Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Tríada de Rinitis Alérgica en Caliente Tríada de Rinitis Alérgica en Caliente

Tríada de Rinitis Alérgica en Caliente

5756 palabras

Tríada de Rinitis Alérgica en Caliente

Estornudé por tercera vez esa mañana, el picor en la nariz me tenía loco. ¿Por qué justo hoy? pensé mientras me miraba al espejo del baño en mi depa de Polanco. La ciudad de México bullía afuera con su caos habitual, pero yo, Andrés, de treinta y tantos, con mi trabajo de diseñador gráfico freelance, necesitaba concentrarme. Mi triada de rinitis alérgica —ese maldito combo de estornudos, picor y mocos— había atacado fuerte por el polen de los jacarandas que cubrían las calles. Tomé un antihistamínico, pero el calor en mi piel no era solo por la alergia.

Era sábado, y tenía cita con Laura, mi vecina del piso de arriba. Nos conocíamos de los elevadores, de esos roces casuales que encienden chispas. Ella, con su piel morena, cabello negro largo y esa sonrisa pícara que gritaba pendejo, ven y atrévete. Mexicana de pura cepa, de Guadalajara tapatía, con acento chilango adoptado. "Órale, carnal, ¿ya te estás rascando la nariz como gato en celo?", me dijo por WhatsApp esa mañana. Reí, sintiendo un cosquilleo bajo el vientre.

La encontré en la azotea del edificio, ese rincón secreto con vista al skyline y olor a tierra mojada por la llovizna reciente. Vestía un vestido floreado ligero, ceñido a sus curvas generosas, pechos firmes que se movían con cada risa. El sol filtrado por nubes hacía brillar su piel aceitada con aceite de coco, aroma dulce que se mezclaba con mi nariz congestionada. "Ven, Andrés, siéntate aquí", me invitó, palmeando la colchoneta que había tendido. Me acerqué, el corazón latiendo fuerte, el aire cargado de humedad y promesa.

Pinche alergia, justo ahora que quiero olerla toda, saborearla, pensé, mientras reprimía otro estornudo.

Nos sentamos cerca, piernas rozándose. Hablamos de la ciudad, de cómo el smog y el polen nos jodían la vida. "Mi triada de rinitis alérgica es una chinga", confesé, rascándome la nariz. Ella rio, ojos brillantes. "Yo también la padezco, güey. Pero hoy, ni modo, vamos a ignorarla". Su mano tocó mi rodilla, cálida, suave como pétalo de cempasúchil. El contacto envió ondas de calor por mi espina, mi verga empezando a despertar bajo los jeans.

El beso llegó natural, como lluvia en mayo. Sus labios carnosos, sabor a chicle de tamarindo y menta fresca, se pegaron a los míos. Gemí bajito, lengua explorando su boca húmeda, cálida. Sus manos subieron por mi pecho, desabotonando mi camisa con urgencia juguetona. "Estás caliente, cabrón", murmuró contra mi boca, voz ronca, excitada. Olía a su perfume mezclado con sudor ligero, embriagador pese a mi nariz tapada.

La recosté despacio sobre la colchoneta, el sol calentando nuestras pieles. Besé su cuello, salado, pulsátil bajo mi lengua. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose suave en mis hombros. Esto es lo que necesitaba, olvidar la pinche alergia en su cuerpo. Le quité el vestido, revelando lencería roja, tetas perfectas con pezones oscuros endurecidos. Los chupé, succionando fuerte, oyendo sus jadeos agudos que se mezclaban con el tráfico lejano.

"Quítate todo, Andrés, déjame verte", exigió, ojos lujuriosos. Obedecí, mi polla saltando libre, dura como piedra, venosa, goteando precum. Ella la tomó en mano, piel sedosa contra mi carne ardiente, masturbándome lento. "Qué rica verga, güey, gruesa y lista pa' mí". Gemí, el roce eléctrico, bolas apretándose.

El medio del asunto se calentó cuando ella se puso encima, frotando su coño húmedo contra mi muslo. Sentí su calor líquido, olor almizclado de excitación invadiendo mis sentidos, pese a la rinitis. "Estoy chorreando por ti", susurró, guiando mi mano a su entrepierna. Dedos resbalando en sus labios hinchados, clítoris duro como botón. La masturbe circular, oyendo chapoteos obscenos, sus caderas moviéndose al ritmo.

La tensión crecía, interna y externa. ¿Y si estornudo ahora? No mames, concéntrate en ella. Ella se inclinó, lamiendo mi pecho, bajando a mi ombligo, hasta engullir mi verga. Boca caliente, lengua girando en la cabeza sensible, succionando con hambre. El sonido de succión, saliva goteando, me volvía loco. Agarré su cabello, follando su boca suave, controlado.

"Ya quiero tu panocha, Laura", gruñí, volteándola. Ella abrió piernas, coño rosado reluciente, invitador. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo paredes aterciopeladas apretándome. "¡Ay, sí, métemela toda, pendejo!" gritó, uñas en mi espalda. Empujé profundo, ritmo creciente, piel chocando con palmadas húmedas. Sudor perlando nuestros cuerpos, olor a sexo crudo mezclándose con jazmín del jardín abajo.

Cambié posiciones, ella de perrito, culo redondo alzado. La embestí fuerte, bolas golpeando su clítoris, ella masturbándose. "¡Más rápido, cabrón, hazme venir!" jadeó. El sol caía, sombras alargándose, viento fresco secando nuestro sudor. Mi clímax se acercaba, bolas tensas, pero aguanté, queriendo su placer primero.

La volteé de nuevo, misionero íntimo, miradas clavadas. Besos fieros mientras la taladraba, su coño contrayéndose. "¡Me vengo, Andrés, no pares!" chilló, cuerpo temblando, jugos inundándome. Eso me rompió: eyaculé dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal. Pulsos compartidos, respiraciones entrecortadas.

Nos quedamos abrazados, afterglow dulce. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rosa y naranja. Ella acarició mi mejilla, "Pinche triada de rinitis alérgica, pero valió la pena ignorarla". Reí, besándola suave. Esto es México, carnal: alergias, deseo y orgasmos en azoteas. El polen seguiría, pero ahora sabía que Laura era mi mejor remedio.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.