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Pasión del Trío Los Imperiales de la Sierra

7040 palabras

Pasión del Trío Los Imperiales de la Sierra

El aire fresco de la sierra me golpeaba la cara mientras subía por el camino empedrado hacia la hacienda. Venía de la ciudad, harta del ruido y el concreto, buscando el olor a pino y tierra mojada que solo los cerros de Durango me daban. Qué chingón estar aquí, pensé, sintiendo el viento juguetón colarse por mi blusa ligera, erizándome la piel. La fiesta patronal ya estaba en su apogeo cuando llegué: risas, rancheras a todo volumen y el aroma dulzón del carbón asando carnes.

Allá, en el escenario improvisado bajo las estrellas, tocaba el Trío Los Imperiales de la Sierra. Tres morros imponentes, con sombreros charros bien planados y camisas ajustadas que marcaban sus pechos anchos. Pero mis ojos se clavaron en dos: Javier, el güero de ojos verdes como el agave, y Miguel, moreno con barba recortada y sonrisa pícara. Tocaban "El Sinaloense" con tal pasión que el público brincaba. Yo me quedé parada, sintiendo un cosquilleo en el estómago, el pulso acelerado al ritmo de sus guitarras.

¿Qué pedo conmigo? Estos weyes me traen loca sin siquiera mirarme.
Javier me cachó viendo y guiñó el ojo mientras rasgueaba. Me sonrojé, pero no quité la vista. Al terminar su set, bajaron y se acercaron con chelas en mano. "Órale, princesa de la ciudad, ¿vienes a conquistarnos o qué?", dijo Javier con voz ronca, su aliento tibio a cerveza y menta rozándome la oreja. Miguel se paró al otro lado, su mano grande rozando mi cintura accidentalmente. "Soy Javier, él es mi carnal Miguel. Somos Los Imperiales de la Sierra, ¿ya nos conoces?" Negué con la cabeza, riendo nerviosa. El tercero del trío, el bajista, ya se había ido a chelear con otros, pero estos dos... ay, wey, eran puro fuego.

Charlamos toda la noche. Me contaron de sus giras por la sierra, de noches bajo la luna tocando para rancheros. Yo les hablé de mi pinche oficina en Monterrey. Sus risas eran graves, vibrantes, como sus voces cantando. El tequila corría suave, calentándome las venas. Javier me tomó de la mano para bailar un zapateado; su palma callosa, áspera por las cuerdas de la guitarra, me envió chispas por el brazo. Miguel se pegó por detrás, su pecho duro contra mi espalda, sus caderas moviéndose al ritmo. Sentí su calor, su dureza creciente contra mis nalgas. Puta madre, esto está que arde.

"Ven con nosotros a la cabaña, Carla", murmuró Javier al oído, su aliento caliente oliendo a limón y deseo. "Allá seguimos la fiesta... solos". Miguel asintió, sus dedos trazando mi espina dorsal. No lo pensé dos veces. Sí, carnales, esta noche formamos nuestro propio trío. Subimos a su troca, el motor rugiendo por el camino serpenteante. La sierra nos envolvía en oscuridad, solo iluminados por la luna plateada. El olor a eucalipto entraba por las ventanas, mezclándose con su sudor masculino.

La cabaña era rústica pero chula: troncos gruesos, chimenea crepitando, alfombra de lana gruesa frente al fuego. Sacaron sus guitarras y tocaron suave, una ranchera erótica que no conocía. "Esta la hicimos pensando en noches como esta", dijo Miguel, sentándome entre ellos en el sillón. Javier rozó mis labios con los suyos, beso lento, saboreando mi gloss de fresa. Sus lenguas se enredaron, su barba raspándome delicioso. Miguel besó mi cuello, mordisqueando suave, sus manos subiendo por mis muslos bajo la falda.

Me siento reina, imperial entre estos dos dioses de la sierra.
La tensión crecía como tormenta. Me quitaron la blusa con reverencia, besando cada centímetro de piel expuesta. "Qué rica estás, Carla, piel de terciopelo", gruñó Javier, lamiendo mis pezones hasta endurecerlos como piedras. Gemí, arqueándome. Miguel desabrochó mi brasier, succionando el otro pecho con hambre. Sus bocas, calientes y húmedas, me volvían loca. Olía su excitación, almizcle puro mezclado con el humo de la leña.

Los ayudé a desnudarse. Javier era puro músculo esculpido, su verga gruesa y venosa palpitando. Miguel, más delgado pero largo, con venas marcadas. Chíngame, qué pinches imperiales. Me arrodillé, tomándolos en mis manos, sintiendo su calor, su pulso acelerado. Lamí a Javier primero, sabor salado y varonil, su gemido ronco retumbando en mi boca. Miguel se acercó, y alterné, chupando uno mientras pajeaba el otro. "¡Ay, wey, qué chula boca!", jadeó Miguel, enredando dedos en mi pelo.

Me levantaron como pluma, acostándome en la alfombra mullida. Javier se hundió entre mis piernas, su lengua experta lamiendo mi clítoris hinchado. "Estás chorreando, princesa", murmuró, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí. Grité de placer, mis jugos empapándolo. Miguel besaba mi boca, tragándose mis alaridos. El fuego chispeaba, su calor lamiendo mi piel como una tercera lengua. Rotamos: ahora Miguel me comía el coño con devoción, su nariz rozando mi monte, mientras Javier me metía su verga en la boca, follándome la garganta suave.

La intensidad subía. "Te queremos adentro, Carla", suplicó Javier. Asentí, ansiosa. Me puse a cuatro patas, el pelo cayendo sudoroso sobre mi cara. Javier entró por atrás, lento, estirándome delicioso. "¡Qué apretadita, carajo!", gruñó, embistiendo profundo. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, sonido húmedo y obsceno. Miguel se acostó debajo, chupando mis tetas, su verga rozándome el vientre. Luego, lo guié a mi boca mientras Javier me taladraba.

Pero queríamos más. Cambiamos: yo encima de Miguel, cabalgándolo como yegua salvaje. Su verga llenándome hasta el fondo, sus manos amasando mis nalgas. Javier se paró detrás, untando saliva en mi ano. "¿Lista para el trío completo, mi reina?" Susurró. "¡Sí, pendejos, fóllenme ya!", exigí empoderada. Entró despacio, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis puro. Sentí sus vergas frotándose separadas solo por una delgada pared, llenándome hasta reventar. Gemían mis nombres, sudor goteando, pieles chocando con palmadas rítmicas.

El clímax se acercaba como avalancha. Mis paredes se contraían, ordeñándolos. "¡Me vengo, cabrones!", aullé, el orgasmo explotando en oleadas, jugos chorreando por las piernas de Miguel. Javier se corrió primero, caliente dentro de mi culo, gruñendo como león. Miguel siguió, llenándome el coño de leche espesa. Colapsamos en un enredo de cuerpos jadeantes, el fuego amortiguando nuestros suspiros.

Después, recostados, Javier me acariciaba el pelo, Miguel trazaba círculos en mi vientre. "Eres nuestra imperiala ahora", bromeó Javier, besando mi frente. Reí suave, el cuerpo lánguido, satisfecho. El aroma a sexo y pino impregnaba el aire, la sierra susurrando fuera.

Esta noche, el Trío Los Imperiales de la Sierra no solo tocó música... nos compuso una sinfonía de placer eterno.

Al amanecer, nos despedimos con promesas de más noches. Bajé la sierra transformada, el eco de sus gemidos en mi piel. Wey, qué pedo tan chingón.

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