entre besos. El aire olía a su excitación mezclada con el jazmín del balcón.

En el sofá, Ana se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra su panocha húmeda a través de la tanga.

¡Dios, qué sensible estoy! Cada roce es como un latigazo de placer
. Marco la miró, pidiendo permiso con los ojos.

—Dime si quieres parar, reina.

—Ni madres, sigue. Te necesito ya —susurró ella, guiando su mano entre sus piernas.

Sus dedos exploraron su clítoris hinchado, resbaloso de jugos. Ana arqueó la espalda, el sonido de su respiración agitada llenando la habitación. Lamía sus pezones, succionándolos con fuerza suave, y ella juraba que veía estrellas. El calor de la Bedoyecta Tri se concentraba ahí, haciendo que cada lamida fuera un orgasmo en miniatura.

Pero querían más. Ana se deslizó al suelo, arrodillándose entre sus piernas. Tomó su verga en la mano, admirando las venas pulsantes, el glande brillante de precum. La lamió desde la base, saboreando su sabor salado y almizclado, mientras él gruñía, enredando los dedos en su cabello negro.

Chingao, Ana, tu boca es un vicio —jadeó Marco.

Ella chupó con devoción, sintiendo cómo su propia humedad chorreaba por los muslos. El hormigueo de la inyección hacía que su lengua fuera hipersensible, cada vena de él un mapa de placer para ella.

No aguantaron más. Ana se levantó, quitándose la tanga de un tirón, y se montó en él. Su verga la llenó de golpe, estirándola deliciosamente. Gritó, el sonido crudo y animal ecoando en el depa. Cabalgó con furia, sus caderas chocando contra las de él, piel contra piel en un slap slap rítmico. Sudor perlaba sus cuerpos, oliendo a sexo puro, a deseo desatado.

Marco la sujetó por las nalgas, embistiéndola desde abajo, sus ojos fijos en los de ella. Sentía cada centímetro de él pulsando dentro, rozando ese punto que la volvía loca. El clímax se acercaba como una tormenta, su vientre contrayéndose, piernas temblando.

—Me vengo, Marco... ¡ahí viene! —gritó.

Él aceleró, gruñendo su nombre, y explotaron juntos. Olas de placer la sacudieron, su panocha ordeñando su verga en espasmos interminables. El mundo se redujo a ese instante: el latido compartido, el semen caliente llenándola, sus gemidos fundiéndose.

Se derrumbaron en el sofá, jadeantes, envueltos en el olor almizclado de sus cuerpos. Marco la besó en la frente, trazando círculos perezosos en su espalda.

—Pinche Bedoyecta Tri, ¿eh? Esos efectos secundarios son oro puro.

Ana rió, aún sintiendo réplicas del orgasmo. Quién iba a decir que una vitaminita me pondría así de viva. Se acurrucó contra su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, todo era paz y promesas de más noches así.

Al día siguiente, el cansancio era historia. Caminaron por Reforma tomados de la mano, planeando la próxima inyección.

Si los efectos secundarios son estos, que me pongan dos
, pensó ella, sonriendo ante el futuro ardiente que les esperaba.

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