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Ardiendo en la Triada de Preeclampsia

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Ardiendo en la Triada de Preeclampsia

Yo soy Ana, una morra de veintiocho pirulos, con una panza de ocho meses que parece un globo choncho y hermoso. Vivo en un departamentazo en la Condesa, con mis dos carnales del alma: Carlos, mi esposo, alto, moreno y con unos brazos que te levantan como pluma, y Diego, su mejor cuate desde la uni, flaco pero con una lengua que hace milagros. Somos una triada perfecta, tres cuerpos que se enredan como enredaderas en mayo, todo con puro consentimiento y amor que quema. Pero hace unos días, el doc me soltó la bomba: la triada de preeclampsia. Hipertensión que me pone la cabeza como tambor, edema que me hincha los tobillos como tamales mal amasados, y proteinuria que deja mi orina espumosa como chela mal servida. "Órale, Ana, reposo y chequeos", me dijo el güey con su bata blanca. Me sentí como un globo desinflado, nada sexy, pero mis hombres no me dejaron caer.

Era una tarde calurosa de viernes, el sol se colaba por las cortinas sheer, pintando rayas doradas en el piso de madera. Yo estaba recostada en el sofá de terciopelo gris, con los pies en alto sobre una almohada, oliendo a crema de coco que Diego me untaba en las pantorrillas hinchadas. El aroma dulce se mezclaba con el sudor ligero de mi piel, y el aire traía ecos de la ciudad: cláxones lejanos y un mariachi callejero que cantaba La Cucaracha a lo lejos. Carlos entró de la cocina con un vaso de agua de jamaica fría, gotitas resbalando por el vidrio como lágrimas frías.

"¿Por qué chingados me siento como una vaca preñada en vez de una diosa? La triada de preeclampsia esta me tiene jodida, pero estos dos pendejos me miran como si fuera la última rebanada de pay de queso."

"Nena, relájate", murmuró Carlos, arrodillándose a mi lado. Su voz grave vibraba en mi pecho como un bajo en un antro. Me quitó las chanclas y tomó mis pies hinchados entre sus manos grandes, ásperas de tanto gym. El tacto era fuego lento: pulgares presionando los arcos, soltando nudos que me arrancaban suspiros. Diego se acercó por el otro lado, su aliento cálido rozando mi oreja. "La triada de preeclampsia no te quita lo chingona que estás, Ana. Mira esa panza, redonda y lista para ser adorada." Sus dedos subieron por mis muslos, leves como plumas, despertando cosquillas que bajaban directo a mi entrepierna.

El deseo empezó como un cosquilleo traicionero. Mi corazón latía fuerte –¿hipertensión o pura calentura?–, pulsos acelerados bajo la piel tensa de mi vientre. Carlos lamió la planta de mi pie derecho, su lengua húmeda y caliente trazando círculos salados. Sabía a sudor mezclado con crema, un sabor terroso que lo hacía gemir bajito. "Qué rico, mami, hasta tus pies hinchados saben a tentación." Yo arqueé la espalda, el sofá crujiendo bajo mi peso, mientras Diego besaba mi cuello, mordisqueando suave la piel sensible. Olía a su colonia cítrica, fresca contra el calor pegajoso de mi cuerpo.

Acto dos: la escalada. Me incorporaron con cuidado, como a una reina, y me llevaron a la recámara. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas y suaves como caricia de amante. Me despojaron la blusa floja, revelando mis tetas hinchadas por el embarazo, pezones oscuros y erectos como chocolate derretido. Carlos se hincó frente a mí, enterrando la cara en mi panza, inhalando profundo. "Hueles a vida, a sexo puro, Ana. Esa triada de preeclampsia te hace más mujer, más nuestra." Su aliento caliente hacía que mi piel hormigueara, vellos erguidos en oleadas.

Diego me quitó el short con delicadeza, exponiendo mi panocha depilada, ya húmeda y palpitante. El olor almizclado de mi excitación llenó la habitación, espeso y embriagador. "Pinche olor que me pone la verga dura como fierro", gruñó Diego, mientras sus dedos exploraban mis labios mayores, hinchados no solo por el edema sino por el deseo. Yo gemí, un sonido gutural que salió de lo más hondo, mientras Carlos chupaba mi ombligo, lengua danzando en el hoyo sensible. Mis manos se enredaron en sus cabellos, uno negro azabache, el otro castaño revuelto.

"Dios mío, qué chido se siente esto. Mi cuerpo traicionero, con su triada de preeclampsia, pero ellos lo convierten en placer. Siento el pulso en la cabeza, pero es puro fuego sexual. No pares, cabrones, háganme explotar."

La tensión subía como volcán. Carlos se desvistió, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm que brillaba bajo la luz tenue. Diego lo siguió, la suya más larga, curva perfecta para golpear spots profundos. Me recostaron de lado, mi posición fave porque la panza no estorba. Carlos se pegó por atrás, su pecho peludo contra mi espalda, verga deslizándose entre mis nalgas, lubricada con mi propia humedad. Diego enfrente, besando mis tetas, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro. El sonido de succiones húmedas, gemidos ahogados y piel contra piel llenaba el aire, un sinfónico porno particular.

Entraron en mí gradual: primero dedos, explorando mi interior resbaloso, saboreando mis jugos en sus labios. "Prueba a ver, carnal, sabe a miel de maguey", dijo Carlos a Diego. Luego, Carlos empujó lento desde atrás, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando, llenándome hasta el fondo. Diego esperó su turno, frotando su verga contra mi clítoris hinchado, mandándome chispas eléctricas. El olor a sexo crudo nos envolvía: sudor salado, fluidos dulces, un toque de mi loción floral.

Cambiaron posiciones con maestría. Diego debajo, yo cabalgándolo despacio, mi panza rozando su abdomen plano. Carlos detrás, untando lubricante en mi ano apretado. "¿Quieres, nena? Todo tuyo." "Sí, pendejos, fóllenme las dos entradas", supliqué, voz ronca. Entró suave, el estiramiento ardiente pero placentero, como chile que pica rico. Sus ritmos sincronizados: embestidas profundas, bolas golpeando suave, mi clítoris frotando contra el vello púbico de Diego. Mis uñas clavadas en sus hombros, dejando medias lunas rojas. El clímax se cocinaba: pulsos en sienes, pero ahora puro éxtasis; pies hormigueando pese al edema; un calor líquido acumulándose en mi bajo vientre.

El gran finale. "Ya vengo, cabrones... ¡ahhh!" Exploté como piñata en feria, jugos chorreando por sus vergas, contracciones ordeñándolos. Carlos gruñó primero, llenándome el culo con chorros calientes que sentía resbalar adentro. Diego siguió, su leche mezclándose en mi panocha, goteando pegajosa por mis muslos. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes sincronizadas con el latido de mi bebé, que patinó suave en mi panza como aprobando el desmadre.

En el afterglow, yacíamos pegados, pieles pegajosas enfriándose. Carlos besó mi frente húmeda. "Te amamos así, con tu triada de preeclampsia y todo. Eres nuestra diosa." Diego limpió con toallitas tibias, besos suaves en cada pulgada. Olía a sexo satisfecho, a paz profunda. Mi cabeza clara por primera vez en días, el edema olvidado en la euforia.

"La triada de preeclampsia me asustó, pero esta otra triada –nosotros tres– la convirtió en bendición. Qué chingón amar así, sin límites, puro poder en mi cuerpo preñado."

Nos quedamos dormidos al atardecer, envueltos en sábanas revueltas, el mundo afuera olvidado. Mañana, más reposo, más amor. Porque en nuestra triada, el placer cura todo.

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