Palabras con Tra Tre Tri Tro Tru Para Imprimir en Nuestra Piel
Estaba lloviendo a cántaros esa noche en el DF, de esas chubascadas que te obligan a quedarte en casa con un mezcal en la mano y buena compañía. Yo, Ana, sentada en el sillón de mi depa en la Roma, con las piernas cruzadas sobre las almohadas, mirando a Marco que revolvía unos cajones viejos. Neta, qué chido tenerlo aquí, con su playera ajustada marcando los músculos del pecho y esa sonrisa pícara que me hace mojarme nomás de verla.
"¡Mira lo que encontré, mamacita!", gritó él, sacando unas hojitas amarillentas. Eran unas tarjetas impresas de cuando éramos morrillos en la primaria: palabras con tra tre tri tro tru para imprimir. Cosas como "tractor", "tremendo", "triste", "trozo", "truco". Me dio un ataque de risa. "¿Qué pedo, Marco? ¿Quieres que repasemos la cartilla fonética como si fuéramos de kínder?"
Él se acercó gateando por el tapete, con los ojos brillando de malicia. El olor a tierra mojada entraba por la ventana entreabierta, mezclado con el ahumado del mezcal y su colonia que siempre me revuelve el estómago de deseo. "No, wey. Vamos a jugar, pero versión para grandes. Cada quien dice una palabra con esas sílabas, pero tiene que ser algo sucio o caliente. El que se trabuque, se quita una prenda. ¿Le entras o qué?" Su voz ronca me erizó la piel, y sentí un cosquilleo entre las piernas. Órale, esto va a estar bueno.
Piensa, Ana, no te rajes. Hace meses que no nos vemos por su pinche trabajo en la obra, y esta noche quiero que me coma entera.
Asentí, mordiéndome el labio. "Simón, empieza tú, pendejo."
Acto seguido, Marco se recargó en mis rodillas, su aliento caliente rozándome el cuello. "Tra... tragar. Como voy a tragar tu miel esta noche." Su mano subió por mi muslo, bajo la falda corta, y yo apreté las piernas para sentir la presión. El corazón me latía en el pecho como tamborazo en una fiesta. "Mi turno. Tre... tremendo. Tu verga es tremenda, cabrón." Reí bajito, pero ya sentía la humedad empapando mis panties.
El juego escaló rápido. Él dijo "tri... trío", imaginando a otro chavo tocándome, lo que me puso más caliente. Yo contesté "tro... trozo", refiriéndome a un trozo de su cuerpo que quería morder. Cada palabra salía más jadeante, y las ropas volaban. Primero su playera, revelando ese torso moreno sudado por el calor del cuarto. Luego mis tennis, mis calcetines. El sonido de la lluvia era como un fondo perfecto, trac trac trac en el vidrio, sincronizado con nuestros jadeos.
"Tru... trueno", murmuró él, quitándome la blusa con dientes. Sus labios rozaron mis tetas, el olor de su sudor masculino invadiéndome las fosas nasales. Olía a hombre de verdad, a construcción y tequila, no a esas fragancias baratas. Yo temblaba, mis pezones duros como piedras bajo su lengua áspera. Sabor salado, textura rugosa, calor húmedo. "Tu turno, culera", me provocó.
"Tra... trae... trae tu lengua aquí abajo." Me trabé un poquito, pero valió la pena. Él ganó esa ronda y me arrancó la falda de un jalón. Quedé en panties negros, transparentes ya de lo mojada que estaba. Marco se paró, se bajó los jeans, y su verga saltó libre, dura, venosa, apuntándome como arma cargada. El olor almizclado de su excitación llenó el aire, espeso, animal.
No aguanto más. Quiero sentirlo dentro, romperme en dos con ese palo grueso.
En el medio del juego, la tensión era palpable. Nos besamos con furia, lenguas enredadas, saboreando el mezcal en la boca del otro. Sus manos grandes amasaban mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave. Yo le arañé la espalda, dejando surcos rojos que él gemía de placer. "Tri... trincheras", dijo él entre besos, refiriéndose a las líneas que le hacía. Yo respondí "tro... trompa", agarrándole la verga y masturbándola lento, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma, la piel aterciopelada sobre acero.
Caímos al tapete, cuerpos enredados. La lluvia arreciaba afuera, truenos retumbando como mis latidos. Él me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, el vello púbico rozándole la nariz. "Hueles delicioso, putita", gruñó, y hundió la cara en mi panocha. Su lengua lamía despacio, saboreando mis labios hinchados, chupando el clítoris con succiones que me hacían arquear la espalda. ¡Ay, cabrón! El placer eléctrico subiendo por mi espina, como rayos. Gemí fuerte, manos enredadas en su pelo negro revuelto.
Pero no lo dejé ganar fácil. Lo empujé, montándome encima. "Mi turno de imprimir palabras en tu piel." Tomé un plumón del buró –de esos indelebles– y empecé a escribir en su pecho: tra, tre, tri, tro, tru. Cada letra con mi lengua siguiéndola, saboreando su piel salada. Él se retorcía, verga palpitando contra mi vientre. "¡Chíngame ya, Ana!" suplicó.
La intensidad subió como fiebre. Yo me acomodé sobre él, guiando su verga a mi entrada resbalosa. Lentito, centímetro a centímetro, lo fui bajando dentro de mí. ¡Madre mía, qué llenura! Grueso, caliente, estirándome hasta el fondo. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. El sonido de carne contra carne, plaf plaf plaf, mezclándose con la lluvia. Sus manos en mis caderas, guiándome más hondo, más rápido.
"¡Dime una palabra!", exigí entre jadeos. "¡Tra... tragar tu leche!", rugió él, y eso me llevó al borde. Cambiamos posiciones: él encima, embistiéndome con fuerza animal, mis piernas enredadas en su cintura. Sentía cada vena, cada pulso, el roce en mi punto G que me hacía ver estrellas. Olía a sexo puro, a jugos mezclados, a pasión desatada. Grité su nombre cuando el orgasmo me partió en mil pedazos, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo.
Marco se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo convulsionando sobre el mío. Nos quedamos así, pegados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El trueno retumbó afuera, como aplauso final.
Después, en la afterglow, nos acurrucamos bajo una cobija, su cabeza en mi pecho. "Esas palabras con tra tre tri tro tru para imprimir fueron lo mejor que pudimos encontrar", murmuró, trazando letras en mi piel con el dedo. Reí suave, besándole la frente. Neta, esto es lo que necesitaba. Amor sucio, juguetón, mexicano hasta los huesos. La lluvia seguía, pero adentro, todo era calor y paz.