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Alexa Tomas Trio Ardiente

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Alexa Tomas Trio Ardiente

La noche en Polanco estaba caliente como el infierno, con las luces de neón parpadeando sobre la avenida y el aire cargado de ese olor a tequila reposado y perfume caro. Yo, Juan, había salido con mi carnal Carlos a celebrar su cumpleaños en uno de esos clubs exclusivos donde la neta se arma la fiesta buena. Éramos dos weyes de veintiocho, bien puestos, con chamba en una agencia de publicidad, y esa noche nos sentíamos invencibles. El DJ soltaba reggaetón que hacía vibrar el piso, y las morras bailaban pegaditas, sudando bajo las luces estroboscópicas.

Ahí la vi por primera vez. Alexa Tomas, la chava que salía en todas las revistas de moda y que todos mis cuates juraban que era la más rica del momento. Alta, con curvas que parecían esculpidas por un dios cabrón, piel morena brillante y unos ojos negros que te clavaban como cuchillos. Llevaba un vestido rojo ajustado que apenas cubría lo necesario, moviéndose al ritmo como si el mundo fuera suyo. Carlos me dio un codazo: "Órale, wey, mira esa mamacita. ¿No es Alexa Tomas? La de las fotos calientes en Instagram". Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en los oídos por encima de la música. Neta, siempre había fantaseado con algo así, pero ¿un Alexa Tomas trio? Eso sonaba a sueño húmedo.

Nos acercamos con un par de tequilas en la mano, charlando casual, como si no estuviéramos babeando. Ella nos miró de arriba abajo, sonriendo con esa picardía mexicana que te deshace. "Hola, guapos", dijo con voz ronca, acento chilango puro. Hablamos de la fiesta, de la música, y pronto el flirteo se encendió. Alexa era directa, neta, sin pendejadas. "Me caen chidos, ¿vienen a divertirse o qué?". Carlos y yo nos miramos, el aire entre nosotros cargándose de esa tensión eléctrica. Terminamos en una mesa VIP, riendo, tocándonos las manos accidentalmente, oliendo su perfume dulce mezclado con el sudor de la pista.

¿Qué chingados estoy haciendo?, pensé. Esto es demasiado bueno para ser real. Pero su mirada me dice que sí quiere, que nos quiere a los dos. Mi verga ya palpita en los pantalones, dura como piedra.

La noche avanzó y Alexa propuso ir a su depa en Lomas. "Tengo jacuzzi y champaña fría", guiñó. Subimos a un Uber, ella en medio, con las manos en nuestros muslos, el roce suave pero firme. El viaje fue un tormento delicioso: su aliento cálido en mi cuello, el aroma de su piel como vainilla y jazmín, y sus dedos trazando círculos que me ponían la piel de gallina.

Acto segundo: la escalada. Su penthouse era un pinche paraíso: ventanales con vista a la ciudad brillando, muebles de cuero suave y una cama king size que gritaba pecado. Puso música suave, Perreo suave con Bad Bunny, y sirvió shots de tequila con limón y sal. Nos desvestimos lento, sin prisa, como si supiéramos que esto iba a explotar. Alexa se quitó el vestido primero, quedando en lencería negra que acentuaba sus tetas firmes y su culo redondo perfecto. "Vengan, cabrones", murmuró, jalándonos a la cama.

Empecé besándola, sus labios carnosos sabiendo a tequila y deseo puro. Su lengua jugaba con la mía, húmeda y caliente, mientras Carlos le besaba el cuello, arrancándole gemidos bajos que vibraban en mi pecho. El olor a su excitación llenaba el cuarto, ese musk femenino que te enloquece. Mis manos exploraban su piel suave, resbaladiza por el sudor incipiente, bajando por su espalda hasta apretar esas nalgas que tanto había visto en fotos. Ella se arqueó, presionando su concha contra mi pierna, ya mojada, caliente como lava.

Carlos se unió, chupando sus pezones oscuros y duros, mientras yo bajaba la boca por su vientre plano, lamiendo el sudor salado. Alexa jadeaba: "¡Sí, weyes, así! No paren". La tensión crecía, mi verga latiendo dolorida contra la tela de mi bóxer. La volteamos, poniéndola a cuatro patas. Carlos se arrodilló frente a ella, metiéndole su pija en la boca; la vi succionarla con avidez, saliva goteando, ojos cerrados en éxtasis. Yo, atrás, separé sus labios hinchados, rozando mi glande en su entrada resbalosa. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha me apretaba como un puño de terciopelo caliente. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, gemidos ahogados, piel chocando.

Esto es el cielo, carnal. Su interior me aprieta tanto que voy a reventar ya. Pero aguanto, por ella, por este Alexa Tomas trio que nunca olvidaré.

La follamos en ritmo, sincronizados como si hubiéramos practicado. Ella gritaba placer, "¡Más duro, pendejos calientes!", empujando hacia atrás contra mí mientras mamaba a Carlos con furia. Cambiamos posiciones: la puse encima de mí, cabalgándome con las tetas rebotando, sudor perlando su piel morena que brillaba bajo la luz tenue. Carlos se acercó por detrás, untando lubricante en su culo perfecto. Ella asintió, ansiosa: "Sí, métela ahí". La vi abrirse, gemir cuando él la penetró analmente, los tres unidos en un nudo de carne temblorosa. Sentía su concha contraerse alrededor de mi verga con cada embestida de Carlos, el calor compartido, los jugos mezclándose, olores intensos de sexo crudo y pieles calientes.

La intensidad subía, mis bolas tensándose, el pulso retumbando en mis sienes. Alexa se corrió primero, un grito ronco que sacudió el cuarto, su cuerpo convulsionando, chorros calientes empapándome. Eso me llevó al borde. "Me vengo", gruñí, y exploté dentro de ella, chorros espesos llenándola mientras Carlos rugía su propio clímax en su culo. Nos derrumbamos, un enredo sudoroso de brazos y piernas, respiraciones agitadas.

El afterglow fue puro relax. Alexa se acurrucó entre nosotros, riendo bajito. "Eso fue chingón, weyes. El mejor Alexa Tomas trio de mi vida". Bebimos agua fría, acariciándonos perezosos, el aire aún pesado con nuestro aroma compartido. Carlos y yo nos miramos, sonriendo como idiotas. No hubo celos, solo satisfacción mutua, empoderamiento en cada toque.

¿Volverá a pasar? Neta no sé, pero esta noche me cambió. Alexa no es solo un sueño; es fuego vivo, y nosotros ardimos con ella.

Al amanecer, con el sol tiñendo la ciudad de oro, nos despedimos con besos lentos y promesas vagas. Bajamos a la calle, el fresco matutino calmando nuestra piel aún sensible. Caminamos en silencio, saboreando el recuerdo: el sabor de su piel en mi lengua, el eco de sus gemidos en mis oídos, la marca de sus uñas en mi espalda. Polanco despertaba, ajeno a nuestro secreto, pero yo cargaba esa noche como un tatuaje eterno.

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