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El Anticristo Pelicula Lars von Trier Despierta Pasiones Ocultas

7149 palabras

El Anticristo Pelicula Lars von Trier Despierta Pasiones Ocultas

La noche en mi depa de la Condesa estaba perfecta chida para algo intenso. Las luces tenues del living pintaban sombras suaves en las paredes blancas y el aire olía a incienso de sándalo que acababa de prender. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi pelo negro suelto cayendo hasta la cintura y un baby doll rojo que apenas tapaba mis curvas, me recargué en el sofá de terciopelo gris. Al lado mío, Marco, mi morro de treinta, con esa barba recortada que me volvía loca y un bóxer negro que marcaba todo lo que valía la pena, destapó una botella de mezcal artesanal de Oaxaca. Órale, carnala, me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, esta noche vamos a ver algo que nos vuele la cabeza: El Anticristo, la película de Lars von Trier. Neta, supe que íbamos a jalar bien cabrón desde ese momento.

El proyector zumbó bajito mientras la pantalla se iluminaba con esos paisajes verdes y salvajes del bosque. El mezcal bajaba ardiente por mi garganta, dejando un regusto ahumado que se mezclaba con el calor que ya empezaba a subir en mi pecho. Marco se acercó, su muslo fuerte rozando el mío, y su mano grande se posó en mi rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo. ¿Ya te está prendiendo? susurró, y yo solo asentí, mordiéndome el labio mientras el primer plano de la pareja en la película gemía de dolor y placer. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, y yo sentía mi piel hormiguear, como si el viento del bosque entrara por la ventana entreabierta.

Pinche película, Lars von Trier sabe cómo meterse en la mente y el cuerpo, pensé, mientras mi mano se colaba bajo la camisa de Marco, sintiendo los músculos duros de su abdomen contra mis yemas. Quería devorarlo ya, pero no, la tensión era lo chido, esa espera que hace que el pulso se acelere como tamborazo en fiesta de pueblo.

En la pantalla, los cuerpos se retorcían en un baile primitivo, sudorosos y crudos, y el olor a tierra mojada parecía filtrarse hasta nosotros. Marco giró mi cara hacia él y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como una promesa salvaje. Sabía a mezcal y a deseo puro, y yo le respondí chupando su labio inferior, arañando su espalda con las uñas. Ven pa'cá, mi amor, gemí contra su boca, mientras sus dedos se colaban bajo mi baby doll, rozando la tela húmeda de mis panties. El roce era eléctrico, un cosquilleo que subía desde mi clítoris hasta la nuca, haciendo que mis pezones se endurecieran como piedras bajo la seda.

Apagamos el proyector a la mitad, porque ya no podíamos aguantar. La película de Lars von Trier había despertado algo animal en nosotros, pero lo nuestro era puro fuego consensual, de esos que te empodera y te hace sentir reina. Marco me levantó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps flexionándose contra mi culo, y me llevó al cuarto. El colchón king size nos recibió mullido, con sábanas de algodón egipcio frescas oliendo a lavanda. Me tiró suave sobre él y se quitó el bóxer de un jalón, liberando su verga gruesa y venosa, ya tiesa y palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. Mírala, Ana, toda pa'ti, dijo juguetón, y yo reí, no mames, pendejo, ven y demuéstrame.

Sus manos expertas desataron mi baby doll, exponiendo mis tetas llenas y mi panza suave. Se lanzó a mamarme un pezón, succionando con fuerza mientras su lengua giraba en círculos húmedos. El sonido de su chupeteo era obsceno, chapoteante, y yo arqueé la espalda, gimiendo bajito, ¡ay, cabrón, sí así! . Olía a su sudor masculino mezclado con mi aroma dulce de excitación, ese almizcle que inunda el aire cuando estás a punto de explotar. Bajó más, besando mi ombligo, lamiendo el sudor salado de mi piel, hasta llegar a mis panties empapadas. Las arrancó con los dientes, y el aire fresco golpeó mi concha rasurada, hinchada y lista.

Te voy a comer hasta que grites mi nombre, prometió, y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua plana lamió mi raja de abajo pa'rriba, saboreando mis jugos como si fuera el mejor tequila del mundo. El placer era intenso, oleadas que me hacían retorcer las caderas contra su boca barbuda, raspando delicioso contra mis labios mayores. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras chupaba mi clítoris con labios suaves. ¡Marco, no pares, me vengo! grité, y el orgasmo me sacudió como terremoto, mis paredes contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros calientes mojando su barbilla.

Pinche morro sabe cómo hacerme volar, neta que es mi Anticristo personal, despertando demonios buenos en mí.

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, besando mi espalda desde las nalgas hasta las orejas, sus dientes mordisqueando suave mi piel sensible. Sentí su verga dura presionando contra mis nalgas, caliente y pesada, dejando un rastro húmedo. ¿Quieres que te la meta ya, mi reina? preguntó, y yo, con la voz ronca de lujuria, respondí chíngame duro, amor, hazme tuya. Se puso un condón –siempre cuidadosos, porque el placer sin riesgos es el mejor–, y se posicionó en mi entrada. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. El sonido de piel contra piel empezó suave, slap slap, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más.

Agarró mis caderas con fuerza, sus dedos hundiéndose en mi carne suave, y empezó a bombear con ritmo creciente. Cada embestida era profunda, golpeando mi cervix con placer punzante, sus bolas peludas chocando contra mi clítoris. Sudábamos a chorros, el cuarto oliendo a sexo puro, a concha mojada y verga lubricada. ¡Más rápido, pendejo, rómpeme! lo reté, y él obedeció, clavándome como pistón, su aliento caliente en mi nuca. Giramos, quedé encima, cabalgándolo como amazona. Mis tetas rebotaban con cada salto, y él las amasaba, pellizcando pezones. Sentía su pulso acelerado bajo mis palmas, su corazón latiendo al ritmo del mío.

La tensión subía como volcán, mis muslos temblando, su verga hinchándose más dentro de mí. Me vengo, Ana, contigo, gruñó, y yo aceleré, frotando mi clítoris contra su pubis. El clímax nos golpeó juntos, mi concha ordeñándolo en espasmos, chorros de placer mojando sus huevos mientras él rugía y se vaciaba en el condón. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, el corazón tronando en los pechos.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, su mano acariciando mi pelo húmedo. El mezcal olvidado en la mesa del living, la película de Lars von Trier pausada en la pantalla como un recuerdo ardiente. ¿Vemos el resto mañana? preguntó él, riendo bajito. Yo sonreí contra su pecho, oliendo su piel salada. Simón, pero solo si prometes repetirlo. Esa noche, El Anticristo no trajo dolor, solo nos unió en un éxtasis puro, consensual y poderoso. Nos dormimos así, enredados, con la promesa de más noches salvajes.

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