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Cuando Intentas Resistirte

6717 palabras

Cuando Intentas Resistirte

Estás en una playa de Puerto Vallarta, el sol del atardecer tiñe el cielo de naranjas y rosas que se reflejan en el mar Caribe. La arena cálida se pega a tus pies descalzos, y el sonido de las olas rompiendo suave contra la orilla se mezcla con la música de mariachis lejanos y risas de turistas. Neta, ¿por qué vine sola? piensas, mientras tomas un sorbo de tu michelada helada, el limón fresco explotando en tu lengua y la sal picando justo lo necesario.

Ahí lo ves, recargado en la barra de la palapa, con una cerveza en la mano. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que grita trouble en neón. Su camisa de lino abierta deja ver un pecho bronceado, marcado por el sol mexicano. Te mira directo a los ojos, y sientes un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas que no paran de aletear. Intentas ignorarlo, volteas hacia el mar, pero su mirada te quema la nuca.

Cuando intentas resistirte, él se acerca más, su colonia fresca con notas de coco y sal marina invade tu espacio personal. "Órale, güerita, ¿qué hace una chava como tú sola en este paraíso?" dice con voz ronca, acento puro jalisciense que te eriza la piel.

Tú ríes, juguetona, pero tu pulso se acelera. "Nada que te importe, wey. Solo disfrutando el vibe." Le respondes, cruzando las piernas para disimular el calor que sube por tus muslos. Él se llama Marco, un local que trabaja en un resort cercano, y platica de las mejores pozas escondidas, de tacos al pastor que te hacen pecar. Su mano roza la tuya al pasarte una rebanada de mango con chile, el jugo dulce chorreando por tus dedos. Lo lames sin pensar, y ves cómo sus ojos se oscurecen, pupílas dilatadas como pozos de deseo.

La noche cae rápido, las antorchas encienden la playa con luces danzantes. Bailan cumbia pegadita, sus caderas contra las tuyas, el sudor mezclándose con el aroma salado de vuestros cuerpos. Sientes su erección presionando contra tu vientre, dura y prometedora. No manches, esto va muy rápido, piensas, pero tus pezones se endurecen bajo el vestido ligero, rozando la tela con cada movimiento. Intentas poner distancia, das un paso atrás, pero él te jala suave por la cintura.

"¿Qué pasa, princesa? ¿Te da miedo lo que sientes?" Murmura en tu oído, su aliento cálido oliendo a tequila reposado. Sacudes la cabeza, pero tu cuerpo traiciona: tus bragas ya están húmedas, un pulso insistente entre las piernas. Caminan por la playa, descalzos, la arena fresca ahora bajo la luna llena. Llegan a su cabaña rústica, con hamaca en el porche y velas parpadeando.

Adentro, el aire huele a madera de palapa y jazmín silvestre. Te ofrece un trago de mezcal ahumado, el líquido quema tu garganta placentero, soltando tensiones. Se sientan en la cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes. Sus dedos trazan tu brazo, enviando chispas eléctricas. Cuando intentas resistirte, recuerdas todas las veces que has jugado seguro y te has arrepentido. "Solo un beso", dices, pero sabes que es mentira.

Sus labios capturan los tuyos, suaves al principio, explorando con lengua juguetona que sabe a humo y mar. Gimes bajito, el sonido vibrando en tu pecho. Sus manos grandes suben por tu espalda, desabrochando el vestido con maestría. Caes desnuda ante él, tu piel erizada por la brisa nocturna que entra por la ventana abierta. Él se quita la camisa, revelando abdominales definidos, vello oscuro bajando hacia su short abultado.

"Eres preciosa, neta", gruñe, besando tu cuello, mordisqueando suave hasta que arqueas la espalda. Sus labios bajan, lamiendo tus pezones rosados, chupando con succión perfecta que te hace jadear. Sientes su barba incipiente raspando delicioso tu piel sensible. Tus uñas se clavan en su cabello negro revuelto, jalándolo más cerca. Bajas la mano, palpando su verga tiesa a través de la tela, gruesa y palpitante. Él gime contra tu pecho: "Sí, así, mija".

Lo despojas del short, su polla salta libre, venosa y curvada justo para ti, la cabeza brillando con pre-semen. La tocas, suave al principio, luego aprietas, sintiendo el pulso acelerado bajo tu palma. Él te empuja recostada, besando tu vientre plano, bajando hasta tu monte de Venus depilado. Su aliento caliente roza tu clítoris hinchado, y cuando su lengua lo lame plano y lento, gritas: "¡Ay, cabrón!".

El placer es cegador, olas de calor subiendo desde tu coño empapado. Lamidas expertas, círculos rápidos en tu botón, dedos gruesos hundiéndose en ti, curvándose contra ese punto que te hace ver estrellas. El sonido húmedo de su boca chupando tu jugo, el olfato de tu excitación almizclada llenando la habitación. Intentas cerrar las piernas por la intensidad, pero él las abre más, devorándote como hombre hambriento.

"Ven, Marco, fóllame ya", suplicas, voz ronca de necesidad. Él se posiciona, su verga rozando tu entrada resbalosa. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote perfecto. Gimes largo, el ardor dulce convirtiéndose en éxtasis pleno. Empieza a bombear, lento al inicio, sus pelotas peludas chocando contra tu culo con palmadas suaves.

La cama cruje rítmica, sudor perlando vuestros cuerpos entrelazados. Sus manos aprietan tus caderas, dejando marcas rojas que mañana recordarán esta noche. Aceleras el ritmo, clavándolo profundo, tus paredes contrayéndose alrededor de su grosor. "¡Qué rico tu panocha, tan apretadita!", jadea él, sudando sobre ti. Cambian posición, tú encima, cabalgándolo como amazona. Tus tetas rebotan con cada salto, sus manos amasándolas, pellizcando pezones.

El clímax se acerca, tensión coiling en tu vientre como resorte. Cuando intentas resistirte al orgasmo, es peor, porque explota más fuerte. Gritas su nombre, coño convulsionando, chorros de placer mojando sus bolas. Él gruñe animal, embistiéndote tres veces más antes de correrse dentro, semen caliente llenándote, goteando por tus muslos.

Colapsan juntos, pechos agitados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su brazo te envuelve protector, besos suaves en tu frente. El mar susurra afuera, testigo de vuestra unión. "Eso fue chingón, ¿verdad?", murmura, riendo bajito. Asientes, exhausta y satisfecha, el corazón latiendo en paz.

Al amanecer, el sol filtra rayos dorados por las cortinas. Despiertas con su boca entre tus piernas otra vez, lista para round dos. Pero sabes que esto no es solo sexo; hay una conexión, un fuego que enciende algo profundo. Te vas con una sonrisa, piernas flojas, prometiendo volver. Porque cuando intentas resistirte al deseo verdadero, solo terminas rindiéndote más delicioso.

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