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Colecistitis Triada de Pasión

5428 palabras

Colecistitis Triada de Pasión

En la cálida noche de Guadalajara, donde el aire huele a tacos al pastor y jazmín floreciendo, conocí a Karla. Yo era Dr. Alejandro, cirujano general en el Hospital Civil, pero esa noche no era el tipo con bata blanca. Era sábado, y el bar La Chopería bullía de risas, chelas frías y cuerpos sudados bailando cumbia rebajada. Ella estaba en la barra, con un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, el cabello negro cayendo en ondas salvajes hasta la cintura. Sus ojos cafés me atraparon como un imán cuando pedí mi Corona.

"¿Qué le pasa, doc? ¿Ves fantasmas o solo a mí?" dijo con esa voz ronca, juguetona, típica de las tapatías que no se andan con rodeos. Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era hambre. Hablamos de todo: del tráfico en López Mateos, de lo caro que está el aguacate, y de pronto, ella se quejó de un dolor punzante en el lado derecho del abdomen, fiebre baja y una piel amarillenta que notaba en el espejo.

¡Pinche colecistitis! Triada clásica: dolor en hipocondrio derecho, fiebre y ictericia. Pero carnal, esta noche no quiero pensar en vesícula inflamada, quiero que me cures de otra forma.

Su confesión me dejó helado, pero excitado. Karla era enfermera en el mismo hospital, sabía de colecistitis tríada más que yo en ese momento. "Es mi diagnóstico propio, pero el remedio lo busco aquí", murmuró, rozando mi mano con la suya, suave como pétalos de bugambilia. El deseo inicial fue como una chispa: su aliento a tequila con limón invadiendo mis sentidos, el calor de su muslo contra el mío en el taburete. La invité a mi depa en Providencia, y aceptó con una sonrisa pícara. "Vamos, que la triada de Charcot puede esperar".

El trayecto en mi Tsuru fue eléctrico. Sus dedos jugaban con el borde de mi camisa, enviando ondas de placer por mi piel. Llegamos al edificio, subimos besándonos en el elevador, sus labios carnosos saboreando a sal y miel. Mi departamento olía a café recién hecho y sábanas limpias. La llevé a la recámara, iluminada por la luna tapatía que se colaba por las cortinas. La desvestí despacio, admirando su cuerpo: pechos firmes coronados de pezones oscuros endurecidos, vientre plano con esa cicatriz sutil de apendicitis pasada, y entre sus piernas, un monte de Venus depilado que brillaba con anticipación.

"Chingao, Karla, eres un sueño", susurré, mi voz temblando. Ella me empujó a la cama king size, quitándome la ropa con urgencia. Su boca exploró mi pecho, lamiendo el sudor salado, bajando hasta mi verga ya dura como piedra, palpitante. El sonido de su succionar era obsceno, húmedo, un slurp que resonaba en la habitación junto al zumbido del ventilador. Sentí su lengua girando alrededor de la cabeza, saboreando el pre-semen, mientras sus manos masajeaban mis bolas pesadas.

Pero no era solo físico. En mi mente bullían pensamientos:

Esta mujer sabe de dolor agudo, de fiebres que queman, de piel teñida de deseo amarillo como la bilirrubina. La colecistitis tríada es su excusa perfecta para esta noche de liberación.
La volteé, besando su cuello que olía a vainilla y sudor fresco. Mis dedos encontraron su clítoris hinchado, resbaloso de jugos que goteaban como miel caliente. Ella gemía, "¡Ay, wey, no pares! Métemela ya".

El medio acto escaló como una tormenta veraniega. La puse a cuatro patas, admirando su culo redondo, prieto, invitador. Entré en ella de un solo empujón, sintiendo sus paredes vaginales apretándome como un puño de terciopelo húmedo. El slap-slap de carne contra carne llenaba el aire, mezclado con sus gritos: "¡Más duro, cabrón! ¡Dale a la triada!". Sudábamos profusamente, el olor almizclado de nuestros sexos invadiendo todo. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome con furia, sus tetas rebotando hipnóticamente, pezones rozando mi pecho. Mi pulgar en su ano, lubricado por sus fluidos, la hizo arquearse, jadeando "¡Sí, así, pendejo delicioso!".

La tensión crecía, mis huevos tensos listos para explotar. Ella confesó entre gemidos su lucha interna: el estrés del hospital, los turnos eternos, el miedo a una colecistitis que la doblara. "Tú me operas si pasa, ¿verdad? Pero ahora, óperame con tu verga". Nuestras almas se conectaban en cada embestida, el roce de pieles calientes, el gusto salado de sus besos, el sonido de respiraciones entrecortadas. La volteé de nuevo, misionero profundo, mirándola a los ojos mientras la penetraba hasta el fondo, su clítoris frotándose contra mi pubis.

El clímax llegó como una erupción volcánica. "¡Me vengo, chulo!", gritó ella, su coño convulsionando alrededor de mi polla, ordeñándome. Yo exploté dentro, chorros calientes de semen llenándola, el placer cegador, pulsos interminables. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos en afterglow. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Olía a sexo crudo, a nosotros.

"Gracias, doc. La colecistitis tríada se siente mejor ahora", bromeó, trazando círculos en mi piel. Reflexioné en silencio:

Esta noche no curamos solo cuerpos, sino almas ardientes en la ciudad de las rosas eternas.
Nos quedamos dormidos entrelazados, con la promesa de más noches, más triadas de pasión desenfrenada.

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